Dark in August: William Faulkner y Barack Obama

“Es que suceden muchas cosas. Demasiadas cosas. Eso es. El hombre realiza, engrendra más de lo que puede o de lo que debería soportar. Así es como descubre que puede soportarlo todo. Eso es. Eso es lo terrible, el hecho de que pueda soportarlo todo, todo”.

      Reverendo Gail Hightower, ‘Light in August’

 

Leo esta calurosa mañana acerca de los incidentes raciales en Ferguson, Missouri, e inmediatamente pienso en la narrativa de Faulkner, de quien estoy leyendo ahora precisamente, y a fin de que el tono general de la estación acompañe, Luz de agosto. La brutalidad policial que ha dado comienzo a estos sucesos bien pudiera ser la de los descendientes del sheriff de la novela, todo trancurre a escasos trescientos kilómetros del centro del territorio imaginario de Yoknapatawpha y exactamente en el mismo paralelo, por decirlo así “a la misma altura”, es decir, en pleno Deep South. Lo que cambia, lo que hay de nuevo, consiste sobre todo no tanto en la presencia de los medios de comunicación como en el hecho de que Faulkner nunca hubiese concebido una revuelta de la población negra, no a esta escala. Pero las algaradas nocturnas, el crimen de fondo, el entorno de miseria, el odio racial, el peso del pasado, el dolor ya viejo, la tragedia incesante… todo ello bien pudiera haberlo recreado el Nobel (seguramente el Nobel de Literatura más merecido de la Historia, en mi opinión y creo que no sólo en la mía) para la posteridad con suma viveza y mano maestra.

 

Y no es que Faulkner acostumbre a tomar muy nítidamente postura en tales conflictos: en general, pinta los usos del Sur otrora esclavista con colores oscuros, tenebrosos, pero nunca termina de condenarlos terminantemente. Él mismo incurre en prejuicios que el lector no sabe si atribuir a ideas bien definidas del autor o a descripciones de una época ya superada. Por ejemplo, en Luz de Agosto caracteriza a las mujeres por su facilidad para el mal y a los negros por su carencia de noción del tiempo, entre muchos otros momentos de escritura irrefrenable. Son detalles que se dejan caer por el camino pero que sumados explican los profundos antecedentes de desgraciados episodios como los actuales. Si hasta su máximo cronista, Faulkner, que a menudo buscó una redención para los pecados del Sur y una suerte de Espíritu que se abriera paso por entre las postraciones de la Carne del Hombre, en ocasiones se muestra ambiguo, no es de extrañar que pase lo que pasa. Barack Obama ofrece estos días un aspecto de no poder creérselo del todo, aunque él mismo, como mulato, parece que ha sufrido algún abuso menor en su juventud. Yo no sé qué medidas tomará en adelante, además de sacar a pasear a la Guardia Nacional, pero le imagino tomándose un receso para hacer lo que William Faulkner haría en circunstancias parecidas, por no decir en cualesquiera circunstancias: servirse un whisky bien cargado, llenar una pipa y meditar…

Luz de Agosto se publicó en 1932, cuando arreciaba la Gran Depresión, y es una novela arrasadora, inclemente, que se lee rapidísimo -pese a la fama, cierta, de complejidad del resto de sus libros- como si el lector se contagiase de la pasión sin esperanzas de sus protagonistas. Como siempre, el despliegue de técnicas innovadoras al servicio del relato es asombroso, pero más asombroso aún es el tema, que va al centro mismo del calvario racial y que no voy a destripar aquí (por cierto, tengo la impresión de que Boris Vian se inspiró en él para el Escupiré sobre vuestra tumba de 1946: y es que la nómina de los faulknerianos, como bien sabemos en nuestra lengua, es realmente interminable…) Para mi gusto, todos los grandes escritores norteamericanos sufren de una mezcla de solemnidad y comicidad que consigue que, en cierto último reducto íntimo irrenunciable, no terminemos de tomarlos absolutamente en serio. Vemos, casi sin querer, que nos están desplegando su espectáculo particular. En el trato con Henry Miller esta situación es ya exagerada: intuimos con idéntica certidumbre que debe ser un genio y un fraude al mismo tiempo, o por lo menos yo. Con Faulkner ocurre algo semejante: sin duda es un genio, y pese a que nada tiene de fraude, aturde y mosquea un poco el tremendo vigor con el que, en cantidad y calidad, no para ni por un instante de demostrárnoslo. Ostenta además una actitud de sabio rústico y gnómico a lo Hesíodo que se muestra a cada paso con frases que arrancan con un “Un hombre…” -en el sentido de un hombre cualquiera y en general, aunque marcadamente masculino-, y lo que viene después transciende los eones y va a misa. No en vano, Jean Paul Sartre le consagró este espléndido y conocidísimo ensayo.

