Blue Jasmine: divagación sobre la teoría de las cuerdas

Esa mujer vestida de Dior que baja del taxi, con la cara descompuesta, en un barrio de medio pelo de San Francisco, parece merecerse lo que le ocurre. Las maletas de Vuitton, sus gestos afectados, su rostro descompuesto, sólo simulan ya una patética cáscara vacía, los restos de un mundo y de un estatus social que parece haber perdido para siempre.

Se cree alguien todavía, desde luego mucho más que su hermana, también adoptada (a la que ahora tiene que recurrir) porque siempre quiso salir de pobre, ascender de clase social, hacer lo necesario por vivir en una de esas casas con grandes jardines, donde se dan fiestas entre las palmeras y todos los invitados vienen de lugares exóticos y sonríen entre objetos suntuarios, de los que solo saben el precio y lo que afirman de su rango social.  Donde algunas mujeres de gran belleza, que quieren prosperar y saben fingir sin romperse demasiado, suelen ser también otro objeto decorativo, más o menos encantadas de serlo.

Leí una vez que algún escritor, quizá Norman Mailer, se hacia invitar a yates de lujo para ver como eran realmente los ricos y poder describirlos. No es fácil cruzárselos por la calle, ni convivir con ellos. Sin embargo el imaginario social cree conocerlos muy bien y bascula en una ambivalencia que va del desdén resentido a la fascinación más absoluta. Algunos les atribuyen una maldad intrínseca, por eso de que ninguna fortuna se puede conseguir limpiamente, pero otros consideran su éxito un signo de superioridad o de talentos especiales que debe trasparentarse en cada uno de los gestos de sus vidas. Como si fueran seres especiales que merecen ser adorados en esas revistas del corazón que tanto se venden, entre las clases medias con pretensiones de ascenso social.

No sé si hubo un momento, en la sociedad aristocrática, en que “tener clase” significó poseer algunas cualidades valiosas aprendidas con tiempo y disciplina. Pienso en Russell y lo que se desprende de sus memorias. Pero en las sociedades capitalistas ser rico significa simplemente tener dinero. Nada más. Desde luego no suele significar, aunque no lo descarta, poseer una ética depurada, una especial cultura, un gusto sofisticado, un carácter admirable o una singular perspicacia para disfrutar de la vida y burlar el aburrimiento y la banalidad.

La actual crisis económica ha puesto de manifiesto el perfil de algunos de estos personajes. En muchos casos sólo eran vulgares pícaros sin escrúpulos, que utilizaban su capacidad de manipulación para hacer dinero y procurar mantenerlo a salvo en paraísos fiscales. Una vez conseguido ese objetivo pueden comprarse muchas más cosas, sobre todo el suficiente poder para mantenerse a salvo la mayor parte de las veces. Porque, solo constatar como ha progresado el volumen de dinero que manejan las clases dirigentes, en los últimos años, en cualquier país occidental,  hace ver hasta que punto han ido ganando terreno. Y el perfil psicológico de algunos, su estética vital puede sospecharse viendo “Inside Jobs” o recordando cómo son nuestros pícaros o psicópatas locales, de dónde provienen, cómo hablan, las cosas tan horteras que compran, los amores de calderilla que se fabrican.  Aunque otra estética y otros gustos más sofisticados no aseguran necesariamente mejores conductas ni, por supuesto, las justifican.

Jasmine (Cate Blanchett) tiene la energía bruta que le procura lo que no soporta visceralmente. Tiene ínfulas de grandeza, es guapa y posee la capacidad de mimetizarse en lo que cree que hay que tener para llegar arriba. Aprende a sonreír, a decir frases vacías, a vestirse, a simular que le gusta lo que debe gustar, a seducir a un cierto tipo de hombres, a organizar fiestas, a cultivar la apariencia. Y tuvo suerte.

Pero no posee la suficiente capacidad y temperamento de asumir el precio que tiene todo eso y precisa fabricarse, para vivir, casi un delirio que al final termina marcando su destino. Cree que el dinero viene del cielo, que lo merece y que su marido la ama exclusivamente mientras bailan un “Blue Moon” interminable en la inmensa terraza con vistas al mar. Se convierte en un estereotipo de una clase social donde todo es falso menos su dinero. No quiere ver nada hasta que, de pronto, se da de bruces con la realidad. Y se rompe.

Su hermana Ginger (Sally Hawkins) puede parecer muy distinta, más auténtica, mejor persona. Pero quizá es sólo que se ha sabido resignar o que ha tenido menos suerte. Podría no haberse arruinado, podría haber elegido mejor los  novios que la terminaron abandonando. Pero fracasó cada vez. Y vuelve a su mundo humilde que es también un suelo en el que refugiarse, donde pensar que todo da un poco igual y que ella no esta hecha para triunfar, porque es la hermana que tiene los genes menos valiosos y todo estuvo un poco determinado desde un comienzo. Su postura vital no es tanto una elección como una derrota de sus expectativas o un límite de su energía y capacidad para intentar prosperar. Lo que también la lleva a unas relaciones más cooperativas y auténticas, siempre amenazadas por cualquier calamidad económica o afectiva.

