El otro Chesterton

 

Chesterton escribió demasiado bien, demasiado sinceramente y con demasiado vigor para merecer un simple nicho en un museo.

Anthony Burgess

 

 Descubro hoy mismo, con meses de retraso y gracias a Facebook, que el pasado octubre el ínclito Juan Manuel de Prada, con su habitual facundia grafómana, dedicó esta columna en su diario de referencia a una noticia de celestial y apostólico alcance. Un elogio bien compuesto y, sin duda, merecido, aunque me parece que patina al final. Y además resulta que es cierto, terriblemente cierto, y que incluso el propio Bergoglio, viejo lector de Chesterton en su Argentina natal, está detrás del proceso. Yo esperaba del nuevo Papa, a la luz de sus extraordinarias declaraciones habituales, más algo semejante a un Concilio Vaticano III en el que se reconstruyera lo que destruyeron Wojtyla y Ratzinger, o, si no es mucho pedir -aunque mejor sería una cosa después de la otra-, la repartición de los bienes de la Iglesia entre los pobres que acometía Anthony Quinn en Las sandalias del pescador. Pero no me importa armarme de paciencia, y, mientras, iré sobreviviendo con el comentario de “enormes minucias” –Tremendous trifles, decía Chesterton- como esta. Naturalmente, no estoy de acuerdo con que Chesterton deba ser beatificado ni canonizado, como si fuera un espécimen semejante al Escrivá de Balaguer aquel, ni creo que lo esté él mismo desde su nube con arpa personalizada cuando lea la prensa de Fleet Street que sin duda le llega por suscripción en su sucursal del Empíreo. Conocía demasiado bien a determinados santos -sobre todo, a San Francisco de Asís-, de los que había escrito riquísimas biografías, como para verse a sí mismo en una situación ni mínimamente parecida. Además, en uno de sus artículos, llamado, si no recuerdo mal, Si tuviera un solo sermón que predicar, condenaba muy elocuentemente el orgullo, y, como el propio título indica, si toda una vida de tratados, ficciones, polémicas, proyectos y periodismo pudiera resumirse en un único sermón, este versaría, para Chesterton, sobre la humildad. Sería, pues, creo yo, un santo a su pesar.

Sin embargo, sí valoro lo suficientemente los muchos méritos del polígrafo inglés como para proponer una alternativa más justa y adecuada, que sería el reconocimiento universal (y esto es lo que significa, después de todo,  etimológicamente, “católico”) de su categoría filosófica. El gran G.K. Chesterton en los altares no, pero en los libros de Filosofía sí: Yes, we can. Al fin y al cabo, Chesterton no fue un Teólogo, y contados son los casos en los que en su profusa obra se hace alguna hipótesis acerca de la naturaleza divina. En cambio, toda ella está enteramente traspasada de una preocupación evidente por el Hombre, hombre histórico tanto como hombre eterno. De manera que lo que Chesterton fue, en mi opinión, se encuadra mejor, si encuadrable fuera, entre la Antropología Filosófica, y debiera ser estudiado en las universidades de Humanidades antes que en esas donde ungen a los chicos con  Ultramundanos Saberes. Porque vamos a fijarnos bien. Yo he leído al menos una biografía de Chesterton, además de la que compuso sobre sí mismo, y juro que no hallé ningún milagro en especial, o no más de los que se hallarían en la vida de alguno de sus más grandes y perdurables rivales, como George Bernard Shaw. El milagro, de haberlo, está en los libros, claro, y ¿qué hay en los libros de Chesterton? Pues, sencillamente, y para decirlo sin rodeos, un sin fin de argumentos (de Prada lo apunta, sin insistir en ello). Argumentos envueltos en brillantes metáforas, ágiles ironías, chispeantes paradojas -la paradoja, ese “monstruo de la verdad”, escribía Gracián-, coloristas descripciones, analogías humorísticas y entusiastas celebraciones, sí, pero argumentos, no otra cosa (y nada menos que) argumentos. Quiero decir: no arrobamientos místicos, ni oraciones, ni homilías, ni amenazas, ni apelaciones emocionales ni golpes de pecho (bueno, quizá alguna parábola), sino puros razonamientos, razonamientos humanos, como Dios manda, desde luego, pero, sobre todo, como la buena Filosofía manda.

