Yo virus

 

El, tan temido para las embarazadas, protozoo de la toxoplasmosis tiene su ciclo sexual dentro del intestino de los gatos. De allí sale en las heces en forma de millones de resistentes ooquistes que esporulan haciéndose infecciosos para cualquier animal que los ingiera. El objetivo de todo toxo es continuar con su ciclo vital, volviendo de cualquier forma al intestino de un gato. El neurólogo Robert Sapolsky (autor, por cierto, del muy recomendable ¿Por qué las cebras no tienen úlcera?) nos cuenta la curiosa estrategia que perpetran para conseguir volver al añorado intestino gatuno: control mental.

Como no podía ser de otra manera los ratones tienen inscrito a fuego en su código genético que deben tener miedo a los gatos. Si a una rata de laboratorio le introduces un poco de orina de gato en la esquina de su jaula, se irá rápidamente hacia la otra. Pero, si la rata está infectada con el Toxo, no sólo no se irá a la otra esquina, sino que se acercará a la orina. La rata infectada habrá perdido el miedo a los gatos, con lo que la probabilidad de acabar en el estómago de alguno crece exponencialmente. Entonces, ¿el virus vuelve chifladas a las ratas? No, su control mental es muy específico. Los sujetos infectados tienen un olfato, un comportamiento social, un aprendizaje y una memoria completamente normales. ¿Les ha sido afectado su sistema del miedo o la ansiedad? No, las ratas infectadas siguen teniendo el miedo innato a las luces brillantes propio de especies de hábitos nocturnos. El toxo sólo ha controlado un aspecto muy, muy concreto: el miedo a los gatos. Y nada más. Los estudios de Sapolsky demostraron que el virus invade todo el cerebro pero se concentra en ciertas zonas de la amígdala (zona del cerebro dedicada a las emociones) y destruye unas ramificaciones neuronales muy específicas encargadas de la aversión a los gatos. Pero es que lo más asombroso es que no sólo hace eso sino que también crea la atracción a la orina de gato. Cuando la rata la percibe su circuito de la excitación sexual se activa. Si se tienen machos infectados largo tiempo conviviendo con orina gatuna, les crecen los testículos. Alucinante, un protozoo que hace que los ratones se pongan cachondos con los gatos.

 

 

 

Si analizamos el genoma del toxo encontramos dos versiones del gen llamado tirosina hidroxilasa (la enzima crítica para la producción de dopamina). Es decir, tenemos un protozoo que tiene en su ADN el gen mamífero para producir el neurotrasmisor del castigo y la recompensa. Nada más. Analizando todo su genotipo no hay ningún otro generador de otro tipo de neurotransmisores. Es alucinante este tipo de adaptación tan espectacularmente específica: tener un sistema de control mental de ratones que sólo y únicamente afecta a su relación con la orina de gato con el fin de tener más probabilidades de acabar engullido por alguno y así, dentro del intestino del gato, poder reproducirse.

¿Y qué pasa cuando este protozoo afecta a los seres humanos? Es un microorganismo muy común, presente en todo el mundo. Se calcula que, al menos, el 50% de la población (con variaciones según las regiones) ha pasado la enfermedad. En Europa hay una incidencia especialmente alta (Francia tiene índices altísimos) debido a la costumbre de comer carne cruda (principal fuente de contagio). Los síntomas suelen ser poco significativos. En el 80% de los casos la infección es asintomática y en el 20% restante se presenta como una leve gripe (dolor de cabeza, dolores musculares, inflamación de los gánglios, etc.). En apariencia nada interesante pero los últimos estudios están mostrando algo muy inquietante: grupos de investigación distintos han indicado independientemente que los infectados con Toxo tienen de tres a cuatro veces más probabilidades de morir en accidentes de tráfico relacionados con el exceso de velocidad. De un modo todavía desconocido, el Toxo nos hace ser más impulsivos, incluso temerarios. Este microorganismo también ejerce cierto control mental sobre nosotros y abre un prometedor campo de investigación en terapias psicológicas biologicas: eres tímido y retraído, pues inféctate con Toxo.

 

Pero lo realmente inquietante es pensar que el Toxo podría sólo ser la punta del iceberg de un montón de microorganismos encargados de controlar nuestra mente. Los virus y las bacterias son los organismos más numerosos de la Tierra, habitando incluso entornos tremendamente hostiles a la vida.  Se calcula que existen unos 10 millones de virus en un mililitro de agua o unas 40 millones de bacterias en un gramo de tierra. Y dentro de tantos y tan variados (se piensa que hay millones de especies distintas) tenemos un montón de casos, además del Toxo, de microorganismos con habilidades de control mental. Recordemos a la maquiavélica y metaevolutiva Wolbachia.  Otro caso muy común sería el del virus de la rabia, que hace que sus infectados muerdan para transmitirse mediante la saliva en la que habita. Tenemos también la  Polysphincta gutfreundi, un insecto parásito que pone un huevo en el abdomen de las arañas. De allí nace una larva que desprende unas sustancias que hacen que la araña deje de tejer su tela tradicional para hacer una idónea para que la larva madure. La araña poseída teje una especie de capullo que sirve de protección y camuflaje para la larva ante sus depredadores. O también tenemos al hongo Ophiocordyceps unilateralis, el cual infecta a las hormigas para que suban a lo alto de las plantas y allí se fijen con mucha fuerza a los nervios de las hojas. Entonces el hongo las mata y refuerza estructuralmente su exoesqueleto mientras les hace crecer de la cabeza un esporocarpo que, en unos cuantos días, liberará esporas que volverán a infectar a nuevas hormigas. El hongo usa a la hormiga como medio de transporte hacia arriba (para que las esporas, al caer, tengan mayor radio de expansión) y como base sólida para que crezca su “lanzador de esporas” (por eso refuerzan el exoesqueleto de la hormiga). Aquí os dejo el vídeo de tan tenebrosa actuación:

 

 

Entonces, ¿por qué no podría ser? ¿Por qué no podrían existir multitud de microorganismos que controlaran nuestra conducta desde diversas perspectivas? Sexualidad, hábitos sociales, control emocional… gran parte de ello podría ser fruto de microorganismos que co-evolucionaron junto a nosotros quizá no sólo en actitud parásita sino también como simbiontes. Todavía no tenemos ni idea pero imaginar es gratis: ¿Y si incluso la consciencia fuera el efecto, quizá al principio sólo secundario, de alguna actividad de control mental vírica? ¿Y si el amor sólo fuera un hábito creado por una bacteria para transmitirse entre individuos? He leído que el virus de la gripe podría provocar que los sujetos infectados en las primeras fases de la enfermedad tendieran a buscar más el contacto físico con fines evidentes.

 

Etiquetas de este artículo
, ,
More from Santiago Sánchez-Migallón

‘Detachment’: dando clase en un mar de dolor

He visto todas las películas sobre profesores y, exceptuando La Clase (Laurent...
Leer más

5 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *