20 años de Internet, I: ¿Ánima Mundi…?

“Internet no es ni una utopía ni una distopía, es el medio en que nosotros nos expresamos –mediante un código de comunicación específico que debemos comprender si pretendemos cambiar nuestra realidad”.

 Manuel Castells, La Galaxia Internet.

 

 Me gusta mucho un fragmento de diálogo de la película Contact, de 1997 (bueno, en realidad me gusta la película entera, y también siento cierta debilidad por su protagonista…), en el que el típico pez gordo que va de majo acaba de pisarle el terreno a Jodie Foster aduciendo el feo argumento de que “Bueno, es que el mundo, a veces, no es justo…”. Ella replica, muy buena chica, y todavía indignada -cito de memoria-, “¡Creí que el mundo era lo que hacíamos de él!”.

Ignoro si estas líneas figuran en la novela original de Carl Sagan; en cualquier caso, se trata de un tipo de afirmación muy norteamericana, en la que cabe a un tiempo todo el pesimismo -respecto del pasado histórico de los demás, claro-, y todo el optimismo -respecto de su propio futuro nacional, por supuesto-, pero, a fin de cuentas, por qué no, fundamentalmente positiva. Porque, en efecto, pienso, como filósofo raruno que soy, que no hay (o no hay ya) un mundo previo a nuestra actuación con él de cuya estructura tengamos que tomar nota como de un guión para ajustar nuestra conducta, como no hay (o no van a haber) mundos estrictamente privados, puestos al margen de aquel que, siendo intrínsecamente plural, se construye colectivamente. La famosa frase de Paul Éluard, que reza “Hay otros mundos, pero están en éste”, puede ser, así, susceptible de ampliarse un poco: hay otros mundos, sí, pero están operando en este. Y el escenario, el milieu, y hasta el escaparate[1] más destacado de esa operatividad en que consiste el mundo es, hoy en día, qué duda cabe, Internet. Y resulta que la Red de redes cumple este naciente 2015 veinte años de vida entre un número siempre creciente de usuarios del planeta, al menos si hay que fechar el suceso tal como lo hace nuestro experto internacional, Manuel Castells, en la pág. 34 del libro citado en epígrafe, y publicado en 2001[2]:

“Así, para mediados de los noventa, Internet estaba ya privatizado y su arquitectura técnica abierta permitía la conexión en red de todas las redes informáticas de cualquier punto del planeta, la world wide web podía funcionar con el software adecuado y había varios navegadores de fácil uso a disposición de los usuarios. A pesar de que Internet estaba ya en la mente de los informáticos desde principios de los sesenta, que en 1969 se había establecido una red de comunicación entre ordenadores y que, desde finales de los años setenta, se habían formado varias comunidades interactivas de científicos y hackers, para la gente, para las empresas y para la sociedad en general, Internet nació en 1995”.

 

 No obstante, creo que algo así como la idea, casi el presentimiento de ello, como casi siempre en Occidente, es muy anterior y pertenece, formulado casi mitológicamente, al padre de toda mística científica, que no es otro que el viejo e inagotable Platón (para no recurrir de nuevo a la memoria, tomo la cita de Wikipedia):

“Por tanto, es de resaltar que este mundo es, de hecho, un ser viviente dotado con alma e inteligencia […] una entidad única y tangible que contiene, a su vez, a todos los seres vivientes del universo, los cuales por naturaleza propia están todos interconectados”. Timeo, 29, 30.

Se trata, para quién viva entregado únicamente al presente, de la concepción antigua, medieval e incluso renacentista del Ánima Mundi, reformulada a fines del s. XIX en los términos más modernos e historicistas de la Noosfera, como expuse ya aquí en un anterior artículo: http://hyperbole.es/2013/12/noticias-desde-la-noosfera/. Pero la cosmovisión del “Alma del Mundo” era todavía demasiado fisicalista, como se ve, para nuestra sensibilidad actual: todos los seres conectados como desde su entraña misma, orgánicamente, entitativamente… mientras que el filósofo árabe Averroes, en cambio, en el s. XII, planteó -a partir de la lectura de Aristóteles, todo hay que decirlo, siempre mucho menos místico que Platón- la urdimbre cósmica de un modo más cercano a nosotros y más intelectual. El gran Averroes, en efecto, decía que el conjunto de las mentes de los seres humanos componen una especie de “Entendimiento Colectivo” que es inmaterial pero eterno, y que explica el porqué todas las almas mortales coinciden en unas mismas ideas en tanto que participan de él. Para Averroes somos individualmente distintos del entendimiento colectivo, y además vamos a morir irremediablemente, pero antes de desaparecer tenemos la capacidad de comprender todas las cosas a partir de unos mismos esquemas conceptuales, cuya finalidad última es proporcionarnos el Conocimiento Absoluto que hará posible, tarde o temprano, el Bien de toda la Humanidad.

 

La doctrina de Averroes fue, naturalmente -hay que recordar que entonces los integristas éramos nosotros…-, prohibida por la Iglesia medieval europea representada en París, y Tomás de Aquino fue lanzado como un Torpedo de Dios para hundirla por su línea de flotación, sin reparar en  daños colaterales. No obstante, era una idea bonita, después de todo, cuyos ecos perviven, me parece a mí, aunque desprovistos ya de metafísicas de cualquier clase, en el espíritu de la Deconstrucción derridadiana o en las tesis semiológicas de Roland Barthes acerca de “la muerte del Autor”. Tales escuelas francesas relativamente recientes entienden también, si no me equivoco, que nadie es original, que toda novedad no es más que una impronta, una huella, dejada por rastros precedentes y que toda Cultura histórica termina por ser una suerte de gigantesco Hipervínculo. Internet, precisamente, no tiene autor definido, como veremos, y aunque pudiese tratarse de algo semejante al averroista “entendimiento colectivo”, lo que me temo que, por suerte o por desgracia, no es el caso, lo cierto es que se encuentra tan lleno de basura, publicidad, fobias, pornografía e intereses espurios (hay quien dice, por cierto, que sólo es accesible públicamente un 20% del verdadero contenido de la Red; el resto, la “Deep web” o “Dark web”, permanecería en su mayoría oculto como la base de un iceberg en el mar helado), que resultaría de todo ello una mega-mente ciertamente banal, como buen espejo de lo que actualmente somos.

En España, no sólo Castells, desde la Sociología, sino también Javier Echeverría, desde un enfoque más filosófico, llevan años teorizando la transformación que suponen las nuevas tecnologías de la Sociedad de la Información y de las Telecomunicaciones, como la llaman. A mí, personalmente, no me gusta demasiado la teoría de “Telépolis”, que Echeverría ha desarrollado al menos en tres libros consecutivos durante los años noventa. Encuentro que da demasiada coba a las empresas, que tendrían en su visión derecho a secretos tecnológicos privados y, por tanto, a un gran poder no compartido, y, además, termina siendo, como la idea de la Noosfera y otras parecidas, de un historicismo casi insoportable y prácticamente trasnochado. Lo mismo le pasa, según he visto por ahí -no la he leído, y alabo grandemente al que lo haya hecho-, a Castells en su monumental trilogía sobre La era de la información, que, según dicen, se inspira en Alvin Toffler y muchos otros a los que gusta tanto jugar a la futurología en base a una retórica de “nuevas eras”, triadas históricas y pares pitagóricos de opuestos que la cosa acaba por parecerse más a un Hegel convertido a la magia que a ciencia propiamente dicha[3]. Porque si es verdad, como exclama Jodie Foster, que el mundo es lo que nosotros hacemos de él, que no nos vengan entonces con esas evoluciones, gradualismos, mutaciones u otros macroprocesos imaginarios según los cuales los cambios están en cierto modo sucediendo por encima de nosotros y lo que nos cabe hacer no es más que acoplarnos feliz y pasivamente a ellos…