 

Y en un mundo y una época en la que andamos bastante confundidos respecto a la Verdad o la Falsedad, todavía podemos distinguir perfectamente entre los buenos y los malos argumentos. Los de Chesterton eran muy buenos, y estaban expuestos de un modo sumamente persuasivo, aunque pensase en contra de nosotros en cuestiones como el control de natalidad, el divorcio, la educación segregada por sexos o la función de la propia Iglesia. Los santos suelen sacrificar su vida de diversas formas espeluznantes en testimonio de su fe, pero no se ponen a construir un arsenal de razones acerca de la mejor gestión de la vida personal y social. La gran excepción es Santo Tomás de Aquino[1], a quien Chesterton consagró también un libro (muy alabado, por cierto, por la máxima autoridad en la materia, Etienne Gilson), pero tampoco Tomás escribió demasiado sobre tales cosas. He aquí, además, una excelente prueba del error de la conclusión de de Prada: Chesterton, como Tomás, no se sitúa en contra del racionalismo, como afirma el columnista al final de su nota, sino que, totalmente al revés, entiende que la religión católica es el racionalismo consumado, o sea, que el cristianismo es un sistema absoluto de verdades racionales que coincide con lo que llamamos “sentido común”, lo que significa que cualquiera puede, de hecho, acceder a ellas. Por eso me pregunto cómo es que Chesterton no aparece en las historias, en los manuales y en los debates de la Filosofía. No sería, ciertamente, el primer autor comprometido con una visión religiosa, sólo el más abierto de ellos, seguramente, a la discusión de sus puntos de vista. Y, de hecho, cuando esporádicamente es traído a colación en algún debate filosófico en España lo mismo es usado por tirios que por troyanos: yo mismo he visto con mis propios ojos arrimarse a él como al sol que más calienta a comunistas fervientes tanto como a los derechistas que hoy le honran. Falta el libro, o la tesis doctoral, o lo que sea, hasta donde yo conozco, donde trate de verdad de explicarse la doctrina de Chesterton, quedando sus pensamientos dispersos en forma de citas ocurrentes o sabias a disposición de todos los bandos y a propósito de cualquier asunto. En este sentido, Chesterton conoce un momento de éxito notable, sobre todo en nuestro país, pero me temo que también a su pesar, y no es extraño que la propia Iglesia quiera rentabilizarlo: sería como tener un argumentario -como dicen hoy- formidable contra el adversario ateo y no utilizarlo…

Pero existe otro Chesterton no tan fácil de domesticar, ese Chesterton, por ejemplo, que defendió no el socialismo o el capitalismo, extremos igualmente nefastos para él, sino el distributismo o distribucionismo. O el Chesterton que exaltaba las tabernas y fumaba grandes puros. O el Chesterton crítico literario, que era de una finura insuperable –T.S. Eliot tenía en mucho valor el monográfico sobre Dickens, pero es más maravilloso todavía, a mi juicio, el de Robert Browning. O el Chesterton que abominaba del fanatismo de propios y extraños. O el Chesterton crítico de la higiene. O el Chesterton que pensaba que los usos de la vida moderna no siempre tienen la última palabra. O, ante todo, el Chesterton demócrata radical, que escribía páginas tan revolucionarias como la siguiente (en Breve historia de Inglaterra, Acantilado, págs. 210-211), una de la más claras de la Historia de la Filosofía Política, y entre mis favoritas :  

 Hablamos, con una humillación a la que no estamos acostumbrados, de nuestro dudoso papel en la secesión de América. No sé si mis palabras contribuirán a aumentar o disminuir la humillación; pero sospecho firmemente que tuvimos muy poco que ver con ella. Creo que contamos muy poco en aquel asunto. En realidad, ni obligamos a partir a los colonos americanos ni ellos se vieron obligados a hacerla. Siguieron a una luz que los guiaba.

