Dos maneras de decirle adiós a Lauren Bacall

Lauren Bacall, la mujer de aquel tiempo

Por Ramoń González Correales

 

Pasado el tiempo,  vislumbrar los años cuarenta a través de las películas de Hollywood en blanco y negro, escuchar aquella música que vagaba por el aire de las noches, es viajar a un mundo que produce ambivalencia, pero que parece muy neto, muy perfilado, con mucho tabaco y mucho alcohol y mucha crueldad, con hombres duros a punto de hacerse añicos y mujeres fatales con el corazón mucho más blando de lo que daban a entender su forma de agarrar un cigarrillo o de llevarse una copa a los labios.

Allí había empresarios oscuros, tipos peligrosos, matones de todos los colores, mucha gente sin escrúpulos, pero también una concentración de artistas con talento que quizá no ha vuelto a darse nunca. En ese mundo apareció una chica judía de apenas 19 años para hacer una película con Howard Hawks: “Tener y no tener”. Y allí nació una imagen que quizá tenía que ver poco con la mujer que había detrás en ese momento, con alguien que apenas había vivido nada y que sin embargo simulaba una mujer de mundo, libre, segura de sí misma, seductora y con un inteligencia que no pretendía ocultar y que ya presagiaba el cambio social que vendría después.

Lauren Bacall mantuvo toda su vida la imagen que construyó en esa película, que además se alimentó del idilio que en ella surgió con Humphrey Bogart, entonces un hombre de 44 años atormentado por una relación muy destructiva con Mayo Methot que al parecer le tiraba ceniceros a la cabeza cuando bebía y una vez le clavó un cuchillo en la espalda. Por fin se casaron y formaron una pareja estable que duró una década y produjo unas cuantas películas memorables. Además de muchas fiestas con gente muy divertida, que trasegaba mucho alcohol y escuchaba canciones de Sinatra cantadas por Sinatra, que pudo ser el sustituto de Bogie pero un día desapareció por sorpresa para nunca más volver.

 

Tuvieron también un hijo, un velero para navegar dulcemente por el mar y también la decencia para estar a la altura de las circunstancias cuando llegó “la caza de brujas”. Hoy ha muerto habiendo vivido más de un vida y probablemente siendo ya muy distinta de aquella chica que susurraba apoyada en una puerta: “Si me necesitas silba. ¿Sabes silbar?”.

Pero es difícil no volver, ahora que ha muerto, a ver esa película para recordarla, para vislumbrar un mundo con mucho fango pero donde brotaban flores prodigiosas y había cafés en cualquier puerto donde podían aparecer chicas como ella y nunca faltaba un piano que las acompañara.

Hasta siempre, “flaca”.

 

“Hacia el final de la tercera o cuarta toma me di cuenta de que una manera de tener mi temblorosa cabeza quieta era mantenerla baja, con la barbilla inclinado sobre el pecho, y levantar los ojos hacia Bogart. Esto funcionó bien, y resultó ser el comienzo de ‘la mirada’ “.

“No fue como sucedió, fue casi imperceptible. Llevábamos tres semanas con la película (“Tener y no tener”, 1944), era el final del día, yo tenía una toma más y estaba sentada frente a la mesa de mi camerino portátil, peinándome. Bogie entró a despedirse. Él se situó detrás de mí y bromeamos como de costumbre; cuando de repente se agachó y me besó. Fue un impulso -él era más bien tímido- y no el calculado asalto del lobo feroz. Sacó una caja de cerillas usada de su bolsillo y pidió que escribiera mi número de teléfono en la parte de detrás. Lo hice. No sé por qué; tal vez porque formaba parte de nuestro juego. Bogie era muy cuidadoso en sus relaciones, se sabía que nunca se complicaba con mujeres en el trabajo o fuera de él. No era esa clase de hombre, y además estaba casado con una mujer conocida por su genio y por su afición a la bebida (Mayo Methot). Una vigorosa dama que te lanzaba un cenicero o cualquier cosa a las primeras de cambio.

“Terminó la película (“El sueño eterno”, 1946). Bogie me hizo un regalo; mi primer brazalete de oro; un brazalete de identificación, con mi nombre a un lado y “el silbador” en el otro. Slim le había ayudado a elegirlo.”

LAUREN BACALL. “Por mí misma”. Ultramar 1980

*Más sobre Bacall, en ‘Tener y no tener”.

 

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La distancia entre el mito y la mujer verdadera

Por Conchi Sánchez

 

Hay mujeres que se convierten, a veces, en la medida de todas las cosas. Una mirada, una frase, la manera de sostener un cigarro, la cadencia suave de unos tacones al caminar, un cruce de piernas… son gestos icónicos que quedan grabados en nuestro particular almacén de imágenes, entre las que buscamos a veces actitudes, signos de fuerza que barnicen nuestra falta de coraje en esas situaciones con las que la vida nos anega a veces. Tantas veces.

No me gusta nada que se haya ido ‘La Flaca’. Para mí era tranquilizador saber que estaba por ahí, imaginar que seguía encendiendo sus cigarrillos con la misma concentración; que la Bacall verdadera conversaba con idéntica inteligencia a la de la mujer fatal de todos los fotogramas que me sé de memoria. Su marcha, sin embargo, no deja de ser una oportunidad para recordar algunas de las razones por las que nos gusta tanto.

Puede que la mujer real fuera de otra manera: menos segura, menos lanzada, menos rotunda en sus movimientos -casi siempre se pierde algo en el sendero que une a la persona con el mito-, pero para mí Lauren Bacall es la imagen de la solidez, de una seguridad que muchos se toman toda la vida en adquirir, una fortaleza más llamativa aún porque parecía completamente ajena a su transparente esqueleto de pájaro.

Pero ahí ha estado siempre, dándome unas ganas eternas de fumar para poder sostener el cigarro como ella; buscando la clave de sus respuestas, llenas de ángulos, aunque con los cantos suaves, en esos diálogos que sabemos que no existen en la realidad -¿o tal vez sí?-, pero cuya perfección nos anima siempre a buscar nuevos interlocutores y nuevas conversaciones.

Probablemente en ella, como contaba en sus entrevistas, el mito trasfundía fuerza a la mujer, aunque tal vez no tanto. Una anécdota reciente que leía hoy mismo en El País habla de su carácter y de la necesidad permanente de definir su espacio. Un periodista le preguntaba sobre Nicole Kidman -compañera de reparto en ‘Birth’-, definiéndola como una ‘leyenda’. Ella respondía con tranquilidad que la australiana no tenía edad aún para serlo. Puede que tuviera razón, pero también lo es que una leyenda no tiene por qué esperar décadas, ni tal vez la muerte para crecer. Una leyenda puede forjarse en un solo instante:“You know how to whistle, don’t you, Steve? You just put your lips together and… blow”.

 

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