Camus, el amor y las mujeres

No le gustaban los coches, le gustaban las mujeres.

Hace un par de meses celebrábamos el centenario del nacimiento de Albert Camus (7 de noviembre de 1913). Ahora nos acordamos de su muerte (4 de enero de 1960).

Las mujeres que le dieron la vida y el amor fueron Catalina Cardona Fedelich (abuela), Catalina Elena Sintés (madre), Catherine Camus (hija), Simone Hié (primera esposa), Francine Faure (segunda esposa), María Casares (amante), Patricia Blake (amante), Catherine Sellers (amante), Mi (amante), y muchas otras cuyos nombres siempre desconoceremos.

El coche que le quitó la vida y el amor era un Facel Vega 3B, motor Chrysler de 8 cilindros en V de 4,500 cc y hasta 360 caballos, que podía alcanzar fácilmente los 250 Km/h.

Murió antes de tiempo, a los 46 y pico, como cumpliendo el designio maldito de tantos genios para los que la vida es más corta que su arte.

 

Morir en un accidente de tráfico es demasiado ostentoso – por las circunstancias que lo rodearon y lo infrecuente en aquella época – y sin duda nada ajustado al modo de ser de ese existencialista vital e inquieto que aseguraba que la única forma verdaderamente filosófica de morir era el suicidio: No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida merece ser vivida es responder a la pregunta central de la filosofía”

De hecho, según parece, pocos días antes de morir había comentado: “No hay nada más idiota que morir en un accidente de automóvil”, por lo que hay quien ha llegado a especular que en realidad su muerte fue una especie de suicidio accidental, lo cual es un claro error, fruto de la ceguera fantasiosa de los que se niegan a perder al mito de izquierdas entre los sofisticados engranajes de un artefacto de superlujo.

Pero, en cierto modo es lógico, pues su figura, su obra, su estilo vital, su compromiso ético, e incluso su pose estética han sido tan admirados que es difícil separar cuanto grano había entre la paja. Lo cual quizá no importe, pues su epopeya vital quedó plasmada en su obra y sus actitudes para beneficio de la humanidad. Nadie duda hoy  que Albert Camus es uno de los mayores genios de la literatura universal de todos los tiempos, además de un pensador y un humanista, comprometido con los débiles y los sufrimientos humanos.

Nació en Argel, en una familia pobre de solemnidad, de una madre española y casi analfabeta y un padre francés al que no llegó a conocer, pues murió en la Primera Guerra Mundial cuando él tenía ocho meses de edad. Desde la miseria más absoluta y la incultura más lamentable llegó a ser Premio Nobel y uno de los creadores más influyentes de la literatura mundial.

Eso fue posible gracias a su gran capacidad de aprendizaje y superación, desarrollada para adaptarse a las penurias y peligros de su infancia. Sin duda también influyó que en la escuela contara con la ayuda de sus maestros Louis Germain y Jean Grenier, que le inculcaron el amor por la belleza y la sabiduría comprometida con las debilidades y sufrimientos humanos: “Debemos servir al mismo tiempo al dolor y a la belleza”.

De hecho, según el propio Albert Camus afirmaba, su obra podría dividirse en tres grandes etapas: “Quise primero expresar la negación bajo tres formas, la novelística: “El extranjero”, la dramática: “Calígula” y “El malentendido”, y la ideológica: “El mito de Sísifo”. Después quise expresar lo positivo, también bajo tres formas, la novelesca: “La peste”, la dramática: “Estado de sitio” y “Los justos”, y la ideológica: “El hombre rebelde”. Entreveía ya para un tercer lugar, el tema del amor…” . Pero justo entonces le llegó la muerte inesperada, cuando estaba a punto de acabar una novela autobiográfica que daría paso a esta tercera etapa: “El primer hombre”, cuyo trasunto esencial es el amor.

En ese ámbito de su vida hubo muchas mujeres famosas, ricas, bellas pero quizá menos importantes que otras más sencillas y rudas, como su abuela y su madre, dos mujeres que le rodearon de dulzura y amor pero también de temor y exigencia. En ese claroscuro emocional de la vida él aprendió a saber valerse por sí mismo, a sentir y actuar libremente, a apreciar las carencias y necesidades de los débiles, y a comprometerse con ellos en sus actitudes y sus textos. Y a disfrutar siempre del amor como un verdadero lenitivo contra la necesidad y el dolor.

Desde ese altozano afectivo, tan privilegiado como fatigoso, se abrió camino hacia la creatividad dejando atrás la intemperie de la pobreza y la incultura, para llegar a la grandeza humanística y la soledad del éxito, en la cual nunca se encontró desvalido, pues esas fatigas y esos méritos los compartió siempre con unos pocos hombres, pero con muchas mujeres: “Crear es vivir dos veces”.

Ellas le refrendaban sus amores infantiles, le suplían sus carencias genealógicas, le ayudaban a sentirse paisano de cualquier sitio, allá donde se encontrara la alegría, la libertad, la fuerza y el misterio de la vida. Donde fuese, pero con ellas, recreaba de la nada una tradición que no poseía. A través de ellas le llegaba el nutriente esencial de su vida, el amor, esa vitamina ataráxica contra la angustia vital que tan a menudo le poseía.

 

Pero hubo una, no sabemos quién, que le enseño que “hay personas que justifican la vida, cuya sola existencia ayuda a vivir”. Ella le hacía olvidar el ardor hambriento de la infancia y le acompañaba en esa locura de vivir que siempre le poseyó. Con ella el deseo era imperial y mudo, junto a ella sentía la apasionante aventura de la vida y la belleza. Y en ella confiaba para que le diera tanto… razones para vivir, como razones para envejecer y para morir sin rebeldía.

Camus y el amor, y sus mujeres. Qué gran lección de vida y de esperanza. Con el ejemplo de las personas como él y como ellas siempre cabrá esperar un todavía en medio de la desesperanza y la intemperie de la existencia.

De hecho, estoy seguro de que si le hubiera dado tiempo, la gran frase de su vida sería otra: “El único asunto filosófico verdaderamente serio es el amor”.

 

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1 Comentario

  • “El señor le pone los cuernos a la señora. Le gustan todas”, le cuenta al oído Juanita a la madre de Riera, mientras ésta, niña, escucha al otro lado de la puerta. “El ‘señor’ de quien hablaba Juanita – escribe Riera – era Albert Camus, en cuya casa de París servía su hija Ángela”. Riera se eleva pronto del cotilleo anecdótico y se descubre como otra enamorada de este hombre imán, que aún tiene tantas cosas que decirnos. Su artículo está incluido en el especial con el que la revista Turia celebró el centenario de Camus. Con tu permiso, Jesús, me gustaría invitar a tus lectores a leer mi reseña bit.ly/16yx6IL Un saludo cordial.

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