1941. Salto de la ventana.

 

Visto desde fuera, desde el Pasaje Pérez de Molina o desde los jardines del Prado, parecería una fiesta cualquiera o una celebración patriótica más: un eco sordo de música bailable y ronca; pasodobles sobre todo, que atruenan; algún foxtrot relamido; y esos ecos apagados que producen las coplas del alma española, que ahondan la pena y perforan el miedo.

Visto desde fuera, parecería una aglomeración festiva más; de esas que se producen en los días de Feria o en otros días feriados, en que se confraterniza y se moviliza cierto tipo de gente al compás de una celebración sentida. Con un trajín quieto de asistentes sudorosos, acompañantes de diverso formato y calado, camareros estragados y la orquesta estática sobre la tarima gastada del patio central. El humo creciente, las pisadas sobre el mármol blanco, ecos de risas que se apagan, algún conato de discusión y el persistente calor de los días de principios de julio de 1941.

Todo había transcurrido muy rápido. Desde que se supo que los alemanes (“El heroico pueblo alemán y su sagrado ejército”, así se informó por la radio oficial del momento) habían iniciado la invasión de la Unión Soviética, que aquí se citaba básicamente como Rusia, el 22 de junio, se dispararon las especulaciones de todo tipo. “Y ¿ahora qué?” fue la pregunta formulada por algunos ilustres de tertulia y discurso. “¿Qué habrá que hacer ahora, con los hermanos alemanes?”.

Esa invasión de la lejana Rusia, por parte de la Wehrmacht fue vista de forma exaltada, por alguna prensa española y entonada como ‘El mundo civilizado contra la barbarie roja’,  del mismo día 24.  Y ese mismo día de la portada civilizada, se produjo la concentración ¿improvisada? de madrileños inquietos, primero en Callao, donde ya se exhiben pancartas concretas, como es la que agitan unos galanes con camisas azuladas, que demandan ‘Voluntarios falangistas contra Rusia’. Y como un resorte se fueron congregando más y más voluntarios, surgidos de todos los puntos confluentes con la plaza del Callao, surgidos de todas las esquinas del miedo. Voluntarios con banderas de Falange y con enseñas nacionales, otros incluso con alguna trompeta y con una percusión preparada de antemano, y otros más, exhibiendo pancartas rotuladas que se despliegan al sol de la mañana. Voluntarios improvisados e imprevistos que van surgiendo de cualquier sitio, sin que nadie atienda a la extrañeza de tanta bandera improvisada, de tanta pancarta ondeante y a un júbilo tan raro y tan florecido en exceso. Como si todo ello se pudiera improvisar sobre la marcha, como si alguien se paseara por las calles centrales con toda esa impedimenta. Crecen los gritos de condena contra la bárbara Rusia; la impía, por atea y antirreligiosa; la culpable, como se diría algo más tarde y la causante indirecta de esta concentración de la mañana del julio madrileño que va marcando temperaturas crecientes.

 

 

Cuando la masa vociferante va colmatando los espacios, alguien sin mando evidente y sin identificar, proclama: “A Alcalá, vamos a Alcalá”. Y ese grito volandero se transforma en una orden expresa por la que todos los congregados y concentrados, se desplazan por la calle de Preciados hacia Sol, para buscar luego la salida de Alcalá, donde se asienta la sede del Partido Único, Falange Española y de la JONS. Todos los congregados y concentrados, se desplazan por la calle Preciados hacia la Puerta del Sol, con su aparato de grímpolas y consignas, al tiempo que no dejan de entonar de forma reiterada gritos de ‘Viva España’ y de ‘Muera Rusia’.

Cuando la cabeza del grupo llega a la sede del Partido, cuya fachada decora un enorme yugo con sus imponentes flechas, ya merodean por el arengario algunas figuras menores y oblicuas, y cuando los movilizados ya han taponado toda la anchura de la calla de Alcalá y se desparraman por los costados, emerge de la sombre refrescante del interior, la figura menuda del Ministro de Asuntos Exteriores y Jefe de la Junta Política, Ramón Serrano Suñer, quien saluda desde su terno blanco con el brazo levantado al cielo estival. Y le acompaña un grupo nutrido de jerarcas y jerarquías. Como si todo el ‘atrezzo’ que se despliega sobre la repisa del arengario fuera posible de organizar sin preparativos señalados y bajo la batuta de la improvisación. Igual que antes había pasado con la concentración imprevista de Callao: todo sin explicación posible y todo como un extraño juego de manos y espejos; concentrados mañaneros y notables dispuestos sobre el arengario. Para componer un conjunto notable de jerarcas y jerarquías, desplegados sobre la piedra y perfectamente uniformados, que no pueden improvisarse en escasos minutos, justos los que transcurren desde los primeros escarceos en Callao,  hasta la llegada del cortejo impulsivo y vociferante a Alcalá.

