Relatividad General y Principio Antrópico

La risa de los dioses hace naufragar a quien intente proclamarse juez en el campo de la Verdad y del Conocimiento.

Aforismos para Leo Baeck, Albert Einstein, 23-05-1953.

Einstein

Soy el maniático de los aniversarios, pero en esta oportunidad hay que reconocer que la ocasión lo merece sobradamente. Se trata del centenario de la publicación por Einstein de la Teoría de la Relatividad General, en 1915, diez años después de la irrupción de la Teoría de la Relatividad Especial, como quien no quiere la cosa y germinando en la misma prodigiosa cabeza: Física, digamos, de Autor. También el paradigma que por causa de Einstein quedó ya para siempre subordinado, la vieja Mecánica Clásica, era, en cierto modo, Física de Autor. Es verdad que la Mecánica como tal tuvo muchos padres, pero fue Isaac Newton el que una y otra vez recabó y recabará el reconocimiento de remachador definitivo del modelo, por cuanto que acertó a capturar en una sola fórmula maravillosamente sencilla la unificación del mundo sublunar y el mundo supralunar. Sin embargo, Newton (que, aparte, era un gran antipático y hasta institucionalmente peligroso…) había realizado aquella soldadura histórica sobre el dualismo aristotélico valiéndose de un concepto más que problemático, tanto que fuera ya objeto de polémicas en la propia vida del inglés: la Fuerza de Gravedad. Ahora sabemos que la Fuerza de la Gravedad le fue inspirada a Newton por la mente extraordinariamente creativa de Robert Hooke, y que el propio Newton era muy aficionado a la Alquimia renacentista, hasta el punto de que está bien documentado que dedicó más tiempo, lecturas y palabras por escrito a la Alquimia que a la Física o a la Óptica que se honran todavía con su firma. Sólo así se puede comprender que prestara fe a una idea tan primitiva como la de la Fuerza Gravitatoria, que tiene mucho de mágica, quimérica y misteriosa desde los propios presupuestos de la Mecánica de Galileo o Descartes. Si tenemos a la Luna allá arriba, claramente separada de la Tierra que pisamos, no hay manera de comprender bien qué suerte de “mano invisible”, por sacar de contexto la expresión de Adam Smith, emerge de la masa lunar, atraviesa el espacio intermedio entre los dos cuerpos en un instante, y, aferrando fuertemente de los fondos marinos, tira hacia sí de las mareas. Una “acción a distancia” entre dos cuerpos que no tienen contacto entre sí, para colmo instantánea, es decir, cuya velocidad debe concebirse como infinita, es un disparate conceptual intolerable para la seriedad científica que pretende la Física Moderna. Pero como la Ley de la Gravitación Universal es tan simple, tan eficaz y tan formidable, se pasó por alto esa especie de material de contrabando alquímico del genio misantrópico de Newton durante algo más de dos siglos. Hasta que, inevitablemente, se vino abajo gracias precisamente a la publicación de la Teoría de la Relatividad General, llevándose consigo el resto del imponente edifico newtoniano huérfano ya de la argamasa fantasmagórica con la que sostenía sus cimientos. Los siguientes vídeos, que encuentro que sobresalen en Youtube entre una barahúnda de bagatelas divulgativas, informan, creo yo, de  un modo entretenido, breve y riguroso sobre ello:

 

 

