Billie Holliday, cien años

 

Busco inútilmente una foto de Marilyn con Billie, creía haberla visto hace muchos años o tal vez sólo leí en la biografía de Kazan que Marilyn iba algunas noches a escucharla cuando necesitaba consolarse de algo o protegerse de sus propios fantasmas quizá tan parecidos a los de Billie. Dos mujeres cuya luz brotaba de la amenaza constante de la oscuridad.

 

 

La voz de Billie, como una caricia alentadora, aunque sus letras hablen de infiernos de injusticia y desamor,  la extraña alegría vital que sigue brotando en cualquier radio del mundo desde entonces, como un bálsamo para los corazones heridos o como un impulso para los sueños de los chicas que quieren escaparse a ciudades lejanas para ser muy felices con amores imposibles que las harán llorar.

Billie cantando en cualquier club perdido entre neones rosas, dando sentido a las copas de los hombres solos que no ocupan su lugar en el mundo y miran con los ojos perdidos. La música de los que no ganarán nunca pero no quieren morirse todavía, animados por esa voz que construye un refugio  azul y hace brotar la esperanza.

 La tragedia que late siempre al fondo y subraya la intensidad de la vida al convertirla en música o palabras que quizá no son suficientes, pero quizá sí, al menos todavía…

 

 

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