No puede reclamarse su presencia, ni llegar a sus despachos y oficinas con premuras y sin dar tiempo a que lleguen a tiempo de la concentración. Más bien, se puede pensar que todo, desde el primer momento estaba organizado sabiamente por una mano que no se ve. Desde el primer pancartero de Callao que reclama atención y exige compensaciones; hasta el que vocifera y  pide a los congregados “A Alcalá, vamos a Alcalá”, para llegar al último uniformado del balcón. No son posibles tantas casualidades, sin plan previo y preestablecido. Pero no solo eso, sino que Serrano Suñer que se prepara para dirigirse a los concentrados que se  agitan con un claro ánimo de venganza, ya había ensayado de antemano el parlamento. “Camaradas no es hora de discursos; pero si de que la Falange dicte en estos momentos su sentencia condenatoria: ¡Rusia es culpable! Culpable de nuestra guerra civil. Culpable de la muerte de José Antonio, nuestro fundador. Y de la muerte de tantos camaradas y de tantos soldados caídos en aquella guerra por la agresión del comunismo. El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa”. Toda una exposición sintetizada y abreviada, que trata de sumar a la masa de españoles embriagados por el sol de julio y por la temperatura emocional del acto, a sus posiciones germanófilas y pronazis.

No se puede creer de ninguna forma, que mientras se revolotea el aire madrileño con gritos y consignas, en Berlín, Hitler el mismo Führer,  apruebe la autorización del empleo de voluntarios españoles en tareas bélicas. Una oferta que, días atrás Franco habría enviado a Berlín como pago de los préstamos alemanes en la pasada Guerra. Unos voluntarios que aún no existen más que sobre el papel del comunicado secreto, pero que ya se ofrecen y se regalan como muestra del pacto de sangre entre países fraternos. Una oferta rara que rompe equilibrios en las familias del Régimen, divididas por GermanófilosNeutralistas; aún no Aliadófilos. Y que motivaría los recelos del grupo de los militares distantes de Falange Española, con Varela ministro del Ejército, a la cabeza. Mientras dura el parlamento de Serrano desde el arengario elevado, se fueron sucediendo las interrupciones de los agolpados barridos por el sol potente. ‘Muera el comunismo’, ‘José Antonio ¡Presente!’, ‘¡Viva España!’.

 

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 Y cuatro días más tarde, el ABC madrileño ya recogía en su portada la denominación de lo que se preparaba como aportación española al Tercer Reich: ‘La Cruzada anticomunista’. “La sombría plaza del Kremlin, tan sombría como la doctrina del odio y la destrucción que representa. Detrás de sus murallas, los tiranos rojos han trazado sus planes para conseguir la sovietización del mundo. Moscú es el objetivo principal de la Cruzada anticomunista”. Casi sin solución de continuidad, en esos días de ajetreos orientales y de odios desatados, comenzó el movimiento de voluntarios que se alistan con afanes de conquista y con aire de revancha. Una conquista del oriente que se rememora en coincidencia con las celebraciones del conquistador Pizarro en las Indias occidentales.

Comenzaron a abrirse las mesas y ventanillas de los ‘Banderines de enganche’ y de ‘Las oficinas de milicia’ con la sola finalidad de inscribir a los voluntarios y de demostrar al resto de la sociedad española la salud espiritual que nos recorre tras una guerra pesarosa y sangrienta. Unos voluntarios que están recorridos por lo que llaman ‘Entusiasmo y alto espíritu’. Entusiasmo para la marcha y alto espíritu para la batalla. Y que, además, expresan un afán de revancha contra los soviéticos que asolaron España en la guerra pasada. Unos voluntarios que ya se constituyen y proclaman como los miembros de la ‘División Azul’ y por ello son divisionarios en ciernes. Es en estos días, los que transcurren entre el 28 de junio y el 5 de julio, cuando se cumplimentan las inscripciones y se practica el primer envió de voluntarios. En la última fecha, ya en julio caluroso, se publica en el  madrileño diario ABC la suerte de denominación de estos heroicos voluntarios.  “España en la Cruzada anticomunista. En medio de un entusiasmo indescriptible, los voluntarios de la División Azul se concentraron ayer en la Ciudad Universitaria, sobre la tierra sagrada de los heroísmos –regada también con la sangre de los mártires inmolados por la horda- para su encuadramiento definitivo”.

