Elogio y teoría del fan

 “Todo ser es un intento de apoteosis”.

José Ortega y Gasset.          

 

 

 

En puridad, no existe nada ni nadie sobre la faz de la tierra que realmente merezca la entrega incondicional que le profesa su “fan”, y por eso el fan tiene siempre sobradamente más valor humano e incluso cósmico que el ídolo al que venera, aquí tanto como en Pekín o como en Lepe. Al fin y al cabo, como su propio nombre indica, el “ídolo” adorado tan sólo es una imagen, y si sabemos algo más acerca del individuo o la entidad que se esconde tras de ella es gracias a la dedicación infatigable del fan. Éste seguirá las andanzas de su objeto de veneración suceda lo que suceda, de manera que para el verdadero fan (no hablamos aquí del picoteador de las modas pasajeras), los altibajos de su estrella suponen toda una escuela de la vida. Por supuesto que el fan puede tergiversar o aprender mal las lecciones de esa escuela, y de ahí los ultras del fútbol, los viejos tostones del Garci, los sollozos histéricos de las seguidoras de cualquier pintudo Chayanne, o esos imbéciles que se metían un pico para imitar a su rockero preferido[1]. Son excesos a los que está expuesto cualquier amor desmedido, pero ante ellos hay que recordar lo que decía Nietzsche de que sólo el amor es objetivo[2], una paradoja para la forma de pensar actual que únicamente viene a decir que tu mayor enamorado es quien mejor y más profundamente te conoce. Y precisamente porque te conoce y quiere eso que conoce, percibe el menor cambio que se produzca en el alto concepto que se ha hecho de ti, con el resultado de que se convierte inevitablemente en tu más fiero crítico. Pues bien, aceptado esto, damos en entender que el fan excesivo no es entonces un fan en toda regla, al perder la conveniente medida que le exige su propio amor: para él, todo lo que provenga de su ídolo es necesariamente grandioso, y como consecuencia o bien se ciega voluntariamente a sus frecuentes caídas y vergüenzas, o bien reniega completamente de él cuando éstas se producen –tiene lugar, entonces, la figura del “ídolo con pies de barro”. Mal hecho, en mi opinión, porque si el amor bien dirigido requiere ineludiblemente crítica es a sabiendas de que al revés no funciona, ya que de la crítica puesta de entrada no nace ningún amor apasionado (a no ser que pensemos como los románticos que el talento se reconoce por desafiar toda crítica, pero…¿quién se puede creer realmente esto hoy más que los marchantes de arte?) De modo que el fan cabal ama contra viento y marea, de acuerdo, pero debe discernir muy claramente cuándo es viento y cuándo marea, o se quedará en simple fan… toche.

 

 

Desde luego no es posible negar que el fan es siempre quiera o no algo fantoche, pero tampoco es discutible que el fenómeno de su predilección todavía lo es más en cualesquiera de los casos. Se argüirá que, al menos, el ídolo, sea animal, hombre, cosa o supercosa (piénsese en las religiones…), tiene su propia e irrepetible personalidad, mientras que el fan no es más que burdo cántaro vacío que busca llenarse donde sea, preferiblemente donde lo hace la mayoría. Error no por común menos errado o erróneo. Justamente el dichoso ídolo es el esclavo más amarrado hasta la muerte a su propia imagen, mientras que el fan, en cambio, es quien saca generosamente de sí mismo para alimentar a la bestia[3]. Si desnudásemos a ambos y los contempláramos tal y como son en carne y hueso[4], el primero se nos presentaría como una triste y cascada realidad continuamente a punto de matarse a sí misma para al fin descansar, al tiempo que en el segundo veríamos al sensible y sano artífice que hace de las cenizas que va dejando aquel nueva y pujante vida. Frente a tal constatación, el hecho de que el fan pertenezca habitualmente a alguna clase de colectivo carece prácticamente de importancia, puesto que es precisamente la compañía lo que fortalece su devoción y la arrebata del mundo de los espectros[5]. El fan está, por ello, más allá del individualismo contemporáneo, y hasta se podría afirmar que vive en una suerte de limbo utópico donde habitan los felices de compartir su loca afición –la afición puede ser loca, el aficionado no, parafraseando a Chesterton. Cualquier taxista de la gleba sobrellevaría peor su duro y monótono trabajo sin la radio que le procura acceso ilimitado al país del fútbol, donde pululan los duendes saltarines del flujo informativo ininterrumpido acerca de las gracias y desgracias del ídolo. Ese mismo hincha sedentario hace su quiniela tanto por la natural codicia del premio como por la ilusión de acertar en sus elaboradas previsiones. Y es que la idolatría del fan le dota de un potente discurso racional[6], como un doblemente nuevo Prometeo (después del de Mary Shelley), que él usa como si acabase de nacer ayer sin que verdaderamente le aproveche en nada práctico. En esa Graceland del fan no hay más ganancias reales que las de un perenne entusiasmo que sazona la vida sin interferir con ella, ni más discordancias que las que adornan el canto desafinado de un coro ingente a la gloría del ídolo –el que quiera obtener algo menos espiritual que eso que se vaya al bingo, a la Bolsa o al casino.

