El oficio de saber contar

No solo saber escribir, también el oficio de saber contar. A veces con las mejores ideas no se consigue casi nada o, quizá, solo una agradable conversación de café. Hay mucha gente que cuenta ideas magníficas sobre lo que va a escribir, que perfila una historia y la cuenta a todo el mundo, como una forma de comprometerse con algo que en el fondo le angustia mucho. Pero luego no aciertan a escribirla, no saben “montarla” en escenas que tengan dilemas, que causen expectación o despierten emociones por las que se cuelen otras cosas. Los párrafos mejor escritos se estancan en una ciénaga de tedio. Hay novelas fallidas muy bien escritas que hubieran sido magníficas con otra estructura, con otra cadencia, con otra perspectiva.

Se puede aprender a contar historias, a relatar. Existen técnicas que es ineludible aprender, que pueden entrenarse (esa es la palabra) y que ahorran muchas horas de angustia solitaria donde es fácil escalar por ideas muy autodestructivas sobre el propio talento. Se puede aprender a construir una secuencia de sucesos, a planificar las escenas o capítulos, la forma de añadir complejidad de los personajes, o la mejor manera de terminar o iniciar lo que queremos contar.

Hay gente que todo esto lo aprende sola e incluso que llega a ello con cierta facilidad. Pero la mayoría de los mortales que quieren escribir mejor una historia pueden leer a McKee, y no solo leerlo, sino entrenarse a partir de las ideas que propone. Los resultados pueden ser sorprendentes…

“Sin oficio, lo máximo que puede hacer un guionista es atrapar la primera idea que se le pase por la cabeza y después sentarse inútilmente ante su propio trabajo, incapaz de responder a las temidas preguntas: ¿Es bueno? ¿O es una porquería?. Si es una porquería, ¿qué hago?. La mente consciente, atascada en esas terribles preguntas, bloquea al subconsciente. Pero cuando la mente consciente comienza a trabajar en la tarea objetiva de practicar el oficio, lo espontáneo emerge. El dominio de este oficio libera al subconsciente.

¿Qué ritmo tiene el día de un guionista? En primer lugar se entra en el mundo imaginado. Cuando los personajes comienzan a hablar y actuar, se escribe. ¿Qué se hace después? Se sale de la fantasía y se lee lo que se ha escrito. ¿Y qué se hace mientras se lee? Se analiza. «¿Es bueno? ¿Funciona? ¿Por qué no? ¿Debería eliminar cosas? ¿Añadir otras? ¿Reorganizarlas?» Se escribe y se lee; se crea, se critica; impulso, lógica; hemisferio derecho, hemisferio izquierdo; se vuelve a imaginar, se vuelve a escribir. Y la calidad de las revisiones, la posibilidad de alcanzar la perfección, depende del dominio del oficio que nos guía a corregir las imperfecciones. Un artista nunca se encuentra a merced de los caprichos del impulso; ejercita voluntariamente su oficio para crear armonías de instintos e ideas.”

Robert Mckee. “El Guión”

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