Yvá-n 20 años…

La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca.

Heinrich Heine.

 

Este año he sido el maniático de los aniversarios: Ricouer, Diderot, Maquiavelo, Austen, Superman, los Dire Straits, Wagner… de todos he hecho el articulillo, como decía Paco Umbral. De Cortázar me he librado, que alguien aquí se me adelantó sabiamente, y tengo con el argentino emociones encontradas. Pero quedan, al menos, dos: resulta que es el 700 aniversario, nada más y nada menos, de Giovanni Boccaccio, del que se han hecho eco en la prensa nacional (no muy felizmente, en mi opinión), y el 400 de la salida a la luz de las Soledades, de Luis de Góngora, también reseñado en la prensa, pero infinitamente mejor[1]. Confieso que estoy soberanamente infradotado para decir nada mínimamente valioso sobre ninguno de ambos. Sin embargo, personalmente me pesa más, y conozco con más profundidad, otro postrero aniversario mucho más modesto, en escala cronológica y resonancia de la figura en cuestión. Se trata de los 20 años que han pasado desde la muerte de Ramón Tosas, alias Ivá, que se pegó una nata (expresión típica de Óscar en El Jueves) mortal en la carretera en 1993 a la edad de 52 años. Un hostiazo, vamos.

En aquel accidente se siniestró una parte alícuota del humor gráfico español, y tampoco para juzgar el volumen de ésta soy el más indicado. A mí me gustaba Ivá, y los demás, menos. A la gente debió pasarle un poco lo mismo, porque sus cosas fueron llevadas al cine, la televisión y el teatro sin tasa a partir de 1989, fecha de la caída del telón de acero. No obstante, yo, humildemente, quiero ser ditirámbico también con él, porque su obra lo merece. Historias de la puta mili era muy bueno, y todavía estoy echando de menos unas “Historias de la puta crisis” que nadie ha emprendido. Pero Makinavaja, el último choriso era insuperable. Naturalmente, “el último chorizo” se refería al lumpen barriobajero de Barcelona, no a lo que nos han acostumbrado hoy a considerar como tales, y, así, supongo que el nombre proviene del Mack the Knife de Bertolt Brecht y Kurt Weill en la Opera de los tres peniques de 1931. El espíritu es bastante parecido, con la diferencia de que en las páginas de Ivá es Maki, o a veces el Popi -Popeye Smith, su cómplice y colega-, el que se echa unas parrafadas dignas de Brecht. Del propio Brecht se diría, no de sus personajes. Y es que el tema de fondo de las descacharrantes andanzas de Makinavaja no es el humor negro por sí mismo, sino la derrota irremisible en la lucha de clases, como en las novelas policíacas de Manuel Vázquez Montalbán, también barcelonesas. En este preciso sentido Maki y sus compinches, sobrino, madre, abuelo, etc (el acierto de esta serie frente a la de la mili es también la multiplicación de secundarios), representan los últimos maleantes, dado que se resisten individualmente a ese destino, pese que en lo colectivo lo den todo por perdido. O sea, como muchísima gente hoy, si no cambia nada.

Vehiculado por un dibujo excelente, deudor de Jean Marc Reiser, en el que, aún de un modo deliberadamente feísta, todo objeto está perfectamente definido y toda situación magistralmente expresada (aunque es cierto que, bien pensado, el encuadre es casi siempre el mismo), y unos diálogos imitativos y art brut a la vez (todos hablamos ahora un poco como en ellos),  del que el mensaje no es más que éste: todo idealismo es una broma de mal gusto, incluso cuando los propios protagonistas incurren en él por pasatiempo. No hay nada que hacer, salvo hacer algo, y ese algo es nada más que lo que te dejan, cueste lo que cueste. El propio Ivá sufrió arrestos domiciliarios por sus viñetas. y no es de extrañar. Un genio no era, pero sí un “geniazo”, un implacable bufón del pueblo, y a esos hay que tenerlos adecuadamente disuadidos. La puta mili ha desaparecido: no se puede decir lo mismo de sus estragos. Boccaccio y Góngora me perdonarán, pero veinte años después, en el aniversario de aquella muerte tonta y triste sólo cabe decir: ¡Se me cuadren, coño!

 


[1] No hace mucho tiempo, me encantó el inteligentemente “circunstanciado” artículo del Director Editorial de Gredos en http://elpais.com/elpais/2013/07/23/opinion/1374599046_976539.html

 

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