Los nombres de Irlanda

Hubo un tiempo en que Irlanda era una mujer y una diosa y su tierra era sagrada como el cuerpo de la mujer amada. Y en aquel tiempo Irlanda era también una madre, protectora de la tierra y el ganado, una triada que sembró la isla de mitos de héroes que la poseían y la fertilizaban con su sangre o su semen. La feminización de la tierra, tan presente en diversas culturas, hizo en Irlanda un arte del hecho de nombrar, que ya entonces eligió para ella los nombres de tres hermanas, diosas de la mitología celta: Banba, Fótla  y Éire, siendo este último el que más ha perdurado en la memoria colectiva.

Nombrar es un acto de amor y un ejercicio de posesión, dijo el gran poeta irlandés Seamus Heaney, porque un nombre no solo sirve para designar un lugar, sino también la historia y la memoria vivas de quienes lo habitan. No en vano uno de los géneros más ricos de la literatura celta eran las Dinnseanchas (“topografía”en gaélico),relatos que explicaban el significado de los topónimos labrando leyendas fantásticas. De este modo un lugar, cualquier lugar, poseía una aureola mítica gracias a su nombre y sobre todo gracias a la narración de quién, cuándo y dónde lo nombraba. Somos habitantes y amantes de un lugar, en palabras de Heaney, pero es en el nombre que le otorgamos donde se forja ese vínculo espiritual y físico que nos mantendrá unidos a él para siempre.

En los albores de la historia la tierra de  Irlanda tenía nombre de diosa y funciones de madre pero fue la mujer- la mujer amada, deseada y (des) poseída-la que pervivió a lo largo de los siglos. En los duros tiempos de la resistencia tras la colonización británica a Irlanda había que nombrarla en clave porque las referencias patrióticas estaban prohibidas, y así se convirtió, entre  otros nombres, en  Dark Rosaleen, Grania o Granuaile;  en los fervores nacionalistas fue   Cathleen ni Houlihan, símbolo de la erotización de la tierra y título de la obra dramática de W.B. Yeats, que revive el viejo mito de una anciana rejuvenecida por el amor y la posesión  de un joven patriota. Y fue un  nombre de mujer lo que siempre nutrió de  coraje las rebel songs y   lo que empapó las baladas de inmensa nostalgia, sobre todo en los oídos de los emigrantes. Porque nombrar es un acto de amor, pero no olvidemos que también puede reflejar el lado más oscuro del corazón o de la historia. Baste evocar las trágicas barreras que los nombres han erigido en Irlanda del Norte, donde incluso la pronunciación delata de inmediato la filiación religiosa/política del hablante. Por citar un ejemplo, quien dice Londonderry será siempre antagónico de aquel que denomina a la hermosa ciudad con el nombre de Derry y  lo mismo ocurre con quienes aún utilizan la anacrónica denominación de Ulster con respecto a los que dicen Northern Ireland o the Six Counties. Y el nombre de Hibernia, popularizada por dibujos y caricaturas inglesas, representaba a la isla como una mujer rubia, desamparada y pasiva, sometida a Inglaterra ( que a su vez ostentaba el viril apodo de John Bull ) y mucho más débil que la vigorosa  y desafiante Britannia. La tierra y la mujer, siempre una mujer, ya sea diosa, madre, desposeída, amante furtiva, símbolo erótico o imagen religiosa, hasta que el nuevo milenio cambió la faz de Irlanda y masculinizó el pais con el nombre de El Tigre Celta, sinónimo de fiereza y prosperidad . Otro tiempo y otra Irlanda, lejos, muy lejos, de aquella tierra preñada de magia y pobreza que inmortalizaron la música y la literatura. .

Nombrar es un acto de (des)amor y un ejercicio de (des)posesión cuando amar y poseer  son acciones libres, desprovistas de cualquier connotación negativa.Poseer en el sentido de  explorar, recorrer, descubrir, reconocer, etapas que un nombre abarca y desgrana con poderes mágicos. Y por ello, una de las cartografías más bellas de nuestra persona y nuestra vida es aquella que van diseñando nuestros nombres, auténticas dinnseanchas que encierran siempre una historia dentro de nuestra historia: quién nos nombró así, cuándo, dónde, por qué……

Y es que, como Irlanda, todos nosotros poseemos muchos nombres que atesoran los  distintos rincones de nuestro territorio: el mundo familiar de la infancia, los primeros escarceos amorosos, la camaradería de la juventud,la complicidad de la pasión, la amargura del desamor; apodos y diminutivos que evocan  ternura, clandestinidad, compromiso, trabajos y días, penas y glorias que un día compartimos con alguien que así nos nombraba y que, al hacerlo, poseía una parcela de nuestro ser secreta para otros. La polisemia como una de las bellas artes y, sobre todo, como prodigiosa estratificación de nuestro cuerpo, nuestro corazón y nuestra existencia. Porque, ¿hay mayor pobreza que poseer un solo nombre, reducirnos a ese  frio registro de un DNI que nos legaliza como ciudadanos y nos ignora como seres únicos e irrepetibles?

Todos somos Irlanda y  todos fuimos alguna vez dioses y mendigos . Todos trazamos al vivir  un mapa que se inscribe en el rostro y el cuerpo y va cambiando con el  paso del tiempo. Un mapa que se ensancha y se recorta, que se puebla y se vacía de personas y afectos, que tiene cicatrices de amor y desamor. Una tierra, en definitiva, que conoce la siembra y la fertilidad pero que  también ha sido yerma, tierra de mujer o tierra de hombre que alberga los nombres y los dones que poseímos y que creímos perdidos. Y es aquí cuando Seamus Heaney nos invita a cavar y excavar nuestro suelo, a desenterrar nuestras vivencias, a rescatar la polifonía de tantos nombres silenciados pero nunca extintos. El labró su destino de poeta al descubrir que debía cavar con la pluma la misma tierra que su padre y su abuelo cavaron con la azada .Una tierra húmeda y suave -la ciénaga, el paisaje de la Irlanda rural y pobre- que penetraría con su imaginación arqueológica desenterrando dolor y violencia, pero también celebración y  asombro  al ver brotar la magia de un suelo que fue testigo de tiempos heroicos.

Cascadas de nombres en la poesía de Heaney , relatos ocultos en la tierra de Irlanda hasta que la azada, la pluma o la memoria los desentierra en un acto de amor y coraje. La tierra como un arado de vocales y consonantes que surcan poemas de rugosidad fónica y ritmo recio. ¿Habría mejor homenaje al gran poeta que rastrear y excavar el suelo de nuestra vida, como el zahorí que busca la fecundidad del agua? Porque, al hacerlo, sentiríamos que nos ramificamos en los nombres que vamos encontrando y desenterrando, nombres que nos revelan la riqueza de los muchos seres que aún somos y que nos recuerdan que, al igual que Irlanda, somos poseedores de muchas historias y  muchos destinos. Incluso el de dioses.

Etiquetas de este artículo
Escrito por
More from Inés Praga

‘Amour’, de Haneke

¿Qué piensa Emmanuele Riva en esa espléndida fotografía de su juventud? ¿...
Leer más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *