Alan Moore en los ´80: cuando todos los futuros eran distópicos…

Para Conchi S. H.

 

  El gran acto mágico es decidir si vas a vivir en tu propia ficción

 A. M.

 El mito -en el sentido etimológico de “narración tradicional”- de la Bella y la Bestia fue llevado al cine por Disney, como todos sabemos, en 1991, pero ya antes había existido el proyecto de hacer una versión más vanguardista del cuento que la de la “Fábrica de sueños”, que apenas se aparta de la matriz habitual creada por Jeanne Marie Leprince de Beaumont de 1756. En realidad, la Bella y la Bestia, en su forma moderna, es el mito por antonomasia de nuestra cultura patriarcal, puesto que expone la necesidad de la mujer de ser bella sin que eso le dé derecho a elegir pretendiente, al contrario: debe aceptar a un monstruo (eso sí, acaudalado y noble) de aspecto aterrador y malos modales que prácticamente la secuestra, el cual termina por ganársela mediante el chantaje emocional. A un mensaje tan claro como sexista Disney añadió el famoso eslogan cristiano de que “la belleza está en el interior”, algo que no parece aplicarse para ellas y que, en cualquier caso, puede ser replicado con el famoso chiste de Eugenio: si su belleza es interior, pélalo, mujer, pélalo…

Pues bien, aquel proyecto alternativo nació en la cabeza de Malcom McLaren, manager de los Sex Pistols y tantas otras cosas, entre ellas diseñador de moda en los setenta, que es de lo que trata la cosa. Quiso rodar una película futurista donde Bella y Bestia cumpliesen roles distintos a los habituales y para ello contó con el guión de Alan Moore, que en aquellos años estaba en la cresta de la ola realizando sus cómics más, digamos, históricos. La película prevista no se llevo a cabo por falta de presupuesto y el guión quedó enterrado hasta que hace dos años a alguien se le ocurrió exhumarlo y convertirlo en cómic, dado que, además, entretanto Moore había aprendido a odiar las adaptaciones al cine de su obra (lo cierto es que, cuanto Moore más reniega del cine, mejores y más puntillosas versiones consigue de sus historias, y es que no hay nada como quejarse con esas barbas de bíblico profeta…) El resultado se llama, entonces como ahora, Fashion Beast, diez números que fueron publicados en el formato unitario de una novela gráfica en España el pasado junio por Panini cómics. Aunque la traducción al lenguaje del cómic no corre al cargo de Moore, sino de Antony Johnston, que en ocasiones funge de negro suyo oficial y público, el volumen tiene su bendición en la forma de un prólogo donde explica el origen de todo y expresa su reconocimiento hacia el fallecido McLaren. No está mal, y es de agradecer, teniendo en cuenta que hace pocos años prometió públicamente dejar el cómic para siempre y dedicarse exclusivamente a la prosa loca.

Desde luego, al cómic se le notan mucho sus raíces ochenteras, pese a lo bien que se deja leer hoy. Se tiene la impresión de que nos perdimos esta pieza del rompecabezas pesimista y visionario de aquella década que arrancó con Blade Runner y terminó con Akira. No hay que olvidar, además, que en 1990 Thomas Pynchon puso el broche de oro con Vineland, donde también encontramos trazos de ciencia-ficción, de pulsiones anarquizantes e incluso de fantasía sobrenatural. El propio Alan Moore había contribuido enormemente a poblar ese imaginario metropolitano oscuro, y puede que en el trasfondo de Fashion Beast latiera una necesidad íntima de explicarse mejor a sí mismo de lo que lo hace en V de Vendetta. No lo consigue, en mi opinión. El cabo suelto de V… era, creo, que lo que el protagonista parece ofrecer para el futuro es la Anarquía y la Cultura, esa Cultura de la que está repleta la Galería de las Sombras, su guarida. McLaren propuso la idea de que esa Cultura fuera belleza de la apariencia en un mundo regido por la moda, cuando “moda” significa también una cortina de humo que impide el cambio social sustituyéndolo por mero cambio estético (e incluso con juegos de cambio de género). Tal crítica es acertada, pero Moore no intentó llevarla más allá, no respondió a la cuestión de qué es entonces la Cultura defendida por V. Más tarde, cruzado el largo túnel siniestro de From Hell, responderá, por fin, que la Cultura es algo así como un compendio de la Imaginación Humana, una salida que arriesga poco políticamente, puesto que únicamente parece válida para el individuo aislado. Se dirá que es enteramente coherente con la filosofía de un anarquista, pero Moore no concibe la Anarquía de modo ermitaño, sino como una sociedad regida por  sorteos, a la manera de la Atenas clásica, sin diseñar su estructura con demasiado empeño.