 

No obstante, y aunque Echeverría es a su manera interesante, me quedo con Castells, que se me antoja más riguroso, más concreto y más ceñido a los datos. En la breve historia de la génesis de Internet que aporta al inicio del libro citado el lector profano se topa con un gran baile de siglas que si no conoce de antemano le resultara muy difícil de retener. Pero la conclusión es clara: Internet tiene muchos padres, en la figura de personalidades concretas, instituciones determinadas y organismos diversos, la gran mayoría de ellos norteamericanos[4], de ambiente intelectual y cultura a menudo alternativa. Aquí sólo puedo resumir de un modo casi insultante, empezando por lo más sabido de todo, que es el hecho de que Internet comenzó como ARPANET, red financiada por un Ministerio de Defensa norteamericano que pretendía, en plena Guerra Fría, diseminar en múltiples nodos la información militar secreta y las ordenes de mando en caso de contienda nuclear. Es decir, que si un bonito pepinazo cayese en un cierto lugar clave, sólo habría que lamentar pérdidas materiales y humanas. Pero pronto este poco humanitario designio estratégico inicial se debilitó y pasó a segundo plano, y, como señala Castells en la pág. 36, “lo que la documentación relevante sugiere es que los científicos informáticos, en la vanguardia de un nuevo campo de estudio (la conexión informática en red) usaron al Departamento de Defensa para financiar las investigaciones sobre informática en todo el sistema universitario de investigación, hasta tal punto que, en los años sesenta y setenta, la mayor parte de de la financiación en informática en Estados Unidos provenía de ARPA (situación que perduraba aún en el año 2000)”.

A lo que añade, en la página siguiente: “De acuerdo con la tradición investigadora universitaria, los creadores de ARPANET incluyeron a los estudiantes de doctorado en las tareas centrales de diseño de la red, en una atmósfera totalmente relajada, sin consideraciones de seguridad. Así, los estudiantes utilizaban ARPANET para sus chats personales y, según se cuenta, incluso para intercambiar mensajes sobre dónde encontrar marihuana”.

Por tanto, “Las semillas de Internet se plantaron en la tierra incierta de los espacios relativamente libres, pero ricos en recursos, proporcionados por ARPA, las universidades, los think-thanks innovadores y los grandes centros de investigación. (pág. 42)”.

 

 Esas semillas germinaron y crecieron gracias a un gran número de organizaciones, iniciativas individuales y sociedades creadas al efecto que consiguieron generar una arquitectura abierta, unificar los protocolos y mantener relativamente libre Internet. Castells las enumera diacrónicamente con todo lujo de detalles. Entre los nombres propios que concurrieron a este parto inaudito, he destacado, por motivos simbólicos, en las imágenes que acompañan estas palabras, los de Richard Stallman, que desde una posición política muy acusada inició el copyleft, Linus Torvalds, que arrancó el prodigioso sistema operativo Linux, Tim Berners-Lee, que estableció en 1991 la World Wide Web, y Jon Postel (acompañado de unos camaradas), que organizó los dominios hasta el día de su muerte. Pero hay muchos otros nombres, es más: siguen surgiendo nuevos nombres, a cara descubierta o bajo un alias, desarrollando en una dirección u otra la Red o utilizándola francamente como campo de batalla. Hoy mismo, que escribo esto, es noticia que Corea de Norte ha sufrido un apagón de unas horas en Internet seguramente a causa del ciberataque que desde allí se perpetró sobre Sony Pictures. También leo, en un contexto mucho más pequeño, que la alcaldesa de Alicante ha dimitido por Facebook. En estos dos ejemplos tomados de un sólo día pueden medirse las dimensiones de un fenómeno que se ha convertido en el leitmotiv de nuestra vida diaria en el vertiginoso plazo de veinte años. Es cierto que el Ciberespacio, como apuntaba hace ya tiempo Vicente Verdú en El planeta americano, sigue siendo Ciber-Usa, puesto que son ellos quienes poseen en su propio territorio la mayoría de los servidores de los que se surte el resto del mundo (además del hecho de que la inmensa mayoría de las páginas estén en inglés). Es cierto también que la irrupción de Internet ha producido y va a producir muchos problemas para ser adaptado a las poblaciones y regiones más deprimidas del globo, ya que él, por su parte, no parece que vaya a “consentir” adaptarse fácilmente a las condiciones de ellas. Y es cierto, por último, que muchos continuamos siendo totalmente analfabetos tecnólogicamente hablando, con la consecuencia de que nos hallamos indefensos en manos de agentes en la sombra más listos que nosotros que nos la van a jugar de mil maneras. Pero lo que parece incuestionable es que Internet ha sido algo a la vez querido e imprevisto que ha llegado para quedarse, así que habrá que pensar muy seriamente cómo queremos vivir en adelante con la esa “nube” cerniéndose sobre nuestras cabezas.