Dicha luz procedía de Francia, como los ejércitos de Lafayette que acudieron en ayuda de Washington. Francia estaba ya alumbrando la tremenda revolución espiritual que pronto cambiaría el mundo. Su doctrina, turbulenta y creativa, fue muy incomprendida en la época, y sigue siéndolo, pese a la espléndida claridad de estilo con que la plasmaron Rousseau en Del contrato social y Jefferson en la Declaración de Independencia. Pronúnciese la palabra «igualdad» en muchos países modernos, y cientos de imbéciles se alzarán todos a una para explicar que, si se los observa con cuidado, se verá que unos hombres son más altos o mejor parecidos que otros. Como si Danton no se hubiera percatado de que era más alto que Robespierre, o como si Washington no fuera más que consciente de que era mejor parecido que Franklin. No es éste el lugar para exposiciones filosóficas; baste con señalar de pasada, a modo de parábola, que cuando decimos que todos los peniques valen lo mismo, eso no significa que todos tengan exactamente el mismo aspecto. Lo que queremos decir es que son absolutamente iguales en su carácter absoluto, en su cualidad más importante. Podemos explicarlo de un modo práctico diciendo que son monedas de un cierto valor y que doce juntas suman un chelín. Podemos expresarlo de modo simbólico, e incluso místico, diciendo que todas llevan la efigie del rey. Y el resumen más práctico, aunque también el más místico, de la igualdad es que todos los hombres llevan consigo la imagen del Rey de Reyes. Por supuesto que no hay duda de que esta idea subyació durante mucho tiempo en toda la cristiandad, incluso en instituciones formalmente menos populares de lo que pudo ser, por ejemplo, el vulgo de las repúblicas medievales en Italia. El dogma de los deberes iguales implica el de la igualdad de derechos. No conozco a ninguna autoridad cristiana que niegue que tan mal está asesinar a un pobre como a un rico, o tan mal robar en una casa mal amueblada como en una decorada con gusto. Pero el mundo se había ido apartando más y más de estos truismos, y nadie se había alejado más que el grupo de los grandes aristócratas ingleses. La idea de la igualdad de los hombres es, en sustancia, la idea de la importancia del hombre. Pero era precisamente la idea de la importancia del hombre de la calle la que le parecía más sorprendente e indecente a una sociedad que basaba su romanticismo y su religión en la importancia concedida al gentilhombre. Fue como si alguien hubiera entrado desnudo en el Parlamento. Falta espacio para desarrollar del todo esta cuestión moral, pero con esto bastará para demostrar que quienes se preocupan en distinguir las diferencias entre tipos o talentos humanos pierden el tiempo. Si son capaces de entender que dos monedas valen lo mismo, aunque una brille y la otra esté herrumbrosa, tal vez puedan comprender por qué dos hombres tienen el mismo derecho al voto, aunque uno sea muy brillante y el otro un obtuso. Si, pese a todo, siguen satisfechos con su sólida objeción de que algunos hombres son obtusos, no me queda más que convenir con ellos en que los hay obtusos.

Así, cuando Don Mariano Rajoy Brey va por sus campañas electorales tan ufano enarbolando el traído y llevado “sentido común”, poco de lo que dice a continuación se identifica con lo que Chesterton hubiera dicho en su lugar; nada con lo luego hace ni menos todavía con el modo en que lo hace. Filosóficamente, Chesterton era una especie de anti-Schopenhauer, habida cuenta de que es el grueso metafísico de Schopenhauer -le gustara a el alemán o no- lo que triunfa no sin cierto trasfondo pesimista en la actualidad, convencidos como parecemos estar de que no hay más horizonte para nuestras acciones que el de una egoísta Voluntad de Vivir que proyecta un mundo a la medida de sus inagotables deseos. El agnosticismo contemporáneo no es que sea totalitario para Chesterton, es que no ofrece ninguna respuesta real, ni va respaldado por ninguna cosmovisión concreta, tan sólo representa una burda manera de esconderse ante las cuestiones fundamentales. Por ejemplo (ejemplo importante pero mío): al igual que la Teodicea tradicional se preguntaba cómo puede Dios, si existe, permitir el Mal en la Tierra -tanto físico como histórico o moral-, y no obtenía respuesta, el ateo actual es incapaz de dar cuenta de la presencia indiscutible del Bien en ausencia de Dios. El Bien, para Chesterton, es Gratitud hacia la Obra de Dios, como se ha señalado muchas veces, pero es también una reacción posible del individuo ante la autoconciencia, que para el escritor es el primer dato incontrovertible del sentido común, del pecado original.

El prestigioso crítico literario británico Cyril Connolly, en fin, escribió en una ocasión que Chesterton había malgastado su indudable talento con esas obritas de apologética cristiana en las que se desperdicia su buen estilo; conste que no sólo yo, o gente más reputada como Juan Manuel de Prada, sino incluso del mismísimo nuevo Papa de Roma, pensamos más bien que Chesterton era un hombre que se sintió signado por una misión que supo llevar a cabo magistralmente.

Pero algunos lo queremos entre los filósofos, por favor, que de santo ya no lo va a leer nadie.

 


[1] Hay muchas otras, sobresaliéntemente San Agustín de Hipona, del cual me ha dado por sospechar últimamente, repasando sus Confesiones. Un hombre africano, de la etnia bere-bere, por tanto periférico al Imperio Romano, cuya ambición le lleva del maniqueísmo al neoplatonismo y de este al escepticismo… Si no se dio perfecta cuenta de que así no llegaba a ninguna parte, fue su “piadosa” madre, Santa Mónica, quien vio claramente que las posiciones importantes, los cargos prometedores, estaban en el cristianismo recién oficializado por Teodosio. Siguiendo su consejo, tras media vida de darla esquinazo, Agustín concluyó por “trepar” hasta obispo y Padre de la Iglesia. No en vano, Chesterton apenas le menciona, y nunca le dedica ni un mísero artículo.


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