 

 

Encuadramiento lleno de dificultades, toda vez que no puede darse protagonismo al Ejército para evitar la ruptura de la tibia ‘No beligerancia’ y hacer aparecer a la nación española, ante otros ojos internacionales, como incorporada a la Guerra junto al Eje. Pero tampoco el Ejército y sus mandos principales, quiere perder carrete y tratan de colocar a jefes y mandos al frente de la ‘Divisón Azul’, de suerte que controlen el protagonismo inquieto de la Falange en la embestida militarizada. Un reclutamiento que se detiene cuando se alcanza el tope de  los 18.000 efectivos, suficientes para formar una División, y cuyos elementos serían un conglomerado de jefes y oficiales, de voluntarios provenientes del ejército regular, también reclutados en las Jefaturas Provinciales, estudiantes universitarios pertenecientes al Sindicato Español Universitario (SEU) y mercenarios que aprovecharon los altos pagos que recibirían, tanto por parte del Estado español como del Alemán.

 

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Por eso se entiende lo afirmado “Va con los voluntarios falangistas el corazón de España. Vuelven al combate con el gran enemigo de la Patria, con el que quiso destrozarla y envilecerla”. Al tiempo que crece el fervor patriótico por ‘el Caudillo, España y la Falange’, se propagan noticias sobre el avance imparable de las tropas de la Wehrmacht  en Besarabia, en Bucovina y en Galitzia. Para insuflar ánimos a los voluntarios y para señalarles, tal vez, la facilidad de su tarea y la simplicidad de su voluntariado.  Se informa, igualmente, de ‘la ferocidad comunista’, dando cuenta de los ‘crímenes del reformatorio de Dubno’ y se publica un artículo de Goebbels.

 

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También en X. se abrió el ‘Banderín de enganche’, donde se inscribieron jóvenes falangistas, veteranos  de la Cruzada, alféreces provisionales  y otros más, sin militancia en el Partido Único y sin experiencia bélica, pero con la pretensión de lavar culpas propias o viejas manchas familiares. Se había extendido la creencia de que inscribirse como voluntario en la División Azul, podía ser el equivalente de un acto de constricción, que operara como una goma que borra y diluye ciertas manchas previas. De tal suerte que ese sólo detalle, el de inscribirse como voluntario, supondría una llave que abriría la puerta de cierta tranquilidad y un lavado que restituiría la limpieza exigible en estos momentos.

Eso explica en parte, el éxito sonado de las inscripciones masivas; inscripciones que no dejaban, pese a todo, de comportar un gesto elevado de temeridad o de inconsciencia, como fuera la de apuntarse a un combate lejano y desconocido con un enemigo igualmente desconocido y en unas tierras lejanísimas y más desconocidas. Temeridad e inconsciencia, jaleadas y vistas de forma interesada, como parte de un heroísmo inmemorial o como parte constitutiva de un ardor guerrero que adornaba las virtudes de la raza. La otra parte del gesto del voluntario, se debía a las consecuencias del clima moral y político sostenido en España desde 1939 y aún antes de esa fecha, al acusar exclusivamente, al movimiento comunista de todos los males, atrasos, venganzas, atropellos y robos, y por eso pasaba a llamarse como ‘Horda roja’. Al acusar, reiteradamente, al movimiento comunista de todos los males patrios y de todos los atrasos seculares del país y por ello se seguía identificando como ‘canalla marxista’. Por ello el grito consigna proferido por Serrano Suñer “¡Rusia es culpable! Culpable de nuestra guerra civil. Culpable de la muerte de José Antonio, nuestro fundador. Y de la muerte de tantos camaradas y de tantos soldados caídos en aquella guerra por la agresión del comunismo. El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa”.  Por lo que el desarrollo y las consecuencias de tal afirmación, eran fácilmente predecibles. La parte final, y  quizás la de menor carga efectiva en el voluntariado, estaba dictada por el efecto ejemplarizante producido por los camaradas más destacados de la localidad; Jefes y Mandos, que se habían inscrito los primeros y anticipadamente como prueba de su virtud y como muestra de su  valor viril. Jefes locales, barandas del Partido y Jefes de Milicias que renunciando a la comodidad de su cargo y a la molicie de la plácida posguerra a la que tiene derecho consentido el vencedor, habían optado por un gesto valioso y generoso. De ruptura y de heroísmo.

