Lady, Lady (Salamanca)

Hace viento. Me susurra al oído algo que no acabo de entender y sigue su camino con descaro, levantando las faldas de las salmantinas a lo Marilyn Monroe. Pregunto a mis acompañantes si tiene nombre, como el Cierzo o la Tramontana. Lo desconocen. Un viento así merece llamarse de alguna manera.

Gran Vía es una arteria con glóbulos vestidos de ropas caras que se difuminan entre parpadeos de semáforos en ámbar, algunos son tragados por autobuses rojos, otros parecen ensimismados en la ardua tarea de no pisar el abismo de asfalto que separa las siempre seguras líneas blancas de los pasos de cebra. Nos apartamos hacia San Esteban. El templete del claustro que recuerda vagamente a San Pietro in Montorio y la fachada plateresca de la que hace gala bien lo merecen. Prácticamente, podríamos definir el estilo que Diego Ortiz de Zúñiga bautizó como plateresco con la mera visión del exterior del Convento de San Esteban. A este convento también fueron a parar los huesos de un tal Francisco de Vitoria.

¿Dije Marilyn? Es Audrey Hepburn. Charada. Robando besos y ginebra a partes iguales. El viento le mece el pelo, frunce el ceño y da una calada, sintiéndose a salvo detrás de los cristales verdosos de sus Ray-Ban. El grito de guerra de un tipo que vende “ranitas de la Universidad” me distrae y aparto la mirada lo suficiente como para que la pierda de vista. En su lugar se ha sentado una pareja y el hombre lleva el pelo engominado hacia atrás. Siempre me han transmitido desconfianza estos sucedáneos de Muñiz Fernández, así que opto por levantarme.

En una de las vértebras que atraviesan la espina dorsal de la ciudad se encuentra la iglesia del Sancti Spiritus, de un gótico tardío,  flamígero como puede apreciarse los pináculos de la fachada. Fue inaugurada en el siglo XVI y, poco después, se le añadió una decoración plateresca con I Trionfi de Petrarca. A su vez, cuenta con una escena dedicada a Santiago “Matamoros” por su labor en la Batalla de Clavijo. La autenticidad de la batalla está en tela de juicio, pero si nos orientamos por la leyenda, encontraríamos el casus belli en la negativa de Ramiro I de Asturias en hacer efectivo el pago de Cien Doncellas como tributo a los musulmanes. Inferiores en número y atrincherados en el Castillo de Clavijo, los cristianos resolvieron dejar de lado el catenaccio y presentar batalla a raíz de una supuesta visión en la que Santiago les garantizaba hacer acto de presencia inclinando la balanza a su favor. Minuto noventa. Eso fue la Mano de Dios y no lo de Maradona.

La Casa de las Conchas es fácilmente reconocible por las susodichas que cubren su fachada. Se trata de un edificio que en los libros de historia del arte suele encontrarse a caballo entre finales del gótico y un incipiente Renacimiento hibridado con las formas autóctonas, por lo que no resulta fácil etiquetarlo. Una forma plástica más, que en un sentido figurado, refleja a la perfección ese que sí pero no que resume la Historia de España.

Es obra de Rodrigo Gil de Hontañón, y pese a los rasgos típicamente platerescos de las molduras de las esquinas y de las ventanas, tiene sangre mudéjar en el ritmo ornamental de su fachada. Del mismo modo, aunque presenta un patio de manual, de principios del Renacimiento, de forma cuadrangular, porticado, y hermano pequeño del patio de La Calahorra, la mencionada fachada aún guarda ese aspecto macizo fiel reflejo de un gusto tan medieval como castellano.

Sobre el dintel de la puerta aparece el escudo de los Maldonado con las famosas lises coronadas por un cetro. Según la leyenda las lises fueron conseguidas por Aldana, un antepasado de los Maldonado. Al parecer, el tal Aldana resultó victorioso en un lance con el Duque de Normandía y el Rey de Francia, para evitar la muerte de su hijo le ofreció a cambio de su vida poder llevar en su escudo la flor de lis propia de la familia de los Borbones, y le dijo en francés “cette fleur de plat est mal donnée”, algo así como que “Esta flor es mal donada….” Y el pobre fulano, que debía manejar el francés como Emilio Botín el inglés, intuyó que el monarca francés le otorgaba el nombre de “Maldonado” por lo que se prestó a cambiar su apellido. Como conclusión de este infortunio lingüístico podemos extraer que el “It´s very difficult todo esto” viene de largo. Otras leyendas se orientan hacia unos derroteros más plausibles, según los cuales las conchas harían alusión a Santiago o al escudo de los Pimentel.

