Adiós al lenguaje, la última palabra de Jean-Luc

 

En el año 1970, los Monty Phyton elaboraron un sketch que se zafaba de las películas de la nouvelle vague con tanta inteligencia como respeto. En dicho sketch recogían los motivos recurrentes de aquellas películas y los juntaban con la habilidad de resultar efectivamente paródicos utilizando exactamente el mismo lenguaje que el propio objeto de la parodia.

 

 

A Jean-Luc Godard, principal abanderado y cara más reconocible del movimiento, le debe mucho la Historia del cine. La modernidad, tal y como la conocemos, no habría sido posible sin su actitud contestataria, sin su continua puesta en duda de los lenguajes establecidos, sin su continuo replantearse el hecho cinematográfico. Con 84 años cumplidos, estando más que probada la crucial influencia de su obra, ha sacado a la luz la que probablemente sea su última palabra, y que no por casualidad ha tituladoAdiós al lenguaje. Consecuentemente, la película se adscribe por completo al género poético, el único que tiene su razón de ser en el lenguaje mismo. No tiene, por tanto, ninguna línea argumental sino la conjunción reiterada de un determinado número de elementos, en búsqueda de una cadencia armónica que despierte los sentidos dejando abiertas todas las posibilidades de significado.

 

 

No hay nada más complicado que completar un buen poema. Si su extensión es mínima, puede resultar falto de entidad. Si su extensión es demasiada, la fuerza de sus imágenes más brillantes puede quedar diluida y despojada de sentido. Esto es, precisamente, lo que le sucede al film de Godard. A una persona con tan larga trayectoria rompiendo con todo (incluido él mismo), explorando cauces y vías posibles de expresión, construyendo tentativas de discurso, se le presupone el oficio, y eso lo demuestra con un manejo ejemplar de la imagen y el sonido. Adiós al lenguaje abunda en bruscas distorsiones y fundidos violentos, en cambios constantes de color y textura, en repentinas apariciones y desapariciones de música y de ruido. Todas ellas las dispone y configura Godard con soltura e inteligencia, consciente de que el cine experimental no lo es porque experimente sino porque se experimenta, diferencia importante que él comprende a la perfección. El problema es que manteniendo tan vivas sus ganas de no dejar que el espectador pise nunca terreno firme (irrita y convence a partes iguales), el que acaba por pisarlo es él.

 

Tomo por ejemplo uno de los pilares fundamentales de la película, los compases iniciales de la Marcha Eslava de Tchaikovski. El desafiante motivo que plantean las cuerdas en grave, y que sirve de sustento al tema principal, de carácter oriental, es utilizado insistentemente en la cinta y es siempre interrumpido en diferentes puntos. Godard no es capaz de quebrar el trazo de su propia línea y en ningún momento deja que el tema continúe. El espectador acaba sabiendo que siempre que haga aparición va a ser interrumpido tarde o temprano. Y así sucede. Lo que es en principio un recurso estimulante, acaba convertido en algo previsible y, lo que es peor, cansino. Justo lo opuesto de lo que pretende el realizador francés.

 

 

A mitad de metraje, hace aparición el Allegretto de la Séptima Sinfonía de Beethoven. Una persona con el bagaje cultural de Jean-Luc y tan preocupada por lo que crea, debería tener muy claro que hay que tener extremo cuidado con este movimiento. Introducirlo en una película es jugar muy sucio con las emociones del espectador. Y más cuando dicho espectador conoce las reglas de tu juego y va a estar a la que salte. En Adiós al lenguaje lo somete al mismo tratamiento que a la Marcha Eslava, sin ningún resultado especialmente relevante.

