No tener nada y perderlo todo

Lo cierto es que cometemos errores, hablamos más de lo que deberíamos y callamos lo innecesario. Sin ir más lejos, tropezamos veces consecutivas, arañamos paredes recién pintadas con todas nuestras fuerzas, saqueamos contenedores de dudas, besamos lo imaginario.

La verdad es que nos equivocamos y no medimos el tiempo porque creemos que no es necesario. Que el tiempo y los equívocos no se miden. Y esos que dicen que los actos hacen más daño que las palabras es porque nunca han escuchado las que duelen de verdad. Las que se te clavan en las entrañas y no salen de ahí nunca.

Porque sí, hay palabras que se meten en los huesos, nunca te abandonan y no importa qué suceda en el camino. Las palabras puedes repetirlas en tu mente una y otra vez y duelen. A veces no importa qué hagas después porque ya has pronunciado el verso que no mediste, la frase que no calculaste, las palabras que salieron porque tenían que hacerlo y que no las pensaste lo suficiente.

Y cuando esto sucede, cuando te equivocas, sólo puedes joderte y buscar piedras nuevas que coleccionar para ponerlas en el camino y tropezar con ellas. Porque, por si no lo habían notado, al ser humano le gusta esto de coleccionar cosas. Piedras para ponerlas aposta en el camino (ya saben, parece que sin obstáculos no somos nosotros mismos), sellos, mariposas disecadas. Un poco de todo y nada digno de ser pavoneado.

Y esto él lo sabía. Uy, si lo sabía. Él sabía desde el principio hasta el fin que la gente se equivoca, la gente duda, la gente besa sin querer y queriendo también. Él sabía que los besos que se dan por la mañana saben mejor que los besos a la salida de algún local. Él sabía que cuando alguien merece la pena hay que arriesgarse y saltar y que si no hay agua, pues no la hay. ¿Y qué pasa? ¿Una herida que te haces? Bueno, él ya tenía alguna así que poco le importaba tener una más porque esa mujer realmente merecía la pena. Una mujer como pocas había visto. Una mujer. No era ni muy guapa ni muy fea. Ni muy inteligente ni muy tonta. Ni muy esto ni muy lo otro, resumiendo, tenía todos los ingredientes para ser verdaderamente especial. Era espontánea, hacía cosas porque sí, sin razón aparente. Y es que, amigos, las cosas que salen de adentro, esas pequeñas locuras que a uno se le ocurren de vez en cuando, se hacen y no se piensan que pensar en exceso es malo para los sentimientos y envejece más rápido que pasar una noche con Sabina, Bukowski y Tommy Lee. Con los tres a la vez. Una noche. Eso sí que debe de envejecer (por el alcohol, no vayan a pensar. Que el alma seguramente recuperaría cinco años de vida). Lástima que Bukowski esté muerto porque podría haber sido una velada muy interesante.

Una mujer que le tambaleó los esquemas y le hizo dudar hasta de su propia sombra. Le perturbó, le atrapó, le sedujo sin miramientos. Él, que lo tenía todo controlado y que estaba dispuesto a saltar en piscinas vacías por alguien que mereciese la pena (porque nos encanta juzgar: esta persona merece la pena, esta no…como si de una margarita se tratase). Él que sabía y medía todo se dio cuenta de que hay cosas que no se pueden medir. No hay compás suficiente para medir el ángulo que se obtiene al tener sexo con pasión. Alma con alma. Y no pudo medir lo que sentía por ella. Una mujer que no conocía muy bien pero que parecía conocer a la perfección. Que sí, que esto nos pasa a todos. Follas con alguien especial y ya piensas que es un ser traumatizado, roto, pasional. Follas con alguien que te rompe los esquemas y uno ya piensa que le han puesto el mundo patas arriba sin bragas y con los intestinos afuera. Pues, qué quieren que les diga. Si esto nos pasa a todos, ¿cuál es el problema? Todos deberíamos de experimentar la sensación de tembleque en las pestañas cuando miramos al otro lado, y entre sábanas o sin ellas, se encuentra con ese alguien por el que ha decidido apostar.

También deberíamos de experimentar la sensación de vacío que se queda en el cuerpo cuando alguien se va. De repente, en tu colchón hay más espacio incluso del que había antes de que llegara esa persona.

Él, con todas las consecuencias, se tiró a la piscina pero mientras estaba saltando, justo en el momento preciso, ella salió huyendo. Sí, la hostia fue bien grande pero, no se preocupen, uno se recupera de casi todo aunque guarde arañazos y cicatrices. Ella salió huyendo porque estaba rota y aunque él sólo quería caer sobre ella, las mujeres con pasado son difíciles. Oscar Wilde decía que le gustaban las mujeres con pasado pero, claro, él no tenía que aguantarlas.

Las mujeres con pasado agitado no saben lo que quieren porque hoy quieren todo y mañana no quieren nada. Las mujeres con pasado doloroso, están rotas una semana y recompuestas al mes siguiente. Las mujeres heridas te quieren para toda una vida y de repente te quieren bien lejos de ella. Las personas somos así de complejas cuando tenemos que saltar. Puede que en el día a día seamos prácticos pero cuando se trata de agitar nuestra vida nos volvemos seres inseguros, temerosos, dubitativos. Y hacemos daño. Y no podemos remediarlo. Porque la vida es así, unas veces te hacen daño, otras lo haces tú y con suerte, con el paso de las experiencias aparece alguien que aunque le duelas y aunque te duela, seguirá ahí durante más de diez segundos. Ya ven, cuando digo que la vida es intensa y tan dolorosa como envolvente, es por algo.

Y ella se fue pronunciando palabras hirientes mientras se iba corriendo. Que uno pensará, ya que te vas, al menos cállate y no digas nada. Pero ella es así. Egoísta y pasional a medidas exageradas. Pronunció esas palabras que duelen como punzones en el pecho, de las que se escuchan y no se olvidan jamás. Y cuando quiso regresar él ya no estaba ahí. Ella, que lo quería todo. Le quería como a pocos quiso y se equivocó como tantas otras veces. Lástima que siempre se equivoque con él. Ella, que hubiese dibujado horizontes nuevos, apartado piedras del camino, trazado sendas seguras. Hubiese dado todo para quedarse con nada. Como siempre. Él, que leía sus labios. Pero las palabras, así como los actos, tienen consecuencias. También para las personas atormentadas por el pasado.

Y ahora son dos imbéciles queriendo quererse sin ni siquiera estar. Boys don´t cry cantaban The Cure. Anda ya. Todos lloramos y él se sigue preguntando por qué ella se fue. Y por qué volvió. No puedo quererla, no puedo dejar de amarla. Por qué tuvo que volver, maldita sea. Se repite todas las noches mientras observa a Brenda Chennoweth y a Nathaniel Samuel Fisher meter la pata. Coño, pero ellos siempre terminan siendo felices.

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