Estado líquido

Ahora mismo [antes de 1894] sólo queda una esfera en la vida de los hombres que los gobiernos no han invadido: la familiar y la de la economía doméstica, la de la vida privada y el trabajo. Pero esta esfera, debido a la lucha de los comunistas y los socialistas, está empezando a ser invadida poco a poco por los gobiernos; el trabajo y el descanso, la vivienda, la ropa, la comida; todo ello, si se cumplen los deseos de los reformadores, irá siendo reglamentado y fijado por los gobiernos.

El reino de Dios está en vosotros, León Tolstói

No he podido evitar, al leer este fragmento del recomendable ensayo El reino de Dios está en vosotros, acordarme de las palabras que Manuel Vilas dijo en la entrevista que le hicieron en Jot Down Magazine:

Es una intención voluntaria de derribar el mito de la vida privada, porque una de las grandes cosas del capitalismo es hacernos creer que elegimos vida privada. No puedes elegir muchas cosas: laboralmente poquísimas, económicamente las que te tocan… pero el capitalismo dice que tu vida privada es libre, tú la eliges. Pero es mentira.Te genera unos cánones sentimentales y emocionales, así que no existe la vida privada. Esa idea de que tú eliges tu vida privada no la veo clara, el capitalismo está metido ahí. Llegas el sábado a tu casa y crees que el fin de semana es para ti, el capitalismo ya ha previsto lo que vas a hacer. Ha previsto tu ocio: vas a ir al cine, vas a jugar un partido de baloncesto con tus amigos, vas a quedar con tu novia para lo que sea, vas a hacer una escapada de fin de semana con tus amigos… está previsto, la construcción de tu vida privada está prevista. Eso es lo que quería decir.

La cuestión que plantea Vilas  no es nueva, pero sí se trata de una percepción novedosa o, al menos, renovada. La principal diferencia entre la concepción del mundo (y, en consecuencia, de la vida, del ser humano y del propio devenir de nuestra realidad) de las sociedades de hace un par de siglos y la que poseemos actualmente no radica en la cantidad de elementos incorporados por el avance tecnológico desde entonces, sino por la pérdida de todo concepto humanístico, rellenando el vacío de la consecuente falta de sentimiento con la dispersante rutina social. El pensamiento que nos ha ido siendo incorporado concienzudamente en los tiempos modernos es la pasividad reflexiva, que conduce por este y por medios de bloqueo, reducción y redirección del pensamiento a un estado de irreflexión o limitación de la reflexión al mínimo posible. Esta visión garantiza la inmutabilidad del mundo como si de una ley universal se tratara. Aunque nos parezca contradictorio a priori, concebimos la mutabilidad interna del actual orden de las cosas pero no del propio orden en sí mismo ni de nosotros mismos como seres humanos ni como humanidad en conjunto. Si las cosas son así es por la forma en que concebimos el mundo, no porque nosotros (o nosotros indirectamente a través de los intereses de otros) así lo queramos, sino porque asimilamos y concebimos  la inmutabilidad de esta estructuración social como el único sustento que nos permite construir nuestras vidas en la estabilidad y la seguridad. Para ello se ha creado un entorno circunstacial caótico, en perpetuo cambio y devenir, que en la vida social se establece a través de la tecnología (que no sólo aporta mayores instrumentos de control sobre las personas, sino que también desfigura y configura el mundo permanentemente) y de la democracia (cuyo sentido se establece en la perpetua mutabilidad de ideas, personas, instituciones, concepciones y, sobre todo, leyes). El caos perpetuo de un sistema interno genera una sensación de desasosiego y confusión que vuelca a los seres humanos en una extenuante actitud nihilista, irreflexiva e individualista, alejada completamente de la realidad. El motivo de esta actitud es sencillo: como todo el entorno está fundamentado en intereses muy definidos y particulares, y el entorno social muta vertiginosamente, se asume de manera errónea una idea de relativismo sobre la realidad, provocando que se considere el hecho de conocer un acto inútil y ocioso. Esto explica (y es la razón) de fenómenos tan diversos en el imaginario social como la aparición del postmodernismo (y de los so called  hipsters), las nuevas teorías económicas, la democracia moderna, la manifiesta repulsa social a la cultura (a la que se considera, hoy más que nunca, un elemento de diversión prescindible) y, en terrenos como la ciencia, a la parálisis teórica que sufren disciplinas como la física, por ejemplo. O en un aspecto global, la adversión al aprendizaje en la enseñanza por parte de los alumnos y también en gran número de educadores. Como consecuencia de ese caos se producen la perpetuidad del propio caos y la garantía de adaptación al mismo. La sociedad moderna trata de forzar a las personas a una constante adaptación a las circunstancias sociales bajo la amenaza de ser apartadas y repudiadas. Es toda esta situación la que establece nuestro vacío humano y conceptual.