Horror Vacui. Estamos enfrente de la Universidad de Salamanca, el templo de la sabiduría del que Unamuno era sumo sacerdote hasta que el fascismo que no enterramos en el mar lo depuso de su puesto de rector. La fachada está distribuida en tres calles, semejante a un retablo, en orden ascendente el inferior está dedicado a los Reyes Católicos (representados en un medallón central), el segundo al emperador Carlos V y el tercero al Paraíso. En la terminación del primer cuerpo, se encuentran, facilitando la transición, a modo de capitel labradas tres calaveras, una de ellas, famosa por el batracio que la corona. Aparte de la rana colocada sobre la calavera, en la fachada aparecen toda una suerte de medallones y estatuas, con las representaciones de Venus, Príapo, Hércules, Juno, Júpiter y un relieve en que se efigia a un Papa con varios cardenales. Sin embargo, es el anfibio el que atrae las miradas de todos los turistas, a pesar de Unamuno, quien llegó a afirmar que: “No es lo malo que vean la rana sino que no vean más que la rana”.

En lo que respecta al simbolismo, suelen atribuírsele una relación con la muerte y el pecado de la carne; la lujuria. El asesino de Se7en vería retratada en piedra su decadente ciudad sin nombre ante tamaña concentración de las debilidades del hombre en tan poco espacio, y es que, no son pocos los historiadores que se refieren a la Universidad de Salamanca como la imagen de la Virtud y del Vicio.

Respecto a la autoría, Martín González se atreve a afirmar que la mano de Alonso Berruguete está detrás del magnífico relieve del Papa y los Cardenales, así como de varios medallones que ocupan la fachada. Sin embargo, es difícil aventurarse, pues los nombres de los artistas que dieron vida a semejante caudal de medallones y capiteles en la ciudad se pierden en el eco de las pisadas y son pocos los que se atreven a ir tras de sus huellas.

Vuelvo a verla. Está sentada, esta vez es en el Huerto de Calixto y Melibea. Tuerce el gesto; es la espina de todas esas flores. Me recuerda a las chicas de las películas que dan una bofetada antes de besar. Pueden verse las torres de la Catedral Nueva sobrepasando los pinos, esta visión me absorbe unos segundos, de nuevo, bastan para que no haya nadie allí sentado.

Salamanca es una de las pocas ciudades que cuentan con dos catedrales. La Vieja, en estilo románico y gótico, y la Nueva, vestida con un gótico tardío y barroco. A los pies de la catedral Nueva hay una gitana leyendo manos; ella también es Salamanca. En el césped hay corrillos de estudiantes, suenan las notas de una guitarra pero no consigo adivinar qué canción es y sé que eso me perseguirá durante lo que queda de viaje. Las gárgolas de la catedral parecen diablos que huyen de dentro como animados por el ambiente de fuera y, entonces, tengo que hacer un esfuerzo por recordar si Fausto tocaba la guitarra y si era alemán. El ruido de la plaza se va haciendo cada vez más pequeño a medida que nos alejamos. Hacemos otro alto, obligado, en los escalones de la catedral vieja. Está cerrada y no podemos admirar el retablo de Dello Delli o la Capilla de Talavera. Sentados a las puertas, con la mirada perdida en las cúpulas que parecen cubiertas por escamas y el cansancio hace el resto.

Dudo que vuelva a verla, a ella o a la ciudad, a ninguna de las dos. (Nunca llegué a saber con exactitud dónde acababa una y dónde empezaba la otra). Abandonamos Salamanca.

La visión de la autovía en mitad de la Meseta bien merece una canción. Una secuencia desoladora de una cinta de los hermanos Coen. No hay un alma. Sólo se escucha el ruido del motor atravesando una recta que se pierde más allá de donde tus ojos alcanzan a ver. Y eso, es más que suficiente.

 

Bibliografía:

García Boiza, A.. Salamanca Monumental. Madrid.

J. J. MARTÍN GONZÁLEZ: «Alonso Berruguete y la fachada de la Universidad de Salamanca», BSAA, (1982).

Santiago SEBASTIÁN y Luis CORTÉS: Simbolismo de los programas humanísticos de la Universidad de Salamanca, Salamanca, 1973.

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1 Comentario

  • La esencia de Salamanca permanece igual a través de los siglos, pero siempre hay que volver a ella, pues también cambia. Siempre hay sitios nuevos que descubrir y rincones que recorrer. Yo no la pierdo de vista desde que acabé la carrera entre sus muros. Felicidades por la entrada y por las fotos. Un saludo, Livia.

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