El guión, pues, es muy bueno, pero no tan bueno como de costumbre. Se diría que la conjunción entre esos cuatro factores distintos, McLaren, el sof-punk, Moore, el hard-hippy (es sabido que un punk es milimétricamente inverso a un hippy, ya en su mismo look: cuero en vez de telas, botas en vez de sandalias, cresta en vez de melena, abalorios metálicos en vez de flores, etc.), Antony Johnston, y el código cinematográfico terminan por chirriar o aportar soluciones simplistas. Los personajes secundarios resultan algo desdibujados y estáticos, y no llegan a ninguna parte, mientras que los principales, por el contrario, se mueven demasiado, despistando al lector. Hay, también, un juego semiótico con el Tarot muy del gusto de Moore pero que no veo que sume nada a la trama. Es fácil encontrar a la concepción de una suerte de Bayreuth de la alta costura, presidida por un Christian Dior atormentado, en tanto una metáfora más de la deshumanización contemporánea (viene a decirse que no somos más que “vestidos vacíos”…), algo reduccionista. El dibujo es también bueno, por no hablar del color, y su estética recuerda un poco al Neverwhere de Neil Gaiman. Se ve que hubo un momento en que Moore, el auténtico Señor de los Anillos de la fantasía gráfica, el “mago de Northampton” (por cierto, parece que Edgar Allan Poe también llevaba un anillo en cada uno de los dedos de sus manos), se hartó de dibujantes mediocres, aunque originales, y optó por los perfeccionistas, pero más adocenados, lo que es decir más semejantes unos a otros.

Rememorando, inter nos, supongo que el resorte del éxito inicial de Alan Moore, que fue bastante fulminante, estribó en que era el tuerto en el país de los ciegos. No es que estuviese en posesión de una gran formación, que era más bien una formación friki de cine alternativo y literatura esotérica, pero es que la inmensa mayoría de sus compañeros de profesión (a los que enseguida sintió como rivales) no tenían ninguna. Y tenía ideas: las tenía constantemente, se impuso como su deber tenerlas[1]. Ideas muy barrocas, por cierto, pero que funcionaban bien en orden a impulsar un clímax y acercar el personaje al lector (estoy pensando en Miracleman, pero igual daría…) Sus experimentos en el mercado británico ya eran brillantes -y distópicos, como el estupendo La balada de Halo Jones-, aunque sin comparación a lo que su ambición llegó a concebir en EE.UU. Swamp Thing aún era muy ingenuo, pero totalmente imprevisible. El personaje con menos perspectivas del manicomio superheróico de repente desarrolló un mundo propio como el que no podía imaginarse en ningún otro, y voló hasta las estrellas, nunca mejor dicho. Personalmente, todavía me siento acogido en aquel hospitalario pantano, donde hasta la putrefacción bulle de vida, y los romances de corazones solitarios vuelven a ser posibles -por cierto que esa fue su primera incursión en el locus classicus de la Bella y la Bestia. De Wachtmen no queda mucho por decir (incluso están catalogados todos sus sabios y bien encajados plagios), salvo lo obvio: a partir de su publicación en 1987 el concepto noble de la Lectura se extendió irreversiblemente al cómic. Leer, hoy, significa también leer cómics, ciertos cómics, pese a que no todos se hayan enterado todavía -y pese a su elevado precio, sobre todo-, gracias eminentemente a aquellos doce números del Fin del Mundo. Moore se arrepintió después de haber perpetrado el Fin del Mundo, por lo menos del Mundo del Cómic, y se ha pasado el resto de su vida re(y de-)construyéndolo desde las raíces. Sobre el mencionado V de Vendetta escribí esta apasionada y enfática reseña no hace mucho tiempo, a la que sólo disculpa su brevedad:

Si ésta fuese una presentación a la española, evocaría la sociología de una generación que pasó de los tebeos a la historieta y de ésta a los cómics. Yo pertenecí a ella. Si esta fuese una presentación Made in Usa, me extendería sobre el paisaje emocional de ciertos ambientes, ciertos personajes y ciertas fascinaciones adolescentes. Yo los contemplé en su aurora. Pero Alan Moore es inglés, y un inglés culto, de modo que esta será una presentación británica. No encontrarás su nombre en los títulos de crédito de la película: sus protestas se oirían entre el crujir de palomitas. No oirás ni una nota de la Obertura 1812: el cómic es un medio indirecto, te informa de que los dibujitos humanos la están oyendo por ti. Y tampoco hallarás un realismo balzaquiano: asistirás a sentimientos desmedidos, héroes sobrehumanos y lógicas redondas, diamantinas. ¿Y qué? Gracias a eso, la libertad se opone a la rutina de la organización, el espíritu derrota sobradamente a las armas y el ideal sobrevive al último de sus usurpadores. Quizá esto sea la poesía, nada más que la ficción donde existen por siempre la justicia, la belleza y el bien. V es un taumaturgo, fue un gran error de la adaptación cinematográfica atraparle siendo un simple humano. V no tiene sexo, es un ángel de la destrucción sin más espada flamígera que su sonrisa hierática. V no está vivo, carece de instinto de conservación, no se agarra a la vida a cambio de un plato de garbanzos. Por eso vence, por eso sus planes se realizan a la perfección, por eso les pone punto y aparte al terminar y permite a los demás escribir su propia historia. Coleridge dijo que “es más fácil sacar con las manos una piedra de las pirámides que alterar una palabra o la posición de una palabra en Milton o Shakespeare”. Esto vale también para Moore, con viñetas, con globitos y en sólo dos dimensiones.

Realmente, todos habíamos leído ya algo como V…, pero no tan bien hecho; no, por ejemplo, con un monólogo teatral del protagonista frente a la estatua de la Justicia antes de reventarla. Eso explica la adopción por parte del movimiento Anonymous de la máscara diseñada por Dave Lloyd, esa fisionomía que, según Moore, es la de la de una Idea. Pronto circularon fotos, caricaturas, descripciones: el tipo medía casi dos metros de melenas y barbas rizadas, una imágen crística imponente. Y rumores acerca de su vida privada que hacían las delicias de sus fans post-adolescentes: se decía que le habían echado del instituto por traficar con pequeñas cantidades de droga, que a los veintitantos, y nacida una hija, había abandonado su empleo para arriesgarse con el cómic, que vivía un trío con dos mujeres, que tocaba en una extraña banda de música, que se las tenía tiesas con las dos grandes y decadentes editoriales, Marvel y DC cómics. Parecía el Gran Inquisidor del mundillo despreciado de los putos tebeos. Pero si él creía en esto, los demás también podíamos creer. Cuentan que en una convención de cómics de las muchas que se producen en el entorno anglosajón, Moore, acosado por los fans, decidió refugiarse en el cuarto de baño. Incluso allí, haciendo sus cosas, un chico logró pasarle un papel bajo la puerta para que le firmase un autógrafo. Nunca más ha vuelto a acudir a esas citas. Aún no había cumplido cuarenta años….

