Tener o no tener (lo que hay que tener)

 

Gloria Pampillo y Daniel Samoilovich aparecieron por allí al final de los 70, llegados de Argentina, jóvenes y llenos de pasión literaria, que quizá, entre otras cosas, representaba el gran refugio de un exilio muy doloroso  y, también, un vínculo especialmente gozoso entre ellos. Parecían muy alegres, muy simpáticos y traían un proyecto que apetecía experimentar: participar en un “Taller de escritura“.

Recuerdo a Daniel, con su pelo rizado y una bufanda roja al cuello explicándolo de una forma sencilla y consoladora, de una forma parecida a ésta.  “Escribir es algo que se puede aprender, al menos hasta cierto punto. No es verdad que se nazca con un determinado talento que sólo algunos privilegiados poseen y que sólo ellos pueden desarrollar. Cualquiera puede aprender a escribir correctamente y a gozar escribiendo lo que sólo él tiene dentro, las historias que, inevitablemente, vivir cualquier vida procura siempre. La literatura puede construirse con las manos, aprendiendo poco a poco, entrenando sobre todo, estudiando las técnicas y los temas de los buenos escritores. Por eso lo de taller...”

Así que nos reuníamos una vez a la semana y comentábamos el resultado de unas “consignas“, un pretexto para escribir con ciertas condiciones que luego se analizaban, por ejemplo comenzar un texto o terminarlo con una determinada frase o meter en él una serie de nombres de caballos de carreras o un párrafo fragmentado de Kafka o lo que fuera.

 

 

Recuerdo el proceso, un poco angustioso, de ver aproximarse el día del taller y no tener la sensación de que podía escribir algo que no estuviera mal del todo o simplemente algo; las comparaciones con otros que parecían escribir con una facilidad asombrosa o las sorpresas que, a veces, se producían cuando alguien inesperado conseguía un texto sorprendente. Mucha gente lo fue dejando con mil excusas que siempre ocultaban la angustia de sentirse bloqueados, sin capacidad de escribir nada que mereciera una pena. Lo que inevitablemente volvía a cerrar el círculo vicioso que el concepto de taller quería romper y, de alguna manera, lo ponía en duda. Esa impotencia parecia la prueba evidente de que la realidad se imponía al deseo e inevitablemente creaba una molesta melancolía, una especie de cuenta pendiente que algún día habría que resolver. Algún día.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y he perdido la pista de la mayoría de los que estuvieron por allí. No sé cuantos siguen escribiendo y si los que lo hacen piensan que esa experiencia les sirvió realmente para algo. No sé que ocurre con los participantes en los cientos de talleres que han proliferado desde entonces. Quizá muchos encontraron un camino que no hubieran hallado de otra manera, quizá algunos aprovecharon cosas que no esperaban y otros quizá se perdieron por mucho tiempo o para siempre sepultados por la comparación y los sudores fríos.

 

 

Pasado el tiempo siento que el escritor es, inevitablemente, un cazador solitario, básicamente autodidacta, caprichoso o maniático, impulsivo, con tropismos que tiene que seguir aunque por un tiempo no le lleven a ninguna parte, porque eso forma parte de un proceso que sí puede terminar en algo.  Al que, sin duda, le viene muy bien aprender algunas técnicas en algunos momentos y quizá mejor al principio, que le pueden abrir posibilidades y ahorrar mucha angustia y tiempo. Aprender a construir la estructura de una historia, por ejemplo. Y por suerte para eso hay ya muchos libros que pueden leerse en solitario.

Pero quizá no tiene que saber académicamente demasiado, ni ser demasiado pulcro, ni demasiado correcto o previsible. Su mejor escuela siempre será leer a los grandes en diversos periodos de su vida, con su propia mirada y desde ahí sacar algunas conclusiones o quitarse algunos obstáculos. Siempre al borde de la resignación o de la desesperación o de un gozo ciertamente extraño que puede no tener recompensa ninguna.

Buscando perpetuamente trucos para ponerse en una situación en la que mane agua de ese pozo en el que puede que no la haya habido nunca.  Convenciéndose de que es un escritor sólo porque necesita escribir y porque sigue escribiendo de alguna manera, aunque sea un diario o todavía no haya publicado en ningún sitio o esté en un tiempo en el que sólo lee y que quizá dure para siempre. Lo cual no tiene que ser demasiado trágico porque leer suele ser más divertido que escribir.

Chandler en esto era cruel, pero no tiene porqué llevar razón …

 

 

” (…) Mi experiencia en ayudar a otros a escribir ha sido limitada pero muy intensa. He hecho de todo, desde darles dinero para vivir a los aspirantes a escritores, a proporcionarles argumentos y corregir sus escritos, y hasta ahora me ha parecido siempre trabajo perdido. Aquellos a quienes Dios o la naturaleza destinaron a ser escritores encuentran solos sus respuestas, y a los que tienen que preguntar es imposible ayudarlos. No son más que personas que quieren ser escritores.”

RAYMOND CHANDLER. Carta a la Sra. de Robert J. Hogan, director de la revista para escritores, Lago Mohawk, Nueva Jersey. 15 de Enero de 1945.

 

 

Otra de mis rarezas (y en ésta creo de manera absoluta) es que nunca sabes como es tu relato hasta que has escrito el primer borrador. Así que siempre considero el primer borrador como la materia prima. Lo que parece tener vida en él es lo que se debe conservar. Un buen relato no se puede idear; hay que destilarlo. A la larga por poco que hables de ello o pienses en ello, lo más perdurable de la escritura es el estilo, y el estilo constituye la más valiosa inversión que puede hacer un escritor con su tiempo. Los beneficios tardan mucho en llegar, tu agente se burlará de ello, tu editor no lo entenderá, y tendrá que venir gente de la que nunca has oído hablar a convencerlos poco a poco de que el escritor que pone su marca personal en su modo de escribir siempre acaba resultando rentable. No se puede hacer a ciegas, porque la clase de estilo a la que me refiero es una proyección de la personalidad, y tienes que tener una personalidad para poder proyectarla. Pero suponiendo que tengas una, sólo puedes proyectarla en el papel si piensas en otra cosa.

En cierto modo, esto es una ironía: supongo que ésta es la razón de que en una generación de escritores “hechos”, yo sigo diciendo que el escritor no se hace. El estilo no se consigue preocupándose por el estilo. Por mucho que se pula o se corrija, no se alterará de manera apreciable el sabor de lo que uno escribe. Es el resultado de la calidad de su emoción y su percepción; es la capacidad de transferir estas al papel lo que le convierte a uno en un escritor.”

RAYMOND CHANDLER. Carta a la Sra. de Robert J. Hogan, director de la revista para escritores, Lago Mohawk, Nueva Jersey. 7 de marzo de 1947.

 

 

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