A propósito de Llewyn Davis: dos miradas sobre la película de los Coen

A propósito de Llewyn Davis: sobre el lado oscuro del juego

Por Ramón González Correales

Cuando le preguntan a los ganadores por lo que han hecho para llegar tan alto donde han llegado suelen responder  siempre cosas parecidas: tenían auténtica pasión por lo que hacían; fueron capaces de arriesgarse, de dejar todo, por lo que les gustaba; también aluden al sacrificio, a las noches sin sueño, a los pisos prestados, a las comidas insuficientes y a las noches de tabaco y alcohol en antros malsanos donde sin embargo los terminó descubriendo alguien que los llevó a la gloria.

Estas cosas las oyen los adolescentes con sueños artísticos, puros y duros, y deciden seguir exactamente las instrucciones, lanzarse a la aventura, apostándolo todo. Abandonan a la familia, a la que muchas veces detestan porque no los comprenden, y huyen a una ciudad extraña que suponen el centro del mundo; van de antro en antro buscando una oportunidad, que nunca llega; componen canciones con el corazón de la autenticidad más pura; abusan de amigos que los dejan dormir en su casa, en un sofá, cuando ya huelen mal y no han comido en mucho tiempo. Se van desesperando y diluyéndose, poco a poco, para algún día desaparecer de alguna manera muy silenciosa o quizá siniestra.

Los Coen muestran a un tipo que quizá no es brillante, que hace un largo bucle para no ir a ningún sitio, que tiene canciones buenas pero no demasiado, con letras tristes y un poco estúpidas (o quizá sea la traducción), que no canta mal, que pierde gatos y oportunidades por el Nueva York de los sesenta, que es auténtico, incluso demasiado auténtico y que finalmente fracasa mientras contempla, sin saberlo, al que triunfará cantando en el mismo antro en el que él ha acaba de pasar hace poco desapercibido.

“A propósito de Llewyn Davis” es una película sobre los otros, los que no conocemos, los perdedores, con todo lo que tiene ese calificativo de culpa y presagio en la América profunda, con ese color un poco desvaído que crea una atmósfera densa, como de cuadros dee Hopper o fotografías de Gregory Crewdson.  La atmósfera fría de los Coen, sus encuadres perfectos, su ritmo cadencioso que nos arrastra sin darnos cuenta a algún sitio en el que no se respira del todo bien y que no se sabe si es verdadero del todo.

La película da que pensar sobre el prestigio del malditismo moderno en los artistas y su presunta rentabilidad personal y artística,  eso de tener que sufrir y sacarse cosas de dentro y vivir todas las experiencias, sobre todo las oscuras, para poder crear obras auténticamente originales. Eso de que lo comercial es siempre falso y que triunfar no importa o es directamente un fracaso. Esa contradicción de barra de bar que se resuelve cuando se triunfa de verdad o se fracasa absolutamente.


Hay una escena especialmente cruel. Tras un largo y penoso viaje hasta Chicago (también hilarante: magnífico el personaje interpretado por John Goodman) consigue llegar, entre la nieve y aterido de frío, a una sala donde logra ser escuchado por un empresario que le pide que toque una canción. Lo hace y tras mirarlo fijamente, un rato largo, le dice algo parecido a esto: “Vale, sabes tocar, tienes oficio, pero no creo que esa canción pueda dar más de un dólar”. Y se tiene que volver a Nueva York entre la nieve, atropellando un gato en el camino, como sí atropellará su propia esperanza, no para comenzar de nuevo sino para volver a fracasar.

Aunque su historia podría ser la de un Sixto Rodríguez y entonces ese micrófono y la canción del principio tendrían el sentido de indicarnos que hemos asistido a la vida de alguien realmente bueno que no triunfó en ese momento pero que terminará triunfando, aunque sea muchos años después. O que lo valioso de ese mundo está realmente ahí, en ese sustrato de perdedores que crea un ámbito de relaciones y de anhelos y de bares y de noches de las que nunca se sabe demasiado desde fuera pero que contiene la atmósfera y los estímulos con los que se construyen las canciones y los propios sueños de los que las hacen o las escuchan.