 

Un efecto ejemplarizante al menos de puertas para fuera, porque de puertas para adentro y a medida que avanzaban los días, esos mozos briosos empezaban a dudar de la conveniencia de su marcha en la columna guerrera y sentían el apego de los hábitos con que la sociedad recrea y solaza al vencedor. Lo que había sido un gesto inconsciente y realizado más de cara a la galería, pensando que todo aquello no pasaría de ser una simple declaración de intenciones, o un brindis al sol, iba creando cierta angustia y cierta incertidumbre a medida que pasaban los días y la llamada del voluntariado de iba consolidando. No se desmentía la expedición a Rusia, y cada día parecía más evidente que lo anunciado como promesa, en el gesto airado de Serrano desde el arengario de la calle de Alcalá, llegaría a consumarse como un paso efectivo.

Como así acabaría ocurriendo, finalmente, a lo largo del 13 de julio, con la salida de las primeras formaciones ferroviarias de la Estación del Norte que acomodaban a los dos primeros batallones de expedicionarios. Aunque haya una foto fechada el día primero de julio, en la que se nos hace ver que ya esa noche templada y veraniega, se produjo el primer envío de voluntarios. Voluntarios cansados, pero muy excitados por el carrusel de acontecimientos de los últimos días que llegan a desfigurar la memoria y que encienden el cigarro sobre la ventana o que dialogan con familiares y amigos que han acudido a ese acto extraño en el filo de la noche y en el filo de las vía de un tren tan extraño como siniestro. Y por eso, el andén de la noche estival aparece colmatado de curiosos ajenos a la marcha del grueso de viajeros enfervorecidos, que descubren curiosos el flash de la cámara como un agujero que taladra la noche y que permite visualizar todo lo que los ojos no ven. Para esos visitantes anónimos, esa despedida en la estación del Norte engalanada con banderas nazis, era un pretexto para salir al fresco de la noche y para sentirse parte momentánea de la historia que transcurre por las formaciones ferroviarias abarrotadas. Incluso ese vagón de madera elemental en sus listones de cerramiento o ese mismo tren, vuelve a repetir la pose cuatro meses más tarde. Aunque ahora no sea la noche de julio, sino la luz del día otoñal y se nos quiera hacer creer que los expedicionarios son ‘productores emigrantes’ ya no voluntarios dispuestos a combatir al comunismo internacional en su propia cueva soviética.

Unos voluntarios que ahora aparecen camuflados bajo esa rúbrica civil: ya no van a combatir contra nadie, van a trabajar en las fábricas y en las industrias del Reich alemán, en justa correspondencia de otros apoyos y por la que recibirán un abundante estipendio, muy superior a los pagos y salarios que se producen en España. Y eso moviliza a muchos voluntarios, en unos momentos de estrecheces y carencias elementales, de hambre y de racionamiento.  Pero nadie creería que un gesto particular y privado, como ese, como el que realiza el ‘productor’ que emigra animoso,  se presente rodeado de un enorme aparato propagandístico de banderas con la cruz gamada, enormes pancartas y un sentido despliegue de fuerzas de seguridad. Un productor que emigra y deja su casa y sus recuerdos vivos, coge el tren sólo, acompañada tal vez por las sombras familiares que se estiran sobre andenes y cantinas y rara vez aparecerá como el protagonista de un enorme juego coral que se fotografía de forma reiterada.

 