En realidad, ya Aristóteles y Leibniz (seguramente también Galileo) habían concebido el espacio y el tiempo de manera relativista, puesto que, para ellos, no existía un marco previo de espacio y tiempo geométricos -el tiempo también es geométrico para Newton, ya que se trata como una línea temporal de sucesión de puntos adimensionales o instantes- en el cual se alojase e interactuase la materia. No: los tres entendían, aunque desde diferentes esquemas conceptuales, que únicamente hay espacio en tanto distancia creada entre cuerpos, y que hay tiempo únicamente en tanto que hay movimiento medible temporalmente. Por tanto, si el universo entero se destruyese repentinamente, la ausencia de materia significaría el final, asimismo, del espacio y el tiempo, mientras que para Newton espacio y tiempo subsistirían, vacíos, eternamente. Porque Newton piensa el espacio y el tiempo como continentes absolutos de un contenido variable en su forma, y el continente no puede ser destruido de ningún modo, primero, porque nada hay ni puede haber fuera de él, y, segundo, porque la pura geometría no es corpórea, sino condición de la corporeidad de la materia. Desde ahí, el paso siguiente era claramente el de explicar en qué consiste realmente esa suerte de geometría viviente del espacio y del tiempo, ya que Newton había dado una respuesta teológica extravagante: espacio y tiempo infinitos son, para él, los órganos de percepción de un ser igualmente infinito, que es, naturalmente, Dios. Como tal afirmación es poco admisible, el paso lo dio, una centuria más tarde, Kant, estableciendo que espacio y tiempo absoluto son eso, “condiciones”, pero condiciones de la Sensibilidad Trascendental, es decir, de la percepción no de Dios, sino del Sujeto humano de -o en funciones de– Conocimiento. Si yo quiero, por ejemplo, comprender científicamente, y no sólo emocionalmente, la experiencia confusa y trepidante de subirme a una montaña rusa, lo primero que tengo que hacer es bajarme de la misma, serenarme, y a continuación enmarcar el recorrido que mi cuerpo ha realizado por el sinuoso artefacto en términos de espacio y tiempo geométricos: por ejemplo, durante el minuto 2 he ascendido a 60 km/hora por un ángulo de 45 grados desde la horizontal, etc. No es que espacio y tiempo geométricos sean reales, substantivos, como creía Newton, por consiguiente, es que sin ellos la Razón es incapaz de procesar científicamente experiencia alguna, y por eso la Física de Newton, entre otras cosas, triunfó tan espectacularmente al hacer uso de ellos, según Kant.

espaciotiempo

Einstein había leído la Crítica de la Razón Pura de Kant a los trece años, pero luego trabó conocimiento de las llamadas geometrías no-euclídeas descubiertas por los matemáticos en el siglo XIX, que precisamente quitaban en parte la razón a Kant y a los kantianos (y había montones de kantianos entre los físicos, también a principios del s. XX). Unas geometrías que van mucho más allá de la geometría tridimensional plana tradicional y que son, sin embargo, matemáticamente consistentes y no una locura arbitraria, parecían echar por tierra la tesis kantiana de que la Sensibilidad Trascendental actúa únicamente en base a juicios sintéticos a priori esclarecidos por el viejo tratado de Euclides. El problema de las geometrías no-euclídeas, desde un punto de vista kantiano, no es que no puedan ser entendidas, como decían los primeros detractores de Einstein, sino, más bien, que no pueden ser imaginadas. Así, un matemático muy didáctico y paciente podrá hacernos comprender que tiene sentido un planteamiento geométrico que parta de la peregrina idea de que por un punto ajeno a una recta pasan infinitas paralelas, lo que no podrá conseguir es que lo imaginemos. En este punto Kant tenía una cierta razón, pues, después de todo: una geometría tetradimensional riemanniana, como es la adoptada por la Teoría de la Relatividad (escogiéndola entre muchas otras posibles, por cierto), es imposible de construir como una imagen asimilable en nuestras mentes, o, como lo expresaría Kant, imposible de trazar en la Imaginación Trascendental. Por no hablar ya de la desaparición que Einstein ejecuta del concepto de simultaneidad temporal. Dentro de cierto umbral, que un suceso haya tenido lugar antes, a la vez o después de otro depende de la posición y el movimiento del observador. Tan sólo un choque de dos objetos puede decirse simultáneo respecot de cualquier sistema de referencia, pero, claro, eso ya no son dos hechos, sino uno. Pero, ya dentro de la Relatividad propiamente General, la curvatura del espacio-tiempo es todavía más inintuible en los parámetros kantianos, y sumamente chocante desde el cuadro de la Física de Newton. Pues de lo que se trata ahora es de que es el continente, no el contenido, lo que se curva, pliega, arruga, de manera que, en realidad, la Tierra siempre ha seguido una línea recta, como corresponde al Principio de Inercia de la Mecánica Clásica, lo que ocurre es que lo hace en una línea recta que la masa del Sol mantiene orbitando en torno a él, o sea, en una línea recta que se cierra sobre sí misma sin dejar de ser recta. A este fenómeno se le denomina “geodésica“, y, de nuevo, conviene entenderlo, pero quien intente hacerse una imagen mental de él pierde su tiempo, no importa ahora si su tiempo absoluto o su tiempo relativo…