¿Saben aquello de que un paleto de pueblo con un smartphone no deja de ser un paleto que sabe utilizar un teléfono? La sociedad actual es como ese paleto. Al igual que nosotros, el paleto tiene todo el acceso del mundo a la cultura. Le llueve cultura cada vez que asoma la nariz por algún lado. Pero al paleto, por más que le intenten explicar los fundamentos del estado de Bose-Einstein de los fotones en condiciones especiales o por mucho que le insistan en la importancia del foco de luz en las obras de Vermeer, seguirá hurgándose la nariz y llamando a su oveja Raimunda para que le venga a amar. Tenemos acceso a la cultura y nos conformamos con el simple hecho de tenerlo, sintiéndonos orgullosos de ello como si hubiésemos alcanzado la perfección y ya no fuera posible mejorar en nada más. Nos gusta pensar que tenemos acceso a todo aunque no usemos nada que nos sea trascendental para crecer como seres humanos. Con un smartphone nos basta para sentirnos en el mundo. El resto nos importa un bledo.

El problema es que no podemos alcanzar ni la cultura, ni el conocimiento, ni el consiguiente crecimiento interior humano porque apenas poseemos herramientas para llegar hasta él. La cuestión actual es mucho más grave que la que se presentaba hace dos siglos. Ahora jugamos en otra liga mucho más compleja y despiadada, demasiado extensa para solucionarse con un par de apuntes intelectualoides. Hay que reestructurar por completo la sociedad, pero esto no es ni mucho menos sencillo de conseguir si nadie tiene un concepto básico de la realidad y el primer obstáculo que se interpone al avance son los propios súbditos del orden social. Si no hay capacidad, no hay posibilidad de actuación ni de cambio. Y, efectivamente, el modelo del caos y la inhumanidad se perpetúa inexorablemente.

La premisa de Manuel Vilas es uno de los muchos temas tabú relacionados con este hecho. Creemos que, en contraposición al caos de nuestro entorno, somos libres, y nuestra libertad se aplica precisamente en la selección de los elementos que configuran nuestra vida privada. Pensamos que elegimos cómo vivir y qué elementos y actitudes incorporamos o no en nuestras vidas. Lógicamente, nos equivocamos. La visión del mundo social cala y reestructura el modo de vida y de comportamiento de las personas a través de su pensamiento. La vida privada, por tanto, está configurada en una serie de patrones y alternativas todas ellas previstas y enmarcadas en una misma concepción social. Así que no solamente no somos libres ni esa supuesta libertad nos otorga la estabilidad que precisamos para vivir, sino que además nos hacemos cada día más esclavos aplicando esa falsa libertad. Y es en el caos donde se fundamenta la furibunda ley de la demanda y la sociedad global de consumo. Lo único que nos sujeta en este estado de irreflexión es el propio miedo al caos, cuya barbarie, a la que pertenecemos, seguimos sintiendo ajena a nosotros pero fulgurante a las puertas de nuestras vidas.

Preferimos una vida cómoda y vacía a una llena de nuestra felicidad, aunque la felicidad tengamos que conquistarla y construirla al detalle con nuestro esfuerzo. Tenemos miedo del mundo. De esta manera siempre seremos nuestros propios esclavos.

Siempre seremos siervos con deportivas.

Como puede leerse en El reino de Dios está en vosotros, este pensamiento no es nuevo. Ya lo advirtió Tolstói y muchos otros más de manera más discreta. Lo novedoso, lo imprescindible, es que Manuel Vilas lo recuerde en un momento histórico en el que todo el mundo quiere pensar lo contrario a toda costa. Nadie duda en el fondo de su consciencia de que no tenemos nada nuestro y que hemos perdido prácticamente toda nuestra libertad como seres humanos, pero nadie se atreve a alzar la voz para no ser repudiado por la muchedumbre. Aunque casi hemos perdido nuestra libertad, aún podemos recuperarla si tomamos conciencia de ello y regobernamos nuestras vidas desde nuestro interior.

La sociedad moderna podrá ser líquida, en palabras de Zygmunt Bauman, pero nosotros somos sólidos, como sólida y absoluta es la verdad a la que pertenecemos y que debemos tratar de comprender y sentir.

*Las imágenes que acompañan este texto han sido tomadas del precioso blog de recopilación fotográfica Green Eyes 55.

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