El destello al fondo del ojo

No es fácil escribir cualquier cosa, aunque no tenga mucho valor. Hay que sentarse, quedarse sólo, estrujarse el cerebro, montarse en un estado de ánimo favorable, buscar documentación si es pertinente y vagar, por fin, por un territorio lleno de peligros donde es muy fácil ser devorado por las serpientes de los lugares comunes, los caimanes de las palabras gastadas o los escorpiones que envenenan las ideas algo originales y las hacen desaparecer.

Superado todo esto puede conseguirse un buen artículo que no interese a nadie o un cuento que nunca se publique más allá de un blog con muy pocas visitas o una novela muy trabajada que produzca vergüenza el mes que viene y que, además, cualquiera pueda cargarse con una frase medio afortunada o sólo preguntando por la cifra de ventas. También lo peor: que todo el mundo sepa vagamente que alguien escribe y nadie le pregunte por ello mientras soporta estoicamente interminables conversaciones que no le interesan en absoluto, bebiendo cerveza, en cualquier barbacoa del verano. C´est la vie.

Puede que el escritor sea relativamente conocido y entonces lo estereotipen por haber estado en un sitio o no haber estado, por haber firmado un manifiesto o haberlo eludido o por haber tocado uno de esos puntos sensibles por los que algunos se ponen a chillar hasta el fin de los tiempos. Eso si no sufre un ataque de trolls por cualquier detalle muy alejado de sus libros o si no es acusado de “pesetero”por tratar de cobrar derechos de autor en vez de donar su obra gratuitamente a la humanidad porque, ya se sabe, la cultura es una creación colectiva y todo eso.

No es raro por tanto que, de vez en cuando, los escritores caigan en la tentación de buscar aprobación o al menos la constatación de que alguien conocido haya leído la última cosilla que escribieron. Es entonces cuando tiene que leer este párrafo de Chandler, tan cruel como todos los suyos, que también sangra por la herida, aunque haciéndose el duro. Y recordar que, se dice, que sólo fueron diecisiete personas a su funeral.

Como clase los escritores me parecen hipersensibles y especialmente malnutridos. Odio ese pequeño destello en el fondo del ojo, que aguarda un elogio de su último libro o cuento. Algunos de mis amigos (lo cual no es decir mucho, con los pocos que tengo) me resultan ilegibles. No hablo con ellos de sus libros. No leo sus malditos libros. No encuentro ninguna razón para que los hayan escrito. Esto causa bastante tirantez en las relaciones sociales. Y eso es lo que me gusta de Hollywood. Allí el escritor se revela en su corrupción definitiva. No pide elogios, porque los elogios le llegan en forma de cheque. En Hollywood el escritor medio no es joven, ni honesto, ni valeroso y se viste con cierta exageración. Pero es un compañero la mar de agradable, cosa que no son la mayoría de los escritores de libros. El hombre es mejor que lo que escribe. La mayoría de los autores de libros no son tan buenos como sus libros.”

RAYMOND CHANDLER “Carta a Leonore Glen Offord” 6 de diciembre de 1948

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