Decimos, pues, que la masa de el Sol curva el espacio-tiempo no/euclideo a su alrededor. Newton afirmaba que la Tierra gira en su órbita atractiva; en realidad, como he señalado, sigue en línea recta uniforme, aunque en una línea espacio-temporal en grado de curvatura que es la mencionada geodésica. De la mano de la Relatividad General, pues, una geodésica es ahora el camino más recto entre dos puntos, si bien a la vez el más largo (y en el que, por cierto, se invierte más tiempo según su propio reloj interno: a esto se le denomina chuscamente “ley de la pereza cósmica”). La mayoría de los físicos actuales coinciden en que la distorsión se propaga como una onda a la velocidad de la luz asociada a una partícula muy determinada, el “gravitón”, que transmite curvatura o que es ella misma un “pedazo” de curvatura del espacio-tiempo. A mí esto se me escapa ya por completo, y seguro que no soy el único. Lo que me importa entonces en este momento es que parece que Einstein no alteró las coordenadas fundamentales de compresión del Mecanicismo Clásico, sino que las llevó más allá deformándolas, relativizándolas, conforme al dictado del dato sorprendente del comportamiento absoluto de la luz. La Fuerza de Gravedad desaparece de escena porque las leyes del universo se tornan todavía más geométricas de lo que ya lo eran con Newton, y entonces, sencillamente, no ha lugar. Einstein significa que lo que para Newton eran constantes se tornan variables a fin de de que el Mecanicismo llegue a su consumación total. “Relatividad”, como es sabido, no significa la ocurrencia aquella de que “todo es relativo”, que bien podría ser una forma popular del pensamiento sofístico del viejo Protágoras de Abdera; “relatividad”, precisamente, significa que tiempo, longitud, aceleración, reposo, peso, etc., han de transformarse en factores relativos a un sistema inercial dado para que puedan establecerse leyes físicas válidas para todos los sistemas inerciales posibles. Y “Relatividad General” fue, en concreto, la manera en la que Einstein introdujo la aceleración como un caso más de efecto inercial, al margen de presuntas fuerzas que proceden de épocas pre-modernas. Galileo Galilei (fue él, y no Hipatia de Alejandría, como se ve en la película Ágora, quién concibió y sacó rendimiento científico a la idea de los sistemas inerciales), como decimos hoy, hubiese alucinado…

Ahora, creo no hay, sin embargo, una relatividad relativa a la propia Relatividad. Quiero decir que la Física que este año cumple un siglo no ha modificado tampoco los valores extra-científicos asociados al Mecanicismo Clásico. Al igual que un mismo suceso cambia dependiendo del observador, pero todas sus perspectivas son exactas respecto al absoluto de su leyes de relación (hechas posibles por la magnitud intocable de la velocidad de la luz)… ¿porqué el Universo mismo como tal, y por analogía, no iba a poder ser valorado igualmente dependiendo del observador, de manera que no haya motivo real para secundar la ideología moderna de la insignificancia del hombre en la insignificante Tierra, tan sólo una mota en el océano cósmico, como nos dicen? Esto último sólo es cierto, me parece, como sobrecompensación exagerada del recuerdo del geocentrismo (que es, por otro lado, anterior al cristianismo). Cuando los científicos barrocos e ilustrados tuvieron que sacar una conclusión existencial de la nueva cosmovisión física del Universo, se vieron en la necesidad de enfrentarse a la religión, sea Iglesia católica o sean confesiones protestantes diversas, lo cual hizo que pusieran las cosas del revés lo más que pudieron. Ya la Tierra no está en el centro, el Universo es inmenso, por tanto no somos nada. Pero la teoría de Einstein no obliga ni conduce, en mi opinión, de ningún modo a estos extremos, más en tanto que todavía pueda contener adherencias ideológicas de estirpe libertina. De hecho, bien puede todavía valorarse libremente a la Tierra, ese planeta excepcional de entre los que conocemos, como centro, como nuestro centro, cuando menos, al igual que, desde el punto de vista de la Relatividad, también puede tomarse libremente a la Tierra como referencia de movimiento. El que piense que la visión de Einstein ha confirmado una especie de marginación cósmica de la Tierra es que no ha entendido nada, o le ha confundido con otra personalidad científica. Sin embargo, ese discurso acompaña siempre a los científicos más destacados, al estilo de Stephen Hawking, cuando se meten a pseudofilósofos, como una especie de run-run anticlerical sermoneador y masoquista.

