Aviso a domicilio

 

1

 

El sol había salido de pronto, tras muchos días grises y alguno lluvioso, con lo que parecía más dulce iluminando la mañana de primavera. Miró su sombra acompañándolo en el paseo bordeado por bancos vacíos y rosales que pugnaban por brotar entre setos desmochados y algunos veladores con gente que ya tomaba cerveza. Miró sus zapatos azules y oyó el sonido del teléfono: estaba de “puesto” para todo lo que surgiera en la calle. “Por suerte el aviso está muy cerca”, pensó con un cierto hastío. Otra tontería más.

Buscó la calle en el teléfono y siguió los pasos de la burbujita azul que perseguía a una roja. Un hombre le tocó el hombro. Vendía cupones de la ONCE y cojeaba un poco. Le dijo “no gracias”, pero luego lo llamo de inmediato. “Dame uno, es viernes, quizá haya suerte”. El hombre tartamudeó bajo su barba muy cerrada y dijo algo amable pero que no entendió. Por fin encontró la casa baja, justo al final del paseo. Era un barrio de trabajadores, la mayoría albañiles que se habían conseguido construir una casa humilde, pero digna, hacía unos cuarenta años. Tenía un pequeño patio embaldosado a la entrada y una puerta baja con la que casi se rozó la cabeza, cuando la vieja que le abrió consiguió desatascar la cadena.

 

4

 

“Que le ocurre” dijo con una voz neutra, de todoterreno de tantos años que ya sabe que es mejor no discutir. La siguió hasta un comedor con una mesa camilla llena de medicinas y una caja abierta de crema Nivea con la huella de unos dedos. Estaba sola. Comenzó a sollozar. “Estoy muy mala, sólo le pido a Dios que me lleve pronto”, le dijo. La televisión estaba apagada y en la estantería de al lado sonreía la fotografía desvaída de un joven vestido de militar, con bigote y boina. En un cenicero había tres colillas y un paquete arrugado de Ducados. Percibió su olor ácido y sucio que le movió algo doloroso en el vientre.

“Tos, falta de aire, me quiero morir, no me quiere el que vive ahí al lado, estoy sola”, decía la mujer sollozando tras sus gafillas llenas de salpicaduras blancas, retorciendose las manos y estirando una manga de su bata de felpa. Por la ventaja el sol trataba de entrar en el comedor y hacia cantar a un canario que se agitaba en una esquina, dentro de una jaula blanca salpicada de excrementos. Le cogió un dedo para “el pulsi ” y saturaba a 98, la auscultó y el aire entraba y salía de sus pulmones sin ruidos sospechosos. No tenía fiebre. La tensión estaba bien, pero ella gemía cada vez más hasta echarse a llorar abiertamente, como si se hubiera roto algún dique y las lágrimas comenzaran a desbordarse.

 

3

 

“No me quiere, lo mejor es que me muera” decía, mientras buscaba un pañuelo arrugado en el bolsillo y se limpiaba los mocos. Luego se colocó un alfiler en el camisón, muy cerca del cuello, como para ocultar algo valioso. Él se puso a escribir el informe. “Otro jodido catarro. Uno mas, lo de siempre. La gente que llama por todo”. Colocó las cosas en el maletín y percibió de nuevo ese olor que le pellizcaba algo en algún lugar muy doloroso, muy incómodo muy triste. Ella tenía ochenta y tantos años. Pensó que él ya tenía casi sesenta y miró a la ventana buscando algo en el sol que se reflejaba en una azalea casi marchita.

Ya se iba cuando miró a la pared verde manzana. Había una foto en blanco y negro: dos mujeres jóvenes, sonrientes, con diademas en el pelo, apoyadas en un “escarabajo” descapotable y con el mar al fondo. También un niño con flequillo y una camiseta a rayas con una pala en la mano. Se dió cuenta que no había reparado en como se llamaba. La miró de nuevo, bajita, sollozando, acariciando la muerte con sus manos suaves de Nivea.

“Eres Blanca, la amiga de mamá”. Ella lo miró con los ojos fijos, desbordados en lágrimas y le dijo. “Creí que ya te habías olvidado de todo”.

 

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Fotografías de Guillermo González Granda

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