Porque uno de los problemas de este mundo, (de cualquier sociedad de la historia) es que hay que encontrar un lugar bajo el sol, tener ambición para hallar una cuerda con la que ascender a un lugar mínimamente confortable, ser capaces de hacer el suficiente dinero, de alguna manera, para propiciarse una cierta independencia personal. Y eso no está asegurado si no se pertenece a las clases privilegiadas. Jasmine produce rechazo más que pena. Durante la mayor parte del tiempo nos alegramos de todo lo que le pasa, de que se haya caído merecidamente, de su cuerda tan nihilista y tan estúpida. Su sufrimiento nos resulta casi repulsivo. No merece nada porque no es nada. No tiene que ver con otras mujeres de Allen que pueden ser más o menos neuróticas o contradictorias, pero tienen vidas propias o aspiran a ellas y cualidades personales que les permiten justificar su situación social.

Parece que Jasmine merece caer porque es una impostora. Como si hubiera algunas determinadas maneras de subir que justifican los logros que puedan conseguirse. Cada uno justifica como puede el “cuento de la lechera” de la cuerda que ha elegido o le han dejado.  Y es verdad que hay unas formas de prosperar mejores que otras por muchas razones, más honestas más estéticas, más basadas en los méritos, más inteligentes, quizá más justas. Y parecería que al final tendrían que terminar ganando los que ascienden por las mejores, a pesar de las dificultades, como en las películas con final feliz .  Cada sociedad genera relatos de cómo prosperar legítimamente que trata de trasmitir con más o menos éxito y que, de alguna manera, la definen aunque no siempre procuran el ascenso esperado.

Porque la honestidad personal, la capacidad crítica, el trabajo bien hecho y productivo (incluido el empresarial) en cualquier campo, el esfuerzo por mejorar en las cualidades personales, la independencia de pensamiento, cada vez parecen garantizar menos el poder encontrar un lugar mínimamente confortable bajo el sol de la globalización. Y, por el contrario, los hombres y mujeres que “trepan” utilizando cualquier medio, parecen tener el camino más despejado que nunca y se convierten en modelos sociales. Lo que produce que cada vez más gente se rinda en la resolución de ese “doble vínculo” y abdique de cosas esenciales para garantizar su pervivencia social

Con lo que en la realidad, en ese banco de la parada del autobús, hay pocas personas como Jasmine y sí muchas más que verborrean sin esperanza sus sueños rotos, su falta de futuro, su perplejidad ante los perfiles y la estética vital de los que están arriba. Como si se hubieran dado cuenta de pronto que todo lo que creyeron y por lo que lucharon hubiera sido una fantasía falsa que solo dejó el camino más expedito a los que percibieron las leyes implícitas del sistema social desde el principio.

Nada nuevo, por otra parte, porque es algo que se ha reproducido una y otra vez a lo largo de la historia en todo tipo de sociedades, y que es especialmente típico de la americana donde el individualismo y el culto al dinero ha sido siempre la característica más determinante. Y donde las leyes y cautelas que se implantaron tras la depresión de 1929 para intentar no repetirla se fueron desmantelando desde los años ochenta a causa del auge del neoliberalismo, del que esta crisis es una consecuencia directa que amenaza también a la sociedades europeas con modelos socialdemócratas que propiciaban mayor protección social.

Eso es lo que desasosiega de Blue Jasmine. Habla de nosotros, de lo que nos está pasando ahora mismo y nos sume en la incertidumbre porque no nos sentimos a salvo.  De pronto una película de Allen se vuelve un poco amarga, pesimista, no procura ese humor reconfortante y un poco esperanzado de otras películas, a pesar de su aparente cinismo. No hay refugios cálidos. No parece una película de Allen pero es de él, que por otro lado es rico, vive en Nueva York y quizá conoce algo de lo que habla. Y se agarra a su cuerda, la justifica. Una cuerda que, por suerte resiste y nunca se ha caído del todo en tantos años.

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2 Comentarios

  • “La honestidad personal, la capacidad crítica, el trabajo bien hecho y productivo (incluido el empresarial) en cualquier campo, el esfuerzo por mejorar en las cualidades personales, la independencia de pensamiento, cada vez parecen garantizar menos el poder encontrar un lugar mínimamente confortable bajo el sol de la globalización.”

    Ahí radica la gran verdad de todo esto. La sociedad demanda trabajo más productivo que bien hecho, sin importar para nada el efecto de todas las demás cosas, en peligro de desaparición-deshumanización
    Un análisis muy afinado, Ramón

  • Pero muévete entre adolescentes y el cinismo está a la orden del día. Ninguno romantiza la riqueza, como Scott-Fitzgerald, saben muy bien que consiste en un egoismo descarnado, y, sin embargo, sueñan con ella por encima de todo, hasta el punto de que cualquier otra alternativa se manifestará necesariamente decepcionante. Como suelo decir, el neoliberalismo al que te refieres no es un estilo económico, es toda una (in-)cultura e incluso una (des-)educación…

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