Pero la obra de Faulkner es incuestionablemente inmensa, y en su núcleo brilla, como un pináculo más, el discurso de aceptación del premio Nobel, uno de los más cortos jamás pronunciados, poco conocido en España y emitido cuatro años después de la 2º Guerra Mundial:

Pienso que este premio no se otorga a mi persona sino a mi trabajo; el trabajo de una vida en el sudor y la agonía del espíritu humano, no por la gloria, y menos que nada por la ganancia, sino por crear, a partir de los materiales del espíritu humano, algo que no existía antes. Así que este premio sólo se me confía.

No será difícil encontrar un destino a su parte monetaria que sea adecuado al propósito y significado de su origen. Pero quisiera hacer lo mismo con la proclama, al emplear este momento como una cumbre desde la cual pueda ser escuchado por los hombres y mujeres jóvenes que ya se dedican a la misma labor y angustia, entre los cuales se encuentra ya aquel que ocupará el lugar que ahora ocupo yo.

Nuestra tragedia hoy es un miedo físico general y universal, sostenido por tanto tiempo que incluso podemos sopesarlo. Ya no hay más problemas del espíritu. Sólo existe la pregunta: ¿Cuándo me barrerán? Por este motivo, el hombre o mujer joven que escribe hoy ha olvidado el problema del conflicto del corazón humano consigo mismo, que es lo único que puede lograr la buena escritura porque es lo único sobre lo que vale la pena escribir; sólo eso merece el sudor y la agonía. Él debe aprenderlo otra vez.

Debe enseñarse a sí mismo que tener miedo es lo más bajo que hay; y al enseñarse eso, olvidar el miedo para siempre, y no dejar espacio en su taller a nada que no sean las viejas verdades y realidades del corazón; las viejas verdades universales sin las cuales una historia es efímera y está condenada a morir: amor y honor y caridad y orgullo y compasión y sacrificio. Mientras no haga eso, trabajo bajo una maldición. No escribe de amor sino de lujuria, de derrotas en las que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanza, y lo peor de todo, sin caridad ni compasión. Sus aflicciones no se duelen en huesos universales, no dejan cicatrices. No escribe del corazón sino de las glándulas. Hasta que vuelva a aprender estas cosas, escribirá como si asistiera al fin del hombre y lo contemplara.

Rehúso aceptar el fin del hombre. Es bastante fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque perdurará: prevalecerá. Es inmortal, no porque sea el único espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia. El deber del poeta, del escritor, es escribir acerca de éstas cosas. Es un privilegio aligerar el corazón del hombre para ayudarlo a resistir, al recordarle el valor y honor y orgullo y esperanza y compasión y caridad y sacrificio que han sido la gloria de su pasado. No es necesario que la voz del poeta sea un mero registro del hombre, puede ser uno de los apoyos, de los pilares para ayudarlo a perdurar y prevalecer”. (1)

 

Frente al “ruido y la furia” civiles de la ciudad de Ferguson, Obama, el presidente cuyo tono de piel ha generado todo un movimiento político y social (y económico, desde luego) de racistas conservadores y rednecks contra él, debe estar pensando que suceden muchas cosas, demasiadas cosas. Quizá no conozca con hondura a Faulkner, que ya debe ser pasto de lecturas obligatorias en las escuelas, pero no por ello está Estados Unidos legitimado a decir que no había sido avisado. Otra cosa es que haya que soportarlo todo, todo… No, si el Hombre está destinado a prevalecer.

 

(1)  Traducción de la página web Retóricas.com

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