El clero de todo tipo ha hecho mucho daño, qué duda cabe, pero el anticlericalismo a menudo también, aunque sin duda un daño mucho menor y más abstracto. Cuando hoy se enuncia el Principio Antrópico, en sus diferentes formulaciones, casi siempre hay detrás intereses religiosos, lo que nos fuerza por contraste a no tenerlo en consideración ni a tomarlo en serio. Desde luego, yo tampoco estoy ya para esas monsergas piadosas de que si en este Universo hay vida inteligente, aunque sea inteligente a ratos, es porque las condiciones iniciales del Universo (o las llamadas “constantes cosmológicas”) parecen haber sido ajustadas para que así sea, lo que nos devuelve a la metáfora mecanicista de Dios como el Gran Relojero del Cosmos. Pero también querría olvidarme de los lamentos a la manera de Pascal, en el sentido de que sólo somos una brizna deleznable entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, una casualidad, un chiste. En un universo relativista el hallarse en determinada perspectiva no es una fuente de parcialidad y error, como se ha pensado siempre tanto en Ciencia tanto como en Filosofía, al contrario: sólo hay verdad porque se muestra, se ordena, se coloca en una perspectiva determinada, como señaló Ortega y Gasset tras conocer personalmente a Einstein en su visita a España de 1923. Creo, pues, que el Principio Antrópico, es decir, la idea de que la posición del hombre en un universo vastísimo no es irrelevante, puede recuperarse debidamente rectificada. Y la rectificación que propongo desde mi propia postura de filósofo chiflado es la siguiente: un ateismo consecuente sería aquel que rehusase para siempre esa riña estéril con los latosos creyentes que nos termina llevando a su posición y cobrase conciencia de que, puesto que no hay centro absoluto determinable científicamente para el Universo, los centros relativos son también de no pequeña importancia local, y la Tierra es claramente uno de ellos. Más aún: es nuestro punto de observación, lo cual, como dijera Brandon Carter, que no es precisamente un cualquiera en la Física actual, “es inevitablemente privilegiado en cierto sentido”.