Aunque también podría ser una burla nihilista de la ineficacia de los esfuerzos para prosperar en la mayoría de los artistas, de su inutilidad esencial para muchos de ellos, que parecen predestinados a fracasar aunque hagan todo lo que tengan que hacer, aunque casi se jueguen la vida en el intento. Porque hay algo cruel en ese mundo, aunque también pueden ser los filtros necesarios que hay que pasar para demostrar algo y que escuchemos canciones como las de Dylan. Cualquiera puede descalificar todos esos esfuerzos con un comentario o gritando borracho en un bar, en medio de una actuación. Porque, a menudo, querer ser algo incluye también no querer ser otra cosa. Afirmarse contra algo. Y eso te puede costar un puñetazo, con el que comienza y termina la película,  que quizá te tienes merecido.  Es el juego.

 

 

La mirada gamberra de los Coen

Por Conchi Sánchez Hernández

 

No sonríe en toda la película. Ni una sola vez. Me llaman la atención sus labios carnosos, que parten la enmarañada barba en dos, y sus comisuras, que jamás se levantan. De hecho, Llewyn Davis no tiene motivos aparentes para ello: nada le sale bien. Tiene razón su extraña amiga embarazada -una histriónica Jean a la que da vida Carey Mulligan– cuando le describe como un perdedor, como alguien que estropea todo lo que toca. Tiene claro que ha hecho una elección, un tipo de música raro y decadente con el que no puede destacar, aunque las canciones sean perfectas: está en medio del torbellino de una nueva moda musical americana, el folk , para la que se llenan los bares, algo que él observa con distancia, con ironía. Pero él es tan raro como el resto.

La película es un relato de todos sus fracasos, de sus errores y de la manera en la que el azar le regala siempre su peor cara. Sin embargo, durante toda la historia hay algo luminoso en él, una extraña tranquilidad desde la que observa el mundo y que mejora cada espacio en el que se encuentra; un equilibrio en el que su flequillo se mantiene en orden y su chaqueta, sus guantes rotos, hasta sus zapatos que se empapan en Chicago ofrecen un aspecto elegante, con encanto. Sí, puede que sea el relato de un perdedor, pero mirado con unos ojos benévolos, divertidos, apuntaría: el de los directores. Ambos, Ethan y Joel Coen, dibujan la búsqueda de Llewyn (o más bien su aparente deriva) de una manera curiosa. Gamberra, diría yo. Crean un cuento con todos los recursos con los que un niño puede reírse. No juzgan al protagonista, simplemente lo observan. Las escenas con el gato Ulises, sus continuas huidas, sus peripecias en la carretera, en las distintas casas…me parece que atrapan lo mejor del cine mudo; cada fotograma es un dibujo perfecto, además. Algunos parecen tomados de cómics de Will Eisner, con esa iluminación misteriosa y oblicua (un gran dibujante que me ha presentado el hyperbólico Óscar Sánchez); otros, de cuadros de Edward Hopper o de Richard Estes, a veces. Y los diálogos, algunos memorables, absurdos e hilarantes para mí -como el surrealista viaje en coche a Chicago, con un verborreico Dennis Goodman y un casi mudo Garret Hedlund como imposibles compañeros de asiento- , en los que las repeticiones, lo escatológico, el ingenio hacen las delicias del niño un poco gamberro en que convierten al espectador. Todo eso forma parte de ese mundo que Llewyn mira y del que no se deja contaminar.