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Al grupo de movilizados de X, se le asignó el cupo viajero del Tercer Batallón con salida prevista a las 7 de la mañana del día 14 de julio. Por ello, habían sido concentrados sistemáticamente a lo largo del  día anterior, los 128 voluntarios procedentes de la ciudad y de la provincia, con la finalidad de practicar una despedida fervorosa y patriótica.  Despedida que comenzó con una solemne función religiosa en la catedral, donde el capellán castrense reiteró las ideas dominantes de “Estos jóvenes cruzados, prestos a luchar contra el ateísmo. Estos guerreros de Dios que se enfrentan a la muerte”. Cruzada gloriosa contra el vil comunismo  que recibirían un almuerzo sufragado por Falange Española servido por camaradas atentas y sonrientes, serviciales y entregadas a la causa, de la Sección Femenina, y en donde el alcohol corrió con abundancia y sin freno; tal vez en exceso. Aunque nadie, con mando y capacidad,  lo detuvo. No tan sólo para solemnizar con alcoholes y destilados la despedida; sino también para introducir cierta inconsciencia guerrera en los últimos instantes de los voluntarios ajetreados e insomnes. Todos reunidos en el clima sofocante y acelerado del Gran Casino de X, una vez que habían firmado, días atrás, el boletín de adhesión a la División Azul y que ya habían iniciado las despedidas diversas, como un ‘Adiós a la vida civil’ y como un ‘Hola a las armas’.  Un boletín de adhesión que incluso se admitía con tachones, raspaduras y rectificaciones sin justificar, todo ello bajo la responsabilidad del firmante y con una sola línea para especificar el ‘Reconocimiento médico’.

 

– “Allá usted, camarada, con lo que dice y con los datos que rellena. No estamos para comprobaciones, sino para medir la temperatura espiritual de nuestros jóvenes, dispuestos a devolver la bofetada que los comunistas propinaron a la mierda de la República”.

 

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A las seis de la tarde y una vez retirados los servicios del almuerzo, con la llegada de los cigarros, cafés y copas, también se despidieron las camaradas de la Sección Femenina con gestos visibles de despedida y adioses pronunciados; haciéndose más visible el humo acumulado, el alcohol circulante y el calor vespertino. El sopor, la confusión y la ingesta alcohólica comenzaron a producir efectos contrarios entre los presentes. Unos, deseosos de embarcarse ya en el tren y saltar, sin paradas intermedias, en Granfenwöhr, y arremeter contra la bestia bolchevique, que parecía aguardar esa llegada imparable de una tropa tan embravecida como alcoholizada. Y otros, más al amparo de cierta connivencia con las Jefaturas de Milicias, y desde su posición de cierta preeminencia política y social, comenzaron a escaquearse y a desaparecer con cualquier pretexto menor. Los que más jalearon los días pasados, los que  más ululaban contra el Moscú soviético y la horda sangrienta, y pedían sangre heroica de refresco,  comenzaron a romper con cuidado los ‘Boletines de adhesión’ que días atrás habían rellenado con el brazo en alto y con la voz exaltada; comenzaron a desaparecer y a hacerse invisibles ante la columna que comenzaba a formarse en los salones centrales.

Por ello, a las siete y media de la tarde, el cupo de voluntarios había reducido su cuantía de forma significativa. Al haberse escamoteado casi tres docenas de Jefes, barandas, capitostes y cabecillas visibles, contando con el consentimiento de los custodios de puertas, sabedores de tales movimientos de reclamo previo ante el colectivo de voluntarios.  Custodios de puertas del grupo de Milicias falangistas, que habían recibido, además, tajantes instrucciones de “no dejar salir a nadie, de los salones, hasta que no lleguen los camiones militares del traslado”. Las tres docenas de desaparecidos, contaban con cierto beneplácito para la huida: su puesto en retaguardia era tan importante o más que el de los voluntarios divisionarios y así lo esgrimieron. Algunos de los presentes, no acometidos enteramente por el alcohol y sus efectos, observaron con recelo y estupor la maniobra de ocultación del caudillaje; pensando en un principio en una visita a los servicios, próximos al salón donde se custodiaba a los voluntarios ajetreados.

Unas salidas escalonadas, aprovechando la baraúnda y la somnolencia de los ocupantes aguerridos, pero que no contaban con retorno alguno. Unas salidas que vaciaban la sala y que no dejaban de ser un plante para los restantes voluntarios que, inadvertidamente, proseguían sus pasos y cantos en espera de la llegada de los camiones del traslado.

Por ello, a las ocho de la tarde, con el sol en descenso por la fronda de los jardines del Prado y aprovechando otra ola de estrépito y salvas de homenaje, tres de los voluntarios más despiertos o menos afectados por las copas y anisados, saltaron con cautela por una de las ventanas que daban al Pasaje Pérez de Molina, tras haber roto sus  respectivos boletines de adhesión a la División Azul. Saltaron lejos del control visual que sostenían los guardias de puerta y se encontraron en la calle desierta. Se encontraron con una vida civil que apenas habían abandonado por unas horas y que tal vez mañana les interrogaría por su extraña presencia. Y  por su aparente renuncia a la gloria de la División Azul.

 

 

 

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