     

Hay, por todo ello, una cierta apoteosis del hombre de masas que únicamente le viene dada en su condición de fan. Las tonterías aristocratizantes que escribió Ortega en su famoso libro sobre la rebelión de las mismas hallan aquí su realización afectiva y su punto milagroso de equilibrio. No se puede olvidar, además, que algunos fans (si es correcto este plural) han trocado su tributo en envidia y ésta en emulación: así Julio César cuando a sus improductivos cuarenta años lloraba con la lectura de las proezas del bisoño Alejandro el Magno –o “el Maño”, como dicen algunos. Pero estos son los menos, y también los menos representativos. El fan vulgar no es vulgar en tanto fan. Tan sólo nos atreveríamos a recomendarle que ponga su altar a varias deidades, por aquello de que no es prudente colocar todos los huevos en el mismo cesto. Importa poco: él hará lo que le venga en gana, utilizando su feuerbachiano don de forjar divinidades como el medio social o el capricho le dicten. El fan encarna un eterno elogio al elogio, que tanta falta nos hace, y por eso creo que lo merece  él mismo.

 

 


[1]Estamos pensando en el juvenil auditorio de Lou Reed cuando cantaba Heroin fingiendo un chute en directo, pero también vale para el mismísimo John Coltrane o Miles Davis, que no pudieron por menos que camaleonizar la adicción de Charlie Parker cuando tocaban juntos a ver si por mágica simpatía en el vicio se le pegaba algo del peculiar genio de jazzman.

[2]Al igual que con la cita de Ortega, no soy capaces de recordar dónde. No se piense que como fan dejo mucho que desear, es que lo soy con la debida moderación que defiendo a continuación.

[3] Esa bestia insaciable que es una de las caras del ídolo es como el Gólem de la tradición rabínica. En efecto, el Gólem no tiene alma, sino que la tiene aquel que le infunde vida, al cual hace grandes servicios hasta que fuera de control se torna una fuerza destructiva que se vuelve incluso contra su mismo creador. ¡Cuanto político ha sido Gólem!

[4]Expresión tan cara a Unamuno, que le aportó bien poca cosa, máxime cuando me temo que la tomó de Bergson. Entre la intelectualidad o el artisteo el fan suele manifestarse patológicamente disimulando las influencias.

[5]Hay quien dirá que la excepción a esta regla son los frikis, dado que sólo provocan su precario fervor los iconos más minoritarios y ridículos, a los que abandonan en cuanto amplían su radio de acción imaginario, pero un simple vistazo a tales especimenes nos desengañará de esta opinión.

[6]Lo que en el fútbol nos produce esa impresión tan acusada de manada de filósofos de la cosa, aumenta con otros deportes como el ciclismo, en el cual casi todo es enteramente discurso y no espectáculo. Eso que se dice de que el día que tu ídolo es más joven que tú es que ya estás viejo, convierte en ancianos a todos los seguidores del deporte.

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