Posesionismo compulsivo

Vivian Maier Undated, Canada

 

Vivian Maier 1963, Seminole, Florida

Aseguraba Michel de Montaigne que la pobreza de bienes es fácilmente remediable, mas la del alma es irreparable, y siglos después Erick Fromm nos enseño que el ansia de tener nunca acaba, mientras que la búsqueda del ser se completa en sí misma. ¿Será eso lo que nos ocurre a los humanos hipermodernos?, ¿somos tan pobres de espíritu como ansiosos de posesión?

Para responder a esas preguntas deberíamos plantearnos otras cuestiones. Primera: Los antiguos sostenían que las obras de una persona son una extensión de ella misma. En la actualidad se tiende a asumir que las posesiones de una persona son la extensión de ella misma. La cuestión es qué nos define mejor, ¿lo que hacemos o lo que tenemos?, ¿nuestras obras o nuestras posesiones?

Segunda cuestión: Los antiguos sostenían que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. Los modernos opinan que el que más tiene más puede. La pregunta es, ¿qué define mejor a una persona, su habilidad para atesorar cosas, riquezas; o su capacidad para desprenderse de ellas?

Hace años tuve la oportunidad de investigar dos patologías humanas por entonces novedosas: la compra compulsiva y el síndrome de Diógenes. Ambos estudios generaron una gran atención mediática y por eso hoy día todo el mundo sabe qué son sin necesidad de consultar wikipedia. Y si ambos desórdenes del comportamiento humano conectaron tan acusadamente con el público es porque se trataba de dos representaciones elocuentes de los vicios más extendidos en la sociedad de consumo: adquirir sin mesura y acumular sin límite.

Vivien Maier Kiddieland, September 1966. Sandwich, IL

La compra compulsiva podría tipificarse por tres rasgos: compro luego existo, dime como compras y te diré como eres, y comprar por comprar. Al buen entendedor no le hacen falta más datos, no obstante diremos que se habla de auténtica adicción a comprar cuando no se puede vencer el impulso de adquirir objetos diversos, innecesarios o repetidos, a un coste excesivo para las posibilidades de la persona, empleando en ello mucho más tiempo y energía de lo razonable, lo que produce un serio deterioro económico y conflictos familiares o laborales, y que persiste contra toda racionalidad a pesar de los perjuicios que implica. El impulso comprador suele empezar en el escaparate y acabar en el fondo de un armario a rebosar de objetos y autoreproches. Es más frecuente en el sexo femenino, y, los factores predisponentes son la personalidad impulsiva e inmadura, la alta sensibilidad a los estímulos que incitan al consumo y la presencia de ciertas patologías, como trastornos del autocontrol, bulimia, ansiedad, estrés, etc. Los productos más adquiridos por las mujeres son los relacionados con el atuendo y la cosmética, mientras que los varones se inclinan más por productos tecnológicos, mecánicos o deportivos.

Vivian Maier January 26, 1955, New York, NY

Pero, ¿podemos asegurar que ésta es una conducta típicamente hipermodena? En realidad la historia de la adquisición desmesurada se remonta hasta la Biblia (ISAIAS, I, 3, 16-24): “Porqué se envanecen las mujeres de Sión… Aquel día arrancará el Señor sus adornos: ajorcas, diademas, medias lunas, pendientes, pulseras, velos, pañuelos, cadenillas, cinturones, frascos de perfumes, amuletos, sortijas y anillos de nariz, trajes, mantos, chales, bolsos, vestidos de gasa y de lino, turbantes y mantillas. Y tendrán: en vez de perfumes, podre; en vez de cinturón soga; en vez de rizos, calva; en vez de sedas, saco; en vez de belleza, cicatriz…”. Y según cuentan los cronistas romanos, tras la muerte de Cleopatra sus vestidos fueron traídos a Roma, donde Terencia pagó sumas exorbitantes para quedarse con los atuendos más ricos y voluptuosos tratando de parecerse a la diosa egipcia. Estos serían ejemplos históricos de lo que en 1984 fue descrito por psiquiatras norteamericanos cómo “Dressing Disorder”, aludiendo a la necesidad de vestir a imitación de personas famosas, por  muy caro o incómodo que pueda resultar. La diferencia entre aquellos y estos, radica esencialmente en la magnitud, entonces los afectados eran unas pocas personas opulentas y hoy somos millones. El mundo es un enorme hipermercado donde la moda y el lujo se ponen al alcance del rico y del pobre. Todos somos un poco dependientes de la última moda para decorar nuestro cuerpo, sentirnos bien o reclamar atención social y sexual. Casi nadie viste por la cruda necesidad de protegerse. Sin embargo sólo algunas personas caen en la patología, las más vulnerables a las imposiciones de la publicidad y las facilidades de crédito. El lenguaje español que todo lo sabe dedica a este comportamiento el adjetivo “siútico/a”, de uso coloquial en Bolivia y Chile, para referirse a la preocupación de algunas personas por presumir de finas y elegantes, tratando de imitar en sus modales a las clases más elevadas.