 


Si Godard es un maestro con las armas de la visual y lo sonoro, no lo es tanto cuando se trata del texto, y esto lo viene arrastrando toda la vida. Al igual que otros compañeros suyos de la nueva ola, les aflora la pedantería francesa a la hora de plantear reflexiones escritas y citas literarias. Con un lenguaje por lo general profuso, críptico y engolado, no siempre logra la consonancia precisa con las imágenes a las que acompaña, imponiéndose por encima muchas veces. Además, y esto será cosa de la edad, parece estancado en unas preferencias culturales que a día de hoy distan de ser modernas. Basar parte de su propuesta en juegos de palabras en torno a Mao Zedong y el Che Guevara podría tener gracia en los años 60, pero a día de hoy está bastante caduco. Si vemos ahora Weekend (1967), una de las obras más radicales (e irregulares) de su carrera, se descubre que su discurso político ha quedado totalmente trasnochado, mientras que el archiconocido plano de 8 minutos en el atasco no ha perdido nada de efecto. En general, todo lo interesante que se genera en Adiós al lenguaje en los fragmentos sin presencia humana (es muy acertada, por ejemplo, la escena del perro en torno a la idea de lo solo del animal), se destruye por pura pesadez cuando los los homo sapiens sapiens tomamos el protagonismo. Lejos de ser personajes (se deja claro en la cinta que Godard los odia), son instrumentos de declamación al servicio de su correspondiente escena. Tan pomposo es casi siempre lo que sueltan, y tan absurdas las réplicas, que acaban pareciendo más sacados de la parodia de los Monty Phyton que de una película real del director. Por no hablar de la inútil preponderancia del desnudo o de cierta escena escatológica, en el sentido más detrítico de la palabra, que más que rompedora es de mal gusto.

 

Lo peor de realizar un cine tan exigente con el espectador es que éste acabará por serlo más con tu película, juzgando con bisturí afilado cada uno de tus movimientos, lo cual puede llevarte a cuestionar incluso la moralidad de un solo plano (y de esto también sabe Jean-Luc), en este caso el final, peligrosamente bonito, cercano a lo que sería una postal de Terrence Malick en vez de un desafío de Godard. Lo que le pasa a Adiós al lenguaje es que es como esos poemas largos que por querer reafirmarse tanto, acaban por negarse a sí mismos. Quizá con la mitad de metraje (y sólo dura 70 minutos) hubiera mantenido algo de su poder de sugerencia. Pero tal y como está provoca hastío e indiferencia. Lo más grave que puedo decir respecto a esta última palabra de Jean-Luc es que al verla esperaba encontrar algo intelectualmente estimulante. Y no encontré nada. Pero nada de nada. Rien de rien.

 

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2 Comentarios

  • Godard el alborotador. Yo creo que el efecto bumerán que adviertes en el último Godard ‘Adios al lenguaje’ ha estado siempre presente en su cine, desde ‘Pierrot le fou’ a ‘Bande á parte’; por no hablar de sus trabajos colectivos con el grupo ‘Vertov’, junto a Jean Claude Gorin.
    Ya era visible esa ambivalencia de sus imágenes en su anterior ‘Una verdadera historia del cine’. Donde daba formas de testamento a sus cursos impartidos en Canadá y a su propia trayectoria de director fetiche de todo un movimiento, como la ‘Nouvelle Vague’. Un movimiento capaz de entronizar a Rosellini y hundir a todos los precedentes galos del ‘Cinèma poetique’.
    Un cine, el de la ‘Nouvelle Vague’ que nos ha irritado y nos ha fascinado a partes iguales; pero que sin él no se entendería todo lo que vino después. Un movimiento donde cabían sensibilidades tan diferentes, como las de Truffaut, Rhomer,Rivette o el propio Godard. Un movimiento que aireó otras ideas y otros valores: desde ‘el director es la estrella’ hasta la llamada ‘política de autores’ expedida desde ‘Cahiers de Cinema’. Y esa es parte de la enjundia godardiana: capaz de cierta excelsitud narrativa y primeriza, y capaz de hundirnos en las dudas de su cualidad comunicativa.
    Y sobre todo esa renuncia a una historia narrativa convencional, como la que podría haber llevado, y optar con sus venerables 84 años, a seguir investigando y dudando de todo lo que se cuente. Incluso de uno mismo. Como sugerencia de fin de año, volver a leer el ‘Godard polémico’ de Román Gubern de 1972. Y someterlo a la prueba del algodón.

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