En el cómic, y la subsiguiente serie de televisión, The Surrogates -“Los sustitutos”, en castellano- de 2005 se planteó también un futuro de pesadilla donde la apariencia física es la clave de una nueva forma de relación social. Sin embargo, su sentido estaba más bien en una expansión compartida de la duplicidad esencial de El retrato de Dorian Gray, lo cual entiendo que penetra más en el secreto de nuestros coqueteos actuales con las redes sociales. Cuando el romano clásico Apuleyo escribió, en El asno de oro -siglo II d.C-, la que se considera la primera presentación del mito de la Bella y la Bestia, ni se le ocurrió que la fealdad masculina fuese digna de amor, quedando estrictamente condenada por el dios Eros. Aquí, Moore mediante, ocurre igual. La fealdad moral, sin embargo… Porque lo cierto es que el testimonio de la Historia, y los mismos informativos todos los días, muestran que hasta los sistemas político-sociales más opresivos o estúpidos son capaces de captar y satisfacer una franja importante de los más bajos deseos de gran parte de su población.

¿Cuando todos los futuros, en los ochenta, “eran” distópicos? ¿Y es que hoy, ahora mismo, con la llegada del nuevo año, en esta parte subdesarrollada del mundo, no lo siguen siendo?…

Addenda: Hay una cosa que llaman hoy “Fan Fiction”, por la cual los seguidores de un autor o una colección se atreven a escribir sus propias continuaciones o variantes de una historia determinada por amor al arte. Ahí va mi contribución, disculpable, también, sólo por su brevedad:

Diario de Walter J. Kovacks, 4 de Abril de 1968

Le sigo hasta Memphis, bonita ciudad, no es lugar para agitadores. Una tarde sangrienta, muy bien ejecutado, tenía que haber sido uno de nosotros. Los demás son decadentes, no el Comediante, hace tiempo que sospecho que trabaja para la agencia, es un hombre comprometido, no estoy a la altura para juzgar. Hablar, hablar, hablar, ajusticiado, solo sabía hablar esa verborrea comunista que produce nauseas. Los negros, los indigentes, los niños, son todos como niños, escuchándole hablar, parloteo bolchevique sobre el voto, sobre sus “derechos”, sobre la guerra, propaganda antiamericana, una gran boca que finalmente se ha cerrado. Como mis “hermanos de armas”, dos años, y nadie actúa realmente, nadie se lo toma en serio más que él. Iba de paisano, como yo, sabe manejar ese fusil, tras el arbusto, alguien pagará esto, un tonto útil, debo salvarlo. Dispara, no lleva antifaz, podría ser cualquiera, pero no lo impido, es el Comediante, es un patriota, no es un fanático, es mejor que yo, no es el Ku-kux-klan, merecen una lección, quizá él pudiera dársela… El pastor cae, garganta perforada, el órgano de hablar, hablar, hablar, muy simbólico, bien mirado. Se mezcla entre el público, gritos, se atusa el bigote, enciende un puro, ningún sentimiento perceptible, leve sonrisa en su cara.

Gentuza, chillando como cerdos, llorando como niñas, como niños, no entienden que hay jerarquías, que se ahogarían de sí mismos si no los protegiésemos, si no los vigilásemos. Como niños, llegará un momento en que yo deberé también actuar, esto no es un juego, los demás creen que es un juego, excepto él, él es un cirujano, cercena la enfermedad, cercena la súplica, cercena el miedo. Dejo el escenario, abandono el teatro, la función ha terminado, no hay sitio para mi. ¿Quién será el tonto útil? Sea quien sea, debo protegerlo, debo vigilarlo, debo salvarlo, esto no es asunto de civiles, no de víctimas. El negro, un idiota menos, su mujer, gimoteando, luto nacional, verás, hay que actuar, actuar, actuar… 

 


[1] Destacaron también en la década hitos como el Dreadstar de Jim Starlin, el inclasificable Cerebus de Dave Sim, y, sobre todo, para mi gusto, el magnífico Nexus de Mike Baron y Steve Rude, que no mencioné en http://hyperbole.es/2013/03/los-superheroes-en-los-80/, del cual éste es, en cierta manera, una segunda parte.

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