Vivian Maier August 1960. Chicago, IL

Vivimos en un mundo donde todo es adquirible para los ricos que hacen ostentación de una lujorexia irreverente, y todo está al alcance de casi todos en versión pret-a-porter, imitación o sucedáneo. El hiperconsumo es un hecho que nos define a los seres que habitamos las sociedades más desarrolladas, pero incluso a los más desfavorecidos, en mitad de la selva o en los suburbios, les afecta y condiciona, ya que gracias a los medios de comunicación les llegan informaciones publicitarias que activan sus ansias consumistas, y el impulsan a migrar hacia ese paraíso en el que buena parte de la felicidad depende de poder o no ejercer el vicio posesionista.

Sí, pero, tener muchas cosas no asegura la felicidad – me dirá -, y  no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. Sí, claro, tiene razón, es obvio, por eso mismo empecé citando a Montaigne, pues la felicidad y la pobreza de espíritu no se llevan muy bien. La verdadera felicidad es versión hipermoderna es sinónimo de alcanzar la diversión, la alegría y el placer en la actividad, y la calma, el sosiego y la serenidad en la inactividad. Y todo eso es estupendo, pero sólo si no lo hacemos depender de cosas ajenas a nosotros mismos, de viajes, maletas, coches, aparatos, dinero, vestidos… o en todo caso solo en la medida que estas sean necesarias desde un punto de vista puramente funcional, no posesivo: el coche es para viajar, no para presumir, tiene que servirme a mí no convertirme yo en su servidor. Pongamos un par de ejemplos: “Ir de compras” suele ser divertido, alegre, placentero, pero “ir a la compra”, suele ser aburrido, molesto y agotador. Poseer cosas o bienes puede generar calma, sosiego y serenidad, pero no poner límite a las posesiones puede producir inquietud, agobio y zozobra. Así pues, la solución sería la mesura en la adquisición de las cosas y bienes a nuestro alcance, y el control del ansia de poseer lo que no está a nuestro alcance. Pero, ¿acaso no es cierto que por mucha racionalidad que apliquemos al posesionismo todos somos víctimas y actores de este vicio social? Pues sí. Y es que, aunque digan que la riqueza no da la felicidad, la pobreza aun menos. Por eso, suelo decirle a mis amigos, en plan de broma, que tengo dos objetivos en la vida, el segundo no es ser pobre y el primero tampoco. El equilibrio entre la mesura en la adquisición y la soltura en el desprendimiento sería la fórmula adecuada para resolverte este dilema. Pero no es fácil de lograr. De hecho desprenderse de los restos en una sociedad que genera tantos productos como desperdicios, no es fácil de conseguir, como ocurre en el síndrome de Diógenes.

Vivian Maier May 10, 1953, New York, NY

Botellas, latas, botes vacíos, papeles, comidas, bolsas, ropas, muebles, objetos variados, libros y revistas, cachivaches de cocina, incluso animales. Todo cabe en la casa de un o una “diógenes”, pues son mayoritariamente mujeres las afectadas, por el simple hecho de que viven más y más solas. Esa acumulación es consecuencia del abandono, el aislamiento y la negligencia vital a la que conduce la soledad maligna. Cuando describimos los primeros casos de síndrome de Diógenes[i] era una verdadera rareza, ahora es un lugar común. Esos viejos decrépitos, rodeados de basura y trastos inútiles; esas mujeres medio enterradas en su propia miseria y suciedad. Todos comparten los mismos rasgos: son mayores, viven en un encierro voluntario, acumulan objetos y basura, se aíslan de la sociedad y la familia, descuidan su higiene y alimentación, no se preocupan de su salud, rechazan las ayudas personales o sociales, y, sobre todo, niegan absolutamente su precaria situación. Las causas de dicho comportamiento son complejas. Casi siempre son personas con rasgos peculiares de temperamento, raras, hurañas, sobre los que se añaden la ancianidad y la soledad. Pocas veces padecen un trastorno mental genuino, aunque muchos acaban sufriendo depresiones o demencias. Y también enfermedades somáticas, que van desde simple desnutrición a cánceres incurables. Al final aguarda la muerte por infecciones, desnutrición, carencias y, sobre todo, por simple frío. Hay muchas estadísticas sobre mortalidad en los ancianos, pero ninguna incluye la soledad, aunque esta es una enfermedad grave, que empieza en la indiferencia y acaba en la extinción. Hay muchos tipos de soledad: La soledad deseada y fructífera, la soledad obligada y estéril, la soledad objetiva o subjetiva, y luego está la “soledad maligna”. Esta es como un cáncer que va minando el ánimo, las ganas y el instinto de supervivencia.

