‘Blaze’, de Stephen King

La asociación mental es algo muy curioso. Aprendemos por asociación, interpretamos la realidad por asociación. En este instante, queridos lecteurs, practicáis la asociación. Quizá no todos estéis versados en la lengua francesa, pero no me cabe duda de que la mayoría habéis entornado los ojos ante la cursiva pretérita y sospecháis abiertamente de ese diptongo.

La literatura no escapa a esta fuerza. Pensad en Poe, pensad en Lovercraft, pensad en Stoker, y encontrareis un punto en común. Eso es, el terror. Y a su vez, un ejercicio semejante nos conduciría a Stephen King. El rey del suspense, la quinta esencia de la narrativa de terror, el maestro del… La publicidad y el marketing tienen un pequeño problema: a veces, sólo entienden de publicidad y marketing. Y al igual que la asociación, son falibles.

En Blaze, se conjugan unos y otros. Pese a la firma autorial, esta no es otra novela de terror, aun cuando la sobrecubierta sugiera lo contrario. Parece más bien un ardid de los editores, disfrazar así un Thriller. Sí, amigos. Un Thriller, y de segunda fila.

Bajo el seudónimo de Richard Bachman, el autor norteamericano presenta una intriga oscura, llena de crudeza, suspense y grandes dosis de previsibilidad, en una trama poco elaborada y demasiado sencilla para merecer el título de Thriller, uno de los géneros más exigentes, como bien apunta André Jute, por muchos que sean los rasgos en consonancia con el mismo. Sin duda, y poniéndonos en el lugar de Plaza and James, hubiera sido toda una apuesta, cuando menos arriesgada, ofrecer al público semejante novela en calidad del susodicho género. Pero focalicemos nuestra atención en el libro.

La novela gira en torno a Clayton Braisdell, Jr., delincuente de medio pelo, al que todos apodan Blaze o se dirigen a él con el sencillo apelativo de ”bobo”, en razón de una deficiencia mental cuya simiente se encuentra muy atrás, en su niñez. La historia, sin embargo, principia con el Blaze adulto, personaje orquestado por una mente más privilegiada, su amigo y colega estafador, George Rackley. La contradicción surge cuando descubrimos que George está muerto, aunque su voz continúe en la cabeza del protagonista, moviendo los hilos y urdiendo un plan mayor: el secuestro de Joe, hijo primogénito de una familia adinerada. Este, y no otro más tenebroso, es el verdadero centro de gravedad de la obra.

A medida que asistimos a su desarrolló, la voz autorial responde a diversas cuestiones, implícitas en el comienzo (¿Qué relación mantienen la deformación en la frente de Blaze con su deficiencia?, ¿Qué sucedió con George?, etc, etc.) retrotrayéndonos a la infancia del héroe. A su vez, la cosa se complica cuando el agente Sterling entra en escena, dispuesto a remover cielo y tierra para echarle el guante al secuestrador.

Delincuentes, un secuestro, una investigación policial… Esta vez, el elemento capital en la narrativa de King se quedó en la chistera. La trama fluye en dos líneas temporales disímiles, íntimamente relacionadas, como es natural. Este paralelismo permite al autor romper la linealidad y, a su vez, profundizar más en el héroe. Pero, en mayor medida, le permite posponer la conclusión de la trama base, por nominar de alguna forma al verdadero eje, esto es, el secuestro. Porque, amigos, esta novela noir con máscara de Terror Story está a medio camino entre la novela y la nouvelle. La alusión anterior a la ”chistera” de King no es accidentada. Estamos ante un verdadero mago, porque son muchos los recursos presentes en esta historia que responden más a necesidades narrativas que a una consecuencia exigida por la propia trama. El diálogo, por ejemplo, es cosa de dos, y resultaría extraño presentar a Blaze parlamentando consigo mismo.  ¿Cómo lo resolvemos? Ahí va un conejo: George, como conciencia interna del personaje. Tampoco cien páginas se venden igual que ciento setenta y siete. Otro conejo: la intrusión de una segunda línea argumental que posponga el denouement y, de paso, implantar silencios al comienzo que alimenten la intriga.

Nada de esto es censurable. Sin embargo, la segunda línea argumental contiene tanta broza, tantas páginas que piden a gritos un tijeretazo, que a Mr. King se le ve el truco.

Sí, amigos. Hay mucha paja en este jardín. Demasiada. Y, ciertamente, es una lástima que no podamos admirar los rosales que se ocultan tras ella. En Blaze hay mucho que merece la pena ser descubierto —también hay mucho de otros autores, como más adelante señalaré—. Una atmósfera bien lograda, envolvente, que nos hará sentir el gélido tacto de la nieve; unos diálogos funcionales y acertados, de gran calidad y, a decir verdad, uno de los elementos que denotan mayor elaboración, junto con los personajes. Sterling, por escoger el más significativo, aparece de forma breve y puntual, pero con una presencia colosal y realmente plástica, retratado con precisión y, a mi parecer, cierto minimalismo. Excepcional, asimismo, el uso de la prolepsis, que pone la miel en los labios y empuja al lector a degustarla en la siguiente página. Y es que, en relación a las tramas secundarias, el peso del suspense no reside en el qué sino en el cómo. La mayor parte del tiempo conocemos lo que sucederá pero ignoramos el modo en que sucederá, y ello resulta un delicioso acicate para despertar la imaginación.

A medida que nos adentramos en el pasado de Clayton, la sensación de estar frente a un moderno y desgarbado Copperfield, el personaje dickensiano (no el ilusionista de Nueva Yersey. La analogía del mago quedó atrás), es ineludible. Nací, viví… No hay nada de malo en ello, pero, entre nosotros: está muy, muy manido. No menos extraño resulta el fuerte paralelismo entre Blaze-George y los Lennie-George que el genio Steinbeck presenta en De ratones y hombres.

El autor de El resplandor, El misterio de Salem’s Lot , la siempre mencionada Carrie y la muy reciente y exitosa 22/11/63, nos brinda una historia eficaz, magnética, entretenida, y poco más. No aburre, pero tampoco deslumbra; no encabeza lo peor del autor, pero ni de lejos se aproxima a lo mejor. Una novela que encantará a los ‘lectores constantes’ (como el propio King gusta de llamar a sus seguidores), pero que difícilmente satisfará a los conocedores de Le Carré, Chandler, Horace McCoy, Highsmith y una larga lista de maestros que dejaron muy alto el listón en esto del Thriller.

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