El lobo de Wall Street

El plano final, el policía en el metro (muy bien interpretado por Kyle Chandler), las manos entre las piernas, con la mirada perdida, interrogándonos a todos nosotros, todavía sin aliento, tras los 180 minutos de acción estremecedora: ¿Merece la pena?, ¿merece la pena seguir siendo un tipo del FBI de a pie, (un pringado) con un sueldo que no da para demasiado cuando se pudieron tener otras cosas, sólo con mirar otro lado;  cuando probablemente lo hubiera hecho la mayoría; cuando los mayores delincuentes apenas pagan un precio; cuando parece no haber valor, sino estupidez, en la honestidad?.  Es un plano no demasiado largo, que puede pasar casi desapercibido tras todo el ruido, pero es casi un test de personalidad o ético, una medida de nuestra identificación con el protagonista o, en el fondo, con el sistema tal como funciona, ahora mismo, en la realidad. Con lo que hubiéramos hecho nosotros si hubiéramos podido hacerlo.

 

“En la pobreza no hay pureza” dice “El lobo” ( Di Caprio conforma un personaje creíble, nítido, complejo, en una interpretación que quizá lo lleve al Óscar) mostrando la fuente de su ambición (¿por qué no legítima?), su procedencia, comportándose como un predicador, como un tipo que se ha dado cuenta de algo y que no duda en contarlo a sus devotos en sermones cargados de elocuencia, de emoción, de seguridad en sí mismo y, a la vez, también a nosotros, desde ese diálogo interior que tanto recuerda a “Uno de los nuestros“, otra gran película de Scorsese que va sobre la otra Mafia, aunque ya no se sabe a estas alturas si no son la misma, si se han fundido en ese magma gris que son actualmente las finanzas internacionales.

En todo momento ese diálogo crea una ilusión de intersubjetividad, de que estamos dentro de su cabeza; tenemos la sensación de comprender su forma de actuar, sus motivos, incluso el placer de sus éxitos, hasta un punto de saturación en que todo termina pareciendo normal, comprensible, justificable, también excesivo, casi insoportable a veces, como una tremenda indigestión.  Scorsese juega a hacernos cómplices, a juzgar que el personaje hace lo que hace porque el sistema lo propicia, porque son las reglas y no hay otra manera de competir en Wall Street, porque el mundo lo ha hecho así, a acariciar ese lado psicopático que quizá anida en todos nosotros.

 

 

Porque todos los personajes principales son psicópatas más o menos adaptados, depredadores que persiguen lo que quieren a cualquier precio, sin empatía, sin culpa. Que pueden engañar, manipular, utilizar cualquier medio para conseguir sus fines sin que se les altere el pulso. Esa es justo su ventaja. “El lobo” es el líder de una manada de lobos que elige adecuadamente, que entrena, con los que hace una fratría muy eficaz para protegerse y conseguir abrirse camino en Wall Street. Es un mundo de testosterona, de hedonismo de corto alcance, de sexo y drogas, de compulsividad vacía.

No sólo saber ganar dinero, sino saber gastárselo de una forma no del todo obscena. Hoteles de lujo, casas con palmeras, yates, aviones privados. Millones de dólares que de pronto son sólo tacos de papel que no se sabe qué hacer con ellos, que pesan muchos kilos y son un incordio para transportar. Ganar dinero para estar colgado todo el día, para no hacer nada productivo, para la banalidad más absoluta. Sólo gestos de lujo vacíos de contenido, ajenos. Sólo desvaríos y resacas. Y, sin embargo, esta gente, en éste y otros ámbitos (pienso en el fútbol o en la política),  es la que tiene el dinero para hacer cualquier cosa, para comprarlo todo. Quizá para quebrar mundos enteros.

 

Nos podemos plantear si nos sentiríamos igual si hicieran otras cosas, si utilizaran el dinero de otra manera. Quizá entre ellos haya gente de otros perfiles (pienso en Soros) y quizá tan poco justificables. Pero es probable que contemplarlos fuera más soportable o quizá más perverso.  Tenemos ejemplos históricos de que la cultura, incluso la alta cultura no protege de nada. Ni tampoco la sofisticación de las costumbres o las formas. Tras todas ellas puede esconderse un psicópata. Sin embargo no produce la misma sensación contemplar a este personaje que al Howard Hughes de “El aviador“, donde Scorsese muestra otra manera de gastar el dinero, otras motivaciones otros sueños. Otra estética vital en definitiva. Otra película reciente, “La gran belleza”, da para pensar sobre lo mismo, sobre lo sencillo que es que brote el nihilismo en lo más aparentemente sofisticado.

La película recrea el mismo mundo que “Blue Jasmine”, es complementaria, es la historia de él. De todo lo que sostiene ese mundo de brillos y palmeras. Lo que no sabía o no quería ver Jasmine, lo que vislumbra perfectamente la mujer del lobo. La gran belleza que sigue al dinero y lo abandona cuando amenaza la ruina.

 

Identificación y repugnancia. Contemplación de mecanismos, de detalles, de lógicas que parecen imparables. ¿Cómo poner puertas a la codicia si el sistema, en su esencia que es la Bolsa, se basa en la codicia más extrema y en, último término, en la trampa y la desinformación? Lo explica en una escena desternillante el broker sonado (magnífico Matthew McConaughey) que inició al lobo: nosotros ganamos siempre con las comisiones. No sólo los brokers sino también los bancos, los que tienen todo nuestro dinero y lo mueven para su beneficio.

El dinero y la corrupción. Lo que se puede comprar con él, lo que puede intimidar, lo que fascina. Lo que impide que pase. Al final parece que nunca pasa nada. La de ‘El lobo’ es una historia real. Pasó poco tiempo en la cárcel, le quedó dinero, escribió un libro, da conferencias por el mundo. Ahora con la película se sentirá aún más reconfortado. Quizá se convierta en un modelo.

 

 

El problema es si las cosas pueden ser de otra manera, si lo han sido alguna vez en alguna sociedad. Quizá sólo gradación aunque esto tiene mucha importancia. Leo estos días el asunto de Chinaleaks en otro mundo por muchos motivos. Pero se reproduce lo mismo y también quizá conviene airearlo en Occidente. Aunque no allí.  La inquietante tentación de un capitalismo totalitario que se extienda por el mundo junto a una tecnología que permite el control total.

Pero “El lobo de Wall Stret” es sobre todo una buena película, con un excelente guión de Terence Winter (Los Soprano) sobre el libro de Jordan Belfort y con una dirección paradigmática de Scorsese. La tradición del mejor cine americano con dilemas en cada secuencia, con ritmo, que entretiene hasta el punto que no se notan las tres horas de duración y que tiene muchas otras lecturas, muchos detalles, muchas cuestiones sumamente interesantes en las que da que pensar. Incluso sobre el problema de la ficción y como influye en la realidad, en como puede colaborar a cambiarla o por el contrario en perpetuarla.

 

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