 

Yo no me puedo creer de verdad que existan “Eras” epifánicas, ni nuevos “Entornos” claramente diferenciados, ni “Almas del Mundo” o “Entendimientos Colectivos”: todo eso me suena a milongas mitológicas, cuando no directamente ideológicas. Pero tampoco me creo lo contrario: que Internet sea solamente una “herramienta” distinta, recién estrenada, que está ahí para servirnos en pos de una maravillosa existencia futurista. Internet es, antes que nada, el poder de la información (el “la información es poder” del 1984 de Orwell), e Internet será lo que nosotros hagamos de Internet, pace Jodie Foster. Internet aún no tiene naturaleza propia, si es que algún día llega realmente a tenerla: la Red, como señala insistentemente Castells, es autoproducida por sus propios usuarios, de manera que consiste, por consiguiente, en algo todavía por hacer, o, por decirlo grandilocuentemente, en un reto global.

Por ello mismo hay que seguir preguntándose por su función, o sus funciones, en el momento actual, a través de una siguiente entrega, o, al menos, eso se dispone a hacer el que esto suscribe.


[1]“Escaparate” es, precisamente, una de las traducciones posibles -la más informal, quizá- del Gestell heideggeriano presentado en la conferencia de La pregunta por la técnica de 1953. Pero, además, como encuentro en una página anómima de Internet: La complejidad del término lo hace prácticamente intraducible, proponiéndose a tal fin infinidad de términos: dis-posición, artefacto, dis-positivo, dis-posición, estructura de emplazamiento, estructura de dispositivos, ins-talación, en-granaje, or-ganización, ins-pección, dis-ponibilidad… Nosotros hemos optado por im-posición. No voy a meterme ahora en este lío, pero puede pensarse que la aparición y uso masivo de Internet por las personas, las empresas y los Estados supone la confirmación de aquel pronóstico de los tempranos años cincuenta: el mundo en cuanto procesado por la técnica como el escaparate de todo, absolutamente todo, en tanto que imagen computable, utilizable, consumible, reproducible…

[2] Pero traducido al castellano para “i de bolsillo” en 2003, que es la edición que manejo.

[3]  El “Tercer Entorno” de Echeverría, en, por ejemplo, http://www.uv.es/~econinfo/consupro/3e.htm.

[4] Otra cuestión delicada, que no tengo fuerzas ni conocimientos para tratar aquí, sería la de preguntarse si en cualquier otro país que no fuera el líder del capitalismo podría haberse liberado la riqueza material y el caldo de cultivo intelectual necesarios para engendrar algo como Internet. Castells hace un juicio de oportunidad histórica, en la pág. 39: En los años ochenta, cuando se hizo evidente que Estados Unidos había conseguido alcanzar una notable superioridad tecnológica en armas convencionales, especialmente en electrónica y comunicaciones, la estrategia militar de la Unión Soviética quedó reducida a la dudosa opción de una guerra nuclear a gran escala.

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