Amor

¿Recuerdas aquel día en el que comenzamos a compartir nuestro idioma?

Ni siquiera intuía de qué color te gustaba pintarte los labios, pero pude adivinar en tu mirada perdida que compartíamos alguno de esos principios estéticos que luego disfrutaríamos tanto quebrantando. Aún recuerdo la frase, estaba allí, pintada sobre el muro de piedra caliza donde nos gustaba tanto pasear: “Paisaje nuevo, ruido nuevo”. Te quedaste un rato observándola.

− ¡Rimbaud!… -susurraste entre dientes. Tu mano, como sobrecogida, se deslizó por tu coleta trenzada y tus palabras cobraron cierta seguridad-. A mí no me gusta el ruido, ¿sabes?

No, no lo sabía. Pero en ese instante, ni siquiera creía estar seguro de nada.

− Yo, en cambio, siempre busco paisajes nuevos –acerté a decir.

Frunciste el ceño. Un jirón de pelo escapó de tu sombrero negro y se posó suavemente en tu frente.

− Y yo, idiota. ¿Por qué te crees que estoy aquí? ¡No me refiero a eso! Es el ruido… ¡el ruido! ¿No lo entiendes?

− Creo que no – dudé algo avergonzado.

− ¡Maldita sea! Mi búsqueda de paisajes nuevos es para evitar el ruido. No para encontrar un ruido nuevo. Lo cotidiano es ruido, lo conocido, aquello que te etiqueta y te descentra impidiéndote ser tú. El ruido, el ruido… voces que te dicen lo que tienes que hacer, que te recuerdan lo que fuiste en un pasado. Me aterra. Lo nuevo es música, y la música no es ruido.

En aquel momento, volviste la mirada hacia la frase, y te sentaste de cuclillas. Me acerque a ti por detrás, y aproximé mis labios al lóbulo de tu oreja.

− La carretera como huida, ¿no? La búsqueda de lo desconocido como liberación.

− Exacto… – giraste la cabeza, y me miraste fijamente mientras la punta de tu nariz casi rozaba la mía- o puede que en realidad me guste la nostalgia de una felicidad que nunca sentí.

Creí comprenderte. Aquella sensación se adueñaba de mí cuando miraba las fotos antiguas y me veía a mí mismo en el pasado, joven y atractivo, lleno de fuerza, lejos de las ataduras y los miedos que habían dominado esos periodos caóticos de juventud. Aquellos ojos parecían contener un espíritu capaz de todo. Parecían tiempos felices, que sin embargo, yo había vivido con mucha angustia. Por eso era curiosa aquella nostalgia pasajera que me invadía el estomago.

− Hay veces que conviene alejarse para volver. La felicidad siempre es a posteriori. Quizá estuvo allí, y lo que tu llamas “ruido” no te dejó verla.

− Quizá… – y tu mirada se perdió más allá del muro, más allá de aquel espacio real que compartíamos.

La ciudad estaba en calma. Un ligero viento mecía los arboles de alrededor y algunos cláxones se oían en la lejanía.

− Soy ingenua… – parpadeaste y tus ojos parecieron volver a la vida –. Tengo la falsa esperanza de que allí, en algún lugar de aquel horizonte de miradas desconocidas, no habrá ruido. Y pararé.

Te besé. Tus labios se entreabrieron y sentí tu lengua húmeda deslizar por mis dientes, juguetona. No era la primera vez que lo hacía, pero quizá aquel beso llevaba la esperanza ingenua de darte una razón para la pausa.

− Soy peligrosa. Tienes que alejarte de mí.

Te volví a besar. Recorrí tu cuello con las yemas de mis dedos y pellizqué ligeramente tu oreja derecha. Volvimos a encontrarnos en aquella posición, nariz junto a nariz. Siendo cíclopes en la oscuridad.

− No me dejes perderte – dijiste con voz suave y una sonrisa llena de miedo-.

Te abracé, y el tiempo pareció fundirse con nosotros.

En ese preciso instante, lejos de allí, alguien conducía entre fantasmas por alguna carretera secundaria tratando de huir, de alejar unos malditos ojos otrora cargados de complicidad.

El amor seguía jugando al vaivén del eterno retorno nietzscheano.

Y nosotros creyendo infinito aquel momento mientras duró.

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