Vivian Maier Maxwell Street, Chicago, IL. 1962

Pero aquí no nos interesa la soledad sino la acumulación. Es un rasgo peculiar de los diógenes denominado silogomanía, o manía de acumular desperdicios, desechos, basura. También sufren una manía acumuladora de dinero, llamada pobreza imaginaria, que les lleva sentirse arruinados y a esconder dinero en casa o la pensión íntegra en el banco, y casi nunca gastan nada, por eso a veces cuando mueren se descubre que algunos eran ricos, o al menos tenían suficiente dinero para vivir bien pero nunca lo utilizaron, pues su pobreza no es de bienes, es de espíritu.

Este síndrome está emparentado con otra conducta anómala, aceptada oficialmente como un trastorno mental, denominado trastorno de acumulación, antes conocido como coleccionismo compulsivo. Afecta a personas de cualquier sexo y edad, que no sufren necesariamente soledad maligna, y casi siempre padecen otros problemas mentales, como trastornos depresivos o ansiosos. Su conducta se caracteriza por una llamativa incapacidad para desprenderse de objetos, casi siempre precedida de una adquisición inmoderada de cualquier cosa coleccionable, hasta tal magnitud que la acumulación genera problemas económicos, de habitabilidad en la vivienda e incluso riegos físicos.

Pero, ¿por qué esa manía de adquirir y amontonar cosas inservibles? ¿Qué función tienen los objetos acumulados en la vida de esas personas?

Vivian Maier June 7, 1956. New York, NY

Veamos, hay un viejo refrán que asegura que más vale un por si acaso, que un pensé qué. Y hay un dicho posmoderno que reza déjame ver tu basura y te diré como eres. La primera sentencia es la clave de la acumulación, la segunda la del desprendimiento. Y ambas nos remiten, en un nivel de análisis más culto, al emblemático estudio de Erick Fromm sobre la disyuntiva entre “tener o ser” (1976)[ii].

Asegura el sabio escritor y psicoanalista que cuando el objetivo principal de una persona es tener, es decir conseguir y poseer cosas, objetos riqueza, acaba convirtiéndose en un objeto más. En cambio cuando una persona se centra en ser de verdad, desarrolla una actividad auténtica y valiosa basada en sus propias capacidades e intereses. Citaré un par de párrafos suyos muy ilustrativos:

“El el modo de tener, nuestra felicidad depende de nuestra superioridad sobre los demás, de nuestro poder, y en último término, de nuestra capacidad para conquistar, robar y matar. En el modo de ser, la dicha depende de amar, compartir y dar.

“El modo de ser tiene como requisitos previos la independencia, la libertad y la presencia de la razón crítica. Su característica fundamental es estar activo, y no en el sentido de una actividad exterior, de estar ocupado, sino de una actividad interior, el uso productivo de nuestras facultades, el talento, y la riqueza de los dones que tienen (aunque en varios grados) todos los seres humanos. Esto significa renovarse, crecer, fluir, amar, trascender la prisión del ego aislado, estar activamente interesado, dar”.

Vivian Maier May 5, 1955. New York, NY

Sólo superando el modo de tener que nos ata, podemos alcanzar el modo de ser que nos libera. Pero a muchas personas, en la vorágine posesionista de la sociedad-hipermercado, renunciar al modo de tener les provoca ansiedad e infelicidad, pues los objetos, la riqueza, son un paliativo contra la inseguridad, una extensión del propio yo. Y además las posesiones se asocian a prestigio y poder, es decir, a seguridad social. Lo que realmente necesitamos es un hogar, alimentos, herramientas, ropas, etc., cosas imprescindibles para funcionar adecuadamente en la vida, pero muchas otras cosas son superfluas, ornamentales, decorativas. Las propiedades funcionales son necesarias, pero las ornamentales pueden acabar siendo tan imprescindibles para el ser humano hiper-evolucionado como las otras. Fromm propone que lo importante es poseer sólo aquello que se nos ayuda a vivir y mantenernos activos, y evitar en lo posible lo superfluo que nos lleva a la avaricia, la envidia  y el miedo de perderlo. Pero en una cultura cuya meta suprema es tener, el lujo acaba siendo una necesidad. Fiar la autoestima, la seguridad, la felicidad al hecho de poseer cosas y ostentarlas, puede acabar siendo un problema para las personas que no saben distinguir entre tener y ser. Estas dos formas de #t=193existencia son modos de estar en el mundo que nos remiten a dos estructuras de carácter, que a su vez determinan los pensamientos, sentimientos y actos de los  seres humanos en un círculo que acaba siendo vicioso para los “enfermos” afectados por el virus del hipermercado global. En el modo individual de ser las personas mantienen una vitalidad saludable y contagiosa, se ayudan mutuamente a trascender sobre el egocentrismo cosificante, dejan de intercambiar mercancías, informaciones o riquezas y dialogan en el afecto, la seguridad y el compromiso. En el modo social de ser no importa quién tiene más, sino quien comparte más. Y conste que esa forma de ver la vida humana no es nueva, ya estaba en la esencia de las grandes culturas y religiones. Desde el cinismo griego, al Nuevo Testamento, pasando por el marxismo o el budismo, todos aborrecen la codicia y la ambición que transforman al mundo en un hiperansioso basurero. Y para acabar este ya largo y denso párrafo, déjeme que le recuerde que está basado en un libro que Fromm gestó entre los años cincuenta y setenta, es decir en las décadas iniciales de la posmodernidad. Ahora, medio siglo después, su vigencia es aun mucho mayor. El texto no ha cambiado, pero el contexto sí. Ahora la compra compulsiva, el síndrome de Diógenes y la acumulación morbosa, son la punta del iceberg de un vicio social sumamente extendido, el posesionismo compulsivo, una especie de manía absurda de obtener y guardar, de pillar y acumular, muy por encima de lo necesario y razonable para ser felices. Es como si se necesitase demostrar que se es más hábil que los demás a la hora de conseguir cosas, y más feliz por el hecho de poseerlas. Sus lemas son  obtener para tener y tener para ostentar. Pero su carrera nunca acaba, pues nunca llega a la meta el que confunde los fines con los principios, y los objetos con los objetivos. En el fondo son gentes primitivas, cazadores-recolectores sin evolucionar, tan temerarios por conseguir cosas como temerosos de perderlas, con un espíritu tan pequeño como grande es su saca. Están enfermos de posesionismo compulsivo y sus ansias son inconsolables.

Vivian Maier Undated, Canada

 

*Todas las imágenes son de la fotógrafa norteamericana Vivian Maier.



[i] J. J. de la Gándara: Envejecer en soledad. Ed. Popular, 1995.

[ii] Erick Fromm: ¿Tener o ser? Fondo de Cultura Económica, 1ª edición en español 1978.

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4 Comentarios

  • Si Fromm levantara la cabeza, primero se daría un golpe contra la losa, luego se lamentaría de que escriban su nombre en vikingo y, por último, pondría el grito en el cielo de verse llamado conservador, cuando lo suyo era más bien el jipismo teórico. Pero paz, hermanos.

  • En cuanto a la cuestión que nos traes aquí, Jesús, pienso que lo que llamas “posesionismo” aparece, ahora como en los últimos estertores del Imperio Romano, cuando la cultura reinante se muestra incapaz ya de proponer ningún ideal de virtud. Entonces no queda ya otra cosa que engalanarse de los vivos colores del vacío (el vacío es refractado por el Capital, como en el prisma de Newton). La areté, en cambio, fue el gran tema clásico, su preocupación por antonomasia, y hasta los cristianos tuvieron que adoptarlo por la vía escapista de trasladarlo al hieratismo celeste. Curiosamente, la árete ya era, intrínsecamente, autosuficiente, autárquica, e incluso el propio Dios cristiano es, ante todo, autárquico, lo cual deja fuera la compulsión de adquirir cosas, o experiencias, que sólo podrían desbordar la propia definición, enloqueciéndola. Fue el protestantismo quien cambio esta tradición, pero no inicialmente, lo cual es ya es otra historia. Hoy por hoy, no hay muchos pensadores que reivindiquen la virtud, y todos, hasta donde yo sé, son filósofos. Macintyre, por ejemplo, de un modo algo nostálgico; un primer Deleuze y un último Foucault, muy lateralmente. Lo que vengo a decir es que, mientras que para los clásicos es claro que la felicidad sería un resultado o, cuanto menos, un timbre de la virtud, ahora queremos una felicidad inconsistente, regalada, compuesta de un deshilachamiento de pura sensaciones incontrolables, y así nos va…

  • Óscar. Atinado comentario.
    De hecho este post es parte de un preliminar de un estudio más amplio que estoy empezando sobre vicios y virtudes de la hipormodernidad. Gracias

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