costanti

El hombre, por tanto, no como un observador más, sino como el Observador, el único que conocemos hasta ahora. Su Casa, la Tierra, como la Flor trenzada a partir de incontables resmas de tejido cósmico. Ya no hay distancias ni longitudes, sólo intervalos relativos: hagámonos cargo de ello. El Universo es descomunal, enorme, sí… ¿comparado con qué? Este interrogante sólo tiene dos respuestas posibles: o bien se dice que comparado con nosotros, o bien que comparado con lo que nosotros hemos pensado erróneamente en otros tiempos que era su tamaño (Giordano Bruno pagó muy caro el desvelar este error antes de tiempo…) Una vez más, usamos el ser humano como medida, aunque sea para decretar su diminuta medida. Desde luego que ya sabemos que el ser humano no ha sido puesto aposta por la evolución o por Dios como Señor de este inmenso Feudo, que le viene desmesuradamente grande, pero no por ello tiene el ser humano que renunciar a valorar positivamente su posición singular en el cosmos si es adecuadamente consciente de que tal valoración es relativa, lo que es decir: correcta entre muchas otras posibles también correctas. Si hay otras Flores, y otros Observadores, como con toda probabilidad los hay, también ellas y también ellos dan algo de sentido al caos. Porque este sería un bonito cambio de mentalidad, tal y como yo lo veo: ver la física de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño como el paulatino descenso al caos, al absurdo, mientras que el “tamaño natural”, por así decir, aquel en el que nos movemos, estimarlo como bello y como bueno, ya que no como estrictamente verdadero. Visto así, el hecho de que a nuestra escala manejemos la simultaneidad, las tres dimensiones, los sucesos como cuerpos, las caídas como atracción gravitatoria, etc., podrían ser contemplados en tanto órdenes superiores o coronas de un cierto orden cósmico, en vez de cómo estrechez de miras. Se oye mucho hablar acerca de la belleza de lo muy grande y de lo muy pequeño, discurso que suele venir acompañado de recreaciones fantásticas de planetas, nebulosas, quásares, agujeros negros, supercuerdas, no-sé-qué de gusano, etc., todas refulgentes de colores y extrañamente cerquita unas de otras. ¿Y no es eso una canción burdamente amañada a lo primacía de lo inerte sobre lo vivo? ¿Y si, al revés, lo bello fuera una suerte de Divina Proporción que tiene lugar justamente en la Tierra, al modo de una magnitud asimismo intocable como la velocidad de la luz, sin descartar que tal Proporción, dándose como se da en la Tierra, no sea exclusiva de la Tierra? ¿Acaso no es la orilla, o la borda de un barco, lo que hace bello el mar, que en caso contrario sería no más que un desierto móvil…? Ciertamente, hay en todo aquel romanticismo de lo muerto ciclópeo, por decirlo así, una rara fascinación por lo Infinito que todavía tiene mucho de teológico, y considerado así la acusación me parece que se vuelve del revés: los que hablan de nuestro ridículo papel e irrisoria situación en el grandioso Cosmos desprecian al pobrecito hombre porque echan de menos a Dios, y terminan por encontrarlo repartido por el inagotable firmamento…

No se trataría, pues, de volverse antropocéntricos de repente. Si hubiera, por hipótesis (y es una hipótesis que se sabe valorativa, por tanto no científica, pero tampoco anticientífica, como su contraria), una Divina Proporción que justificase las escalas en las que habitan los hombres, esa Proporción se cumpliría en nosotros, sin ser por ello nosotros o nacida por y para nosotros. Ya digo que podría darse también en otro tipo de seres de lejanas galaxias cuyos planetas sean tan manifiestamente ricos como el nuestro. El Mecanicismo lleva como una seña de identidad irrenunciable el rechazo de las causas finales, no sólo en la Ciencia, sino también en su variante política –eminentemente, Thomas Hobbes. Aquí no se está tratando de convencer a nadie de ninguna finalidad intrínseca al diseño de este Universo, como parecen hacer mucho de los defensores del Principio Antrópico. Lo que digo, solamente, es que abandonemos por científicamente infundada la endecha de la miseria cósmica del planeta Tierra y su indiscutido amo -o tirano-, el ser humano. Fue Sigmund Freud quien apuntó que el narcisismo occidental ha sufrido tres grandes varapalos o humillaciones: primero, el giro copernicano, después, la evolución darwiniana, y, por último, su tingladillo  particular, el Psicoanálisis, al que otorga, así, astutamente, la misma altura que a los otros dos. Basta ya, por favor, de tonterías: el giro copernicano no tiene porqué humillar ni herir a nadie, y menos tras su propia relativización por obra de Einstein. La Física, pese a que seguramente en el futuro va a cambiar nuestras vidas en mucha menor medida que los avances de la Biología, sigue siendo la reina de las ciencias, debido a que la modernidad la empleó como patrón de cualquier otra ciencia y como patrón también de cierta autocomprensión existencial. Pero si permitimos que sus más ortodoxos sacerdotes saquen las conclusiones humanísticas que les parezca y se conviertan así en jueces incontestados de nuestras creencias más preciadas y delicadas, la carcajada de los dioses se oirá hasta en Orión, como vino a escribir – ver cita en epígrafe- el propio Albert Einstein.

Etiquetas de este artículo
, , , , ,
More from Óscar Sánchez Vadillo

¿Eres tú John Wayne…?

Si alguna vez juegas al juego social del elegir tu cosa favorita...
Leer más

3 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *