Placeres del verano

Placeres del verano que ya se habían ido y vuelven por sorpresa. Una sombra de buganvillas y de ficus benjamina en una isla lejana, quesos cremosos muy intensos, cerveza, ensalada muy fresca, el reflejo del agua de una piscina azul que recuerda la sal del mar que se vislumbra muy cerca, la brisa amable de una conversación acompasada.

No hay que olvidar en el frío del invierno que, justo en ese instante, hay otro lugar con risas y palmeras, donde brilla el sol y suenan canciones en francés, justo en la hora de la siesta cuando el tiempo es tan blando que la piel duda hacia donde mirar en la duermevela. A veces en las mañanas de niebla cuando es tan difícil encontrar las zapatillas bajo la cama y caminar oscilando hacia la ducha hay que seguir los ecos casi olvidados de esas tardes donde la vida era tan evidente que sólo había que dejarse mecer entre los delfines frente a los acantilados gigantes que se podían tocar con las manos.
Los leves hilos de los placeres que nos conectan con la vida …

 

 

‘La feria de los milagros’, de Wislawa Szymborska

Un milagro corriente:
que se produzcan tantos milagros corrientes.

Un milagro ordinario:
el ladrido de los perros invisibles
en el silencio de la noche.

Un milagro del montón:
una nube menuda y ligera,
capaz de tapar la luna llena y compacta.

Muchos milagros en uno:
un aliso que se refleja en el agua
y que se vea invertido de izquierda a derecha
y que crezca allá con la copa hacia abajo
y que no llegue al fondo
pese a la poca profundidad del agua.

Un milagro cotidiano:
vientos de ligeros a moderados,
borrascas en plena tormenta.

Un milagro cualquiera:
las vacas son vacas.

Otro milagro, quiérase o no:
este huerto y sólo éste,
de esta pepita y sólo de ésta.

Un milagro sin frac ni sombrero de copa:
palomas blancas en desbandada.

Milagro, porque cómo llamarlo si no:
hoy el sol ha salido a las tres catorce
y se pondrá a las veinte cero uno.

Un milagro que no sorprende lo debido:
una mano tiene menos de seis dedos,
pero tiene más de cuatro.

Un milagro, y basta con abrir bien los ojos:
el mundo omnipresente.

Un milagro tan adicional como adicional es todo:
lo impensable
se puede pensar.

 

 

Fotografía de Ramón González Correales

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