Envidia de ser Kapuscinski

El hombre es un ser de lejanías.

La esencia del Fundamento, Martin Heidegger.

 

RK

Era polaco, de modo que para escribir su nombre correctamente habría que situar una tilde encima de la primera “s” y de la única “n” de su apellido, gadgets ortográficos que están vetados en nuestro teclados anglosajones. Vaya, entonces, así: Ryszard Kapuscinski. Aunque es sobradamente famoso en el mundo de las letras, y también en el de la politología y la literatura de viajes, nadie fuera de su país pronuncia el nombre de pila, y la mayoría se conforma con chapurrear, de maneras originales y diversas, el serpentino apellido. Casi es como un destino: el hombre que viaja, y al viajar nos descubre lugares inmensos que nos son enteramente extraños, tenía que poseer él una firma personal poco familiar, como si llegase a nosotros desde las canales de Marte. A mí me da envidia Kapuscinski, ya lo digo, una envidia sana, claro, pero he de reconocer que el ejemplo de Kapuscinski me llega demasiado tarde: para emular al maestro del reportaje planetario un servidor tendría que nacer de nuevo en más de un sentido…

 

Acabo de terminar Ébano, que Anagrama tradujo y editó en 2008, un año después del fallecimiento del autor. Hace la tira de tiempo ya, lo reconozco, y aunque algún amigo me había hablado de él, y hasta lo tenía en las estanterías como de almoneda de mi casa, no había encontrado el humor adecuado para afrontarlo. Pero yo soy de esos que, de cuando en cuando, y como decía uno de esos anuncios-colecta, tengo “una herida abierta en África”. Un contingente gigantesco (añado un mapa con la proyección más realista, la de Gall-Peters, que ya sabéis que nuestros portulanos habituales están adulterados), gigantescamente olvidado por el mundo rico, que sólo se acuerda de él cuando salta de sus fronteras naturales alguno de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis que campan por allí a sus anchas (y el quinto, que en el presente caso es el calor insufrible, que se nos va filtrando)… había que leer al Kapuscinski este, que estuvo allí unos cuantos años.

 

 

 

Los primeros capítulos son la caña. Kapuscinski se despacha con reflexiones muy jugosas sobre las tierras, el carácter y las costumbres de los africanos, y además corre peligro de muerte en más de una ocasión. Morirse, en África, tiene poco que ver con cómo nos morimos en el Norte, para el que piense que, al menos en la experiencia del óbito -palabra, por cierto, que suena tan africana de chiste-, hay alguna universalidad posible. Luego, el libro se transforma en una miscelánea de artículos más o menos relacionados donde las reflexiones dan paso a las explicaciones y anécdotas y los horrores cavernícolas de Idi Amin se confunden con las matanzas prehistóricas de Ruanda. Y es que hay un hilo conductor cuando se habla del África actual, por mucho que, en realidad, “África” sea el nombre de un archipiélago barroco de lugares dispares. Ese hilo es el de las consecuencias nefastas de la descolonización europea. Europa troqueló el continente con tiralíneas desde los despachos de las grandes potencias en el s. XIX, y cuando se fue, si es que de verdad se fue, dejó el panorama mucho peor de lo que lo encontró, como le ocurrió a la Enseñanza tras el paso de los pedagogos. Ruina y desolación: el banquete perfecto para los buitres de todo pelaje… (en mi tendenciosa analogía, cuando Lucía Figar, que ahora nos ha dejado, fue nombrada como consejera de Educación en la Comunidad de Madrid…).

Kapuscinski se mezcló con las gentes del mosaico africano, y también con algún que otro dirigente menor o mayor. Nos lo cuenta con una prosa sabrosa, sorprendida, que algunos han asociado a Gabriel García Márquez, pero que a mí me recuerda más a Gerald Durrell. El que busque exotismo quedará inevitablemente decepcionado: aquí se vive un paisaje y un paisanaje destartalado, pobre y vencido, en el cual la vida agonizante se arrastra en pos de un poco de sombra y donde el hombre blanco, lejos de la heroicidad de conquista de un Rider Haggard, es recibido como una amenaza letal e incomprensible. El estúpido e inevitable hombre blanco, que decía Jack London. Se diría que todo el ideal ilustrado del progreso de la Humanidad ha encontrado su desagüe, su sumidero y su cloaca ejemplares en la tierra africana, y resulta imposible creer enteramente en él hasta que en el Senegal crezcan tulipanes. Una vez leí en la prensa que la colocación de placas solares en el Sahara podría abastecer de electricidad a todo el globo. Ni que decir tiene que el estúpido e inevitable hombre blanco está poco interesado en ello, habiendo como hay miles de kilómetros cuadrados libres para el mercado sangriento de coltán, diamantes y mano de obra a un precio irrisorio.

 

 

Gall–Peters_projection_SW

Se siente envidia de la vidas cuajadas de verdades dolorosas y bellezas en retirada exploradas por Ryszard Kapuscinski. pese a que no estemos ciertamente preparados para ellas. Es como el sabio del refrán chino: nos obliga a mirar no el dedo que señala la luna, sino la luna misma en su tenebroso esplendor. Kapuscinski realizó muchos más viajes y mostró muchas más lunas terribles de esas que nunca aparecerán en los llamados medios de comunicación. Yo voy a seguir leyendo, mientras el cuerpo aguante tanta otredad salvaje, que diría un filósofo. El mundo es ancho y ajeno, sentenció Ciro Alegría; Kapuscinski lo encontró, además, tras una vasta experiencia, polarizado entre dos extremos que tematizó en los siguientes versos:

 

Escribí piedra
escribí casa
escribí ciudad
rompí la piedra
demolí la casa
destruí la ciudad
sobre el papel huellas de la lucha
entre
la creación y el exterminio.

En “Leyes naturales”, 2oo6 (Poesía completa – Bartleby Editores 2008).

 

 

 

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