En la canción de Please Mr Kennedy, por ejemplo, un artefacto musical perfecto, no puedo dejar de sonreír en ningún momento. Casi tengo que sujetarme las manos para no aplaudir. Es como si observara una de esas carreras sin sentido de los niños, que van de un lugar a otro sin parar y sin poder dejar de reír. Huidas bellas y felices hacia ningún lugar. Es alegría representada en una canción-juego, basada en la repetición y, de nuevo, lo absurdo de un juego de niños introducido a presión en un mundo de adultos. Pero va en serio. Nuestro protagonista protesta levemente y ejecuta la canción a la perfección, la hace grande, aunque luego la pifie con los royalties. Se adapta a su presente, lo mismo que hace durante toda la película.

 

Hasta la vida más triste merece la pena ser vivida. Tal vez otros, como su ex compañero del dúo, hayan resuelto su dilema vital (el dilema filosófico más grande, como dice Camus) suicidándose. Pero Llewyn no parece querer escapar de su vida, sólo no sufrir demasiado. La música no es sino su mejor modo de supervivencia, igual que las conferencias lo son para Mitch Gorfein, el paciente y demasiado bondadoso amigo de Llewyn y dueño del viajero gato Ulises. Disfruta con algo que sabe hacer, con la ‘vida de los artistas’, como define esa existencia su hermana, aunque podría hacer cualquier otra cosa. Los Coen lanzan una mirada gamberra sobre un nihilista y de ella sale esta película extraña.

 

 

En realidad, sí, Llewyn se ríe una sola vez. Justo al final, cuando cierra el bucle de la historia con un au revoir al tipo que le pega en el callejón, el que venga el honor de su mujer cantante, a la que Llewyn, borracho, había insultado la noche anterior. Y, de nuevo, una escena de dibujos animados: el agresor sube en un taxi y no huye, avanza a velocidad normal, pero, de pronto, todos vemos como, de una manera que rompe la lógica de la acción, el taxi casi vuelca, derrapando, en la primera esquina. De nuevo la mirada gamberra. Llewyn sonríe al verla, como si se diera cuenta de algo. Parece decirle adiós a lo que ha sido su vida hasta ese momento, consciente, de que más bajo no se puede caer. Que, desde ahí, lo único que puede hacer es subir. Como en los cuentos. Un buen final. Un buen comienzo, en realidad.

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5 Comentarios

  • Como bien apunta Ramón, el peso del malditismo sobre el protagonista acaba pasando factura. Cuando surge cualquier oferta que arroje luz sobre su descarriada andadura, él mismo se encarga de recharzarla porque acaba imponiendo el saberse incomprendido sobre el valorar que para ganarse la vida como músico debe hacer algo más que pretender despegar en solitario.
    La amargura que desprende todo el film no le impide perfilar el lado esperanzado de sus caracteres, todo ello mezclado con su maravillosa banda sonora y el buen hacer cinematográfico de los Coen, que saben como nadie montar la historia para que su acabado emocional sea tan preciso como la propia sucesión de fotogramas. No es su mejor película, sí de las mejores (y van…)

  • Óscar

    Resulta que no había visto “Acordes y desacuerdos”, así que no pude responderte a tu comentario cuando lo pusiste. La acabo de ver ahora mismo y, en caliente, te digo que llevas razón, van sobre lo mismo, sólo que, tras ver la de Woody, la de los Coen queda como vacía, como desteñida, como sin vida. O con poca vida, con personajes que de pronto se perciben muy esquemáticos, con relaciones muy elementales o poco creíbles, donde sólo parece primar la fotografía o los aspectos técnicos. Plantean el mismo problema, el asunto del ego de los artistas, el talento y el triunfar o no triunfar.  Pero me quedo con la de Woody, aunque elegir es renunciar y en esto no hay por qué hacerlo y la de los Coen sea una buena película que merece la pena ver. Pero me ha gustado, he disfrutado mucho más viendo la de Woody.

  • Más alegre debe ser, supongo. Los Coen son muy irregulares, tal vez demasiado divos, con toda seguridad muy urgidos por la necesidad de no parecerse a nadie, de sorprender… A mi me gustan mucho más que Allen, conste.

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