Lo fantástico siempre es permisible

Actualmente, cuando lo que pugna es la especialización, el humanismo bien podría confundirse con una dispersión en los intereses que no sería nada rentable. Parece que todo consiste en elegir un camino y, cuanto antes, mejor. Pero, sorprendentemente, la mayoría de personajes únicos de la historia de la ciencia o el arte han tenido aficiones (a veces, incluso, obsesiones) diversas y contradictorias. Uno de estos humanistas del S.XX fue Carlo Mollino. Al contrario que Le Corbusier o Jean Prouvé, este italiano nunca fue reconocido por los críticos de la época y las antologías apenas pasan de puntillas por sus diseños. Sin embargo, Mollino es otro de esos hombres que se interesó por temas tan diversos como arquitectura, el diseño de mobiliario, la fotografía, el esquí, los coches de carreras o la aeronáutica, y que, además, todo le salía bien.

Casi todo lo que conocemos de las obras de Mollino es gracias a fotografías. Su obra maestra arquitectónica, la Societa Ippica Torinese, fue demolida en los años 60, y la mayoría de edificios o interiores están muy alterados. El caso de los muebles es bastante parecido, pues la mayoría son piezas únicas, específicamente pensadas para los interiores que proyectaba y, por tanto, muy difíciles de encontrar en el mercado. Hay diferentes resultados artísticos en los objetos o en la arquitectura construida, algunas veces más del lado del futurismo y otras más del lado del surrealismo, en cualquier caso, híbridos a medio camino entre el diseño industrial y la naturaleza como fuente inspiradora. <<Todo es permisible con tal de que sea fantástico>>, decía Carlo Mollino, una frase que transmite todo el sentir de una época. Estamos hablando de los años 40 en Europa, marcada por la Segunda Guerra Mundial, que contaminó todos los ámbitos. El diseño se llenó entonces de propuestas novedosas, un proceso in crescendo durante las dos siguientes décadas: querer salir, querer innovar, querer mejorar, querer sorprender.

Durante los años 50 se buscó incesantemente un diseño accesible para todos, y fueron los italianos quienes se pusieron a la cabeza en la producción de muebles y objetos. Pero, justo en medio de esta tendencia, están también los que se valían de la prosperidad de la nueva burguesía para ofrecerles productos exquisitos e irrepetibles. Mollino es más bien de ese último grupo de creadores sofisticados, enamorados de la madera curvada escandinava, del dorado en el arte egipcio y la pompa del terciopelo. En la obra del italiano, algo hay de los arquitectos Alvar Aalto y Meldensohn –aunque lejanamente-, más bien estira un tardío modernismo que se vale de las técnicas artesanales para generar objetos de fabricación industrial. Y, por supuesto, también vemos a Gaudí, lo sinuoso del surrealismo en las paredes o en las piernas torneadas de una mujer.

Si hay algo que obsesionó a Carlo Mollino a lo largo de su vida, fueron precisamente las mujeres. Sus fotos, vistiendo un traje impecable o atuendo de piloto, revelan su carácter de playboy, ese hombre que nada lo detiene. En la obra del turinés, la mujer no es sólo la modelo que posa, sino la traza que define la arquitectura y los automóviles. Las curvas del Teatro Regio de Turín son femeninas, y el impactante terciopelo rojo es una superficie que invita a ser acariciada. Salones, vestíbulos, escaleras…todos los interiores están vestidos como para una fiesta, con originales lámparas en racimo, perfiles dorados o reflejos. El barroquismo es muy frecuente en el diseño interior de este arquitecto, la imagen ambiental de las Polaroids en las que retrató a modelos, amigas y prostitutas. Como para el posado de una revista de moda, Mollino añadió a sus espacios sensuales mujeres, una especie de publicidad subliminal que completaba el cariz exacto de las habitaciones. Cuerpos de espaldas, relajados, semidesnudos, disfrazados, llenan de matices eróticos estos interiores sofisticados que, más allá de ser una fotografía Polaroid, congelan un segundo de una performance.

Mollino siempre fue un bon vivant, un amante del riesgo en todos los aspectos de su vida. Fue muy aficionado al esquí y al automovilismo. Un rasgo distintivo de su biografía quizás sea el diseño del Bisoluro. Parecía un coche de carreras del futuro, un torpedo tan lleno de curvas que casi podría estar moldeado por el viento. Asesorado por Mario Damonte y Nardi, expertos en mecánica y aerodinámica, respectivamente, fabricó la parte técnica de este curioso automóvil, y con él llegó incluso a competir en el 1955 en las 24h de Le Mans.

La maniera moderna en la que Mollino reinventó las técnicas artesanales revela su pensamiento transgresor. Sus diseños no pueden negar su predilección por las formas del Art Nouveau, por Gaudí, como he dicho. Pero el latente naturalismo en los objetos y los espacios, esconde un largo proceso de asimilación de estilos, dibujos y sensaciones, todo para, finalmente, llegar a convertirse en una creación individual de artista. Los muebles, arquitecturas e interiores de Carlo Mollino tienen ese algo impuro que atrae irremediablemente. Con la misma sensualidad con que las mujeres se muestran es sus Polaroids, sus diseños nos provocan y envuelven, un abrazo que casi es un pecado.

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