“Jurassic Wold” y el debate sobre el estado de la nación (cinematográfica)

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A nadie le descubro nada si afirmo que Jurassic World, el retorno al universo por antonomasia del cine de aventuras de los 90, carece de toda la magia, la tensión y el asombro que nos brindara aquella primera incursión capitaneada por Steven Spielberg, un perfecto manual de cómo construir un clásico. Lo que acabo de decir lo pueden leer más o menos argumentado en todas las críticas que encuentren sobre este título. Sin embargo, lo que no he visto por ahí es un estudio propio sobre la interesantísima lectura que se le puede sacar en un plano menos paralelo de lo que parece a simple vista.

Esta reactivación de la saga llega 18 años después de El Mundo Perdido, la pasable y funcional secuela de la película matriz, y 14 después de Jurassic Park III, la que hasta ahora era su indigno y deslucido broche. Sabemos bien lo mucho que ha cambiado el mundo desde entonces. Jurassic World tiene esto presente y actualiza el contexto, devolviendo la acción a la isla Nublar, aquélla que presenciara el aborto del parque primigenio y que hoy lo ve funcionando a pleno pulmón, repleto de toda clase de infraestructuras de recreo que bajo su apariencia rigurosamente falsa esconden una única palabra: dinero.

 

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El gigantesco complejo se las apaña para exprimir la excusa de los dinosaurios dejando hueco para que empresas de todo signo campen a sus anchas y se lleven parte del pastel: la que permite el acceso del visitante desde el continente en un suntuoso crucero, las hoteleras y todos sus servicios asociados, las tecnológicas e industriales que proveen exclusivas innovaciones para recorrer la isla en una bola blindada o descender al fondo de un estanque sin moverte de tu butaca, las automovilísticas, las informáticas, las constructoras, las de desarrollo científico e ingeniería genética, incluso las armamentísticas. La isla no es tanto un paraíso natural como uno de la inversión y las finanzas, donde todo dinosaurio del mercado global es bienvenido a embolsarse pingües beneficios a costa del turista y de los otros saurios. En este sentido, es perfectamente coherente la nada subliminal publicidad que puede verse de, entre otros, Hilton, Mercedes, Samsung, o, cómo no, Coca-Cola.

 

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Además de este juego, la cinta se permite otro relativo a su propia condición como película y al lugar que le corresponde en la industria. Se explica claramente que el que fuera el gran activo económico del parque, los bicharracos prehistóricos perfectamente resucitados, está empezando a resultar familiar y que por tanto está sufriendo una inevitable depreciación. Se impone por tanto dar continuidad al espectáculo creando nuevas criaturas cuyo único fin sea el de ser iguales que sus antecesoras pero más grandes, más feroces, más temibles… e inevitablemente menos auténticas. Un perfecto reflejo de lo que viene siendo el cine comercial (y muchas veces, también el no comercial) en los últimos años: reciclaje continuo de viejas ideas, hinchamiento mórbido de las mismas y estiramientos de chicle infinitos. Jurassic World se sabe cuarta entrega de una saga prácticamente agotada, llamada a poco más que regenerar el valor de su marca, pero en vez de sufrir esa lacra, la toma a gala y la integra ufanamente en su contenido, lo que es un enorme acierto. En ningún momento se vende como lo que no es, ni pretende creerse mejor que la cinta original, a la que lanza no pocos guiños y homenajes nostálgicos de la esencia pura que no va a poder emular.

 

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Con esta base, se cambia hábilmente el sentido de las persecuciones, huidas y sobresaltos que componen la aventura, puesto que la amenaza no son los propios dinosaurios sino lo que suponen como monstruos de una avaricia económica desmesurada, de una invasión corporativa que ha perdido el sentido de la escala y se le ha ido de las manos, de un descontrol de intereses que han conducido a la existencia de un engendro como el Indominus Rex. El símil con la crisis económica actual es claro: donde se ha alimentado a la bestia aun a sabiendas del peligro, se ha acabado recibiendo una buena dosis de caos y miedo.

Bajo el entretenidísimo carrusel de mesurados efectos especiales que respeta los códigos de su universo ficcional (los niños, la parejita, el friki, los malos, la dicotomía hombre-naturaleza, los rugientes protagonistas de la función) y pasa sin problemas por sus personajes planos, su deriva previsible y la carga de moralina USA de rigor, Jurassic World  esconde un potente alegato anticapitalista que justifica que se haya rodado por lo que tiene de enfoque acorde a su circunstancia. Mientras tanto, recauda más de 500 millones de dólares en su primer fin de semana en salas, y todos tan contentos.

 

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