Alicia (in)cumple 150 años

Este año el mundo literario celebra el 150 aniversario de la publicación de Alicia en el país de las maravillas (1865), uno de los libros más leídos, adaptados y citados de la historia. Aunque, para ser más exactos, lo que quizá habría que celebrar es el paseo en barca que el Reverendo Charles Lutwidge Dodgson hizo con Alice Liddell y sus dos hermanas tres años antes y sobre todo la historia que les contó durante la travesía. Dodgson era entonces un sesudo profesor de Lógica y Matemáticas en el Christ Church College de Oxford y Alice una de las hijas del decano, inmortalizada no sólo en este relato y su secuela Alicia a través del Espejo ( 1871) sino en numerosas fotografías que son obras de arte en su género.

Pero el gran interrogante es si debemos homenajear solo al escritor de libros fantásticos, Lewis Carroll, y nos olvidamos del autor de títulos tan distantes como El Juego de la Lógica, Fórmulas de Trigonometría Plana o Matemática Demente. La respuesta no es fácil, dado que el propio Dodgson se cuidaba de no frecuentar a Carroll y le negaba sin piedad cuando le identificaban con él. Alfredo Deaño, autor de la excelente edición de El Juego de la Lógica , lo definió perfectamente como una persona bifurcada en dos: por una parte Charles Dodgson, hombre de vida ordenada, casta y apacible, diácono de la Iglesia de Inglaterra a pesar de sus profundas crisis de fe, profesor profundamente aburrido, remilgado, altivo, solitario, circunspecto y maniático hasta la exasperación. O bien Lewis Carroll, domesticador de serpientes y sapos, prestidigitador, editor siendo niño de revistas manuscritas para niños, zurdo, tartamudo, bello, sordo de un oído, inventor de cajas de sorpresa, de rompecabezas, de aparatos inútiles, insomne, entusiasta de las bicicletas, excelente fotógrafo, sobre todo de niñas vestidas y desnudas, y autor de una frase que quizá pudiera desvelar algún aspecto sobre su controvertida relación con Alice:“I am fond of children (except boys)” ( me gustan los niños, (a excepción de los niños). Es indudable que Charles Dodgson nunca pudo existir sin Lewis Carroll y viceversa a pesar de que se ignoraban socialmente; que el “don” de Oxford encontró su país de las maravillas cuando escapó de una vida de represión tras Lewis Carroll, como Alicia tras el Conejo Blanco.Y que, en igual medida, Carroll no hubiera podido construir su deslumbrante universo sin la ayuda del profesor de Lógica y Matemáticas y la hilarante reformulación de sus conocimientos.

 

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Alice Liddell fotografada por Lewis Carroll

 

No debe extrañarnos esta esquizofrenia personal y artística en un burgués británico de la segunda mitad del siglo XIX. La Inglaterra victoriana – emblema del puritanismo y del esplendor imperial- estaba repleta de mundos subterráneos, uno de cuyos máximos exponentes es la figura de Jack el Destripador. El legendario personaje, a quien se ha llegado a identificar con el príncipe de Gales, creó (y sigue creando) tanta admiración como repulsa en aquel Londres de espesa niebla y sórdidos prostíbulos. Y su leyenda se incrementó cuando en 1996 Richard Wallace intentó demostrar en Jack the Ripper: Light-Hearted Friend que era el mismísimo Lewis Carroll (!!!) el autor de sus crímenes, de los que habría dejado claves cifradas a lo largo de su obra. Tampoco es casual que Dr.Jekyll y Mr.Hyde, la asombrosa creación de R.L.Stevenson, haya llegado a encarnar las contradicciones de una sociedad que alternaba la honorabilidad con el alcantarillado moral al tiempo que veía tambalearse las convicciones y los pilares de su imperio. Porque no olvidemos que también por aquellos años Darwin gestaba y publicaba la teoría de la evolución que iba a poner el mundo de las creencias al revés, y que Carlos Marx escribía El Capital precisamente en Londres, donde está enterrado. Mientras tanto,la reina Victoria y sus súbditos seguían tomando impertérritos el té de las cinco y creaban familias numerosas y respetables, ignorando cómo avanzaban en la calle y en la historia los movimientos sufragistas y sindicalistas .

 

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Lewis Carroll en el campo con Alicia y sus hermanas

 

Tampoco el mundo de la literatura infantil escapó de la doble vertiente victoriana: por una parte los libros moralizantes triunfaban en una sociedad donde los niños “should be seen but not heard”( “debían ser vistos pero no oídos”), frase que consagra el modelo de educación de la burguesía. Pero de forma simultánea ganaba adeptos la corriente del nonsense, con Edward Lear a la cabeza y su apoteosis del absurdo y el disparate. No hay duda de que Dodgson bebió de estas fuentes y adoptó la máscara de Carroll para ocultar su condición de cofrade rebelde. Oxford en aquel tiempo era también un polvorín ideológico con intensos debates para abolir el “old system” y su marcado carácter eclesiástico: cuando Dodgson llegó allí, en 1850, la condición de “fellow”estaba condicionada, aparte de los méritos académicos, a formar parte de la Iglesia de Inglaterra y a permanecer soltero de por vida. No hace falta mucha imaginación para adivinar el semillero de dudas, represión y conflictos que significaba una norma de vida tan estricta como antinatural.Y no puede extrañar que Dodgson-que se quedó siempre en diácono, renunciando al sacerdocio-, se convirtiera en un hombre-valija y se entregara a la revolución de poner patas arriba pequeñas cosas como las leyes de la física y la lógica, la naturaleza del signo lingüístico o la asexualidad del cuerpo de las niñas. Recordemos que su tiempo vio también el nacimiento de la fotografía y que, además de papel y pluma, él contaba con una cámara e ilustres maestros del retrato como Margaret Cameron y Oscar Gustav Rejlander.

 

Ilustración John Tenniel

 

En la famosa excursión de 1862 por el Támesis fue el Reverendo Dodgson el que subió a la barca con otro colega, el Reverendo Duckworth, y con Alice Liddell y sus hermanas. Precisamente por su condición de honorable profesor gozaba de la confianza del decano Liddell y frecuentaba mucho a la familia, especialmente a Alice. Fue en el transcurso de esa travesía cuando Dodgson liberó a Carroll (hasta entonces secuestrado en la más absoluta intimidad) y con él un universo y un lenguaje insólitos enhebrando un cuento. Un universo sin leyes donde Alicia cambia de tamaño, el tiempo se detiene y siempre es la hora del té de las cinco de la tarde; donde se vive hacia atrás o donde las relaciones causa-efecto se cambian a efecto-causa; el universo del Sombrerero Loco, del gato de Cheshire, de la Reina de Corazones, del Caballero Blanco o de tantos otros personajes que John Tenniel habría de inmortalizar con sus ilustraciones. Y para este universo, un lenguaje que prescinde del signo lingüístico por su arbitrariedad y crea un nuevo código donde “las palabras significan lo que yo quiero que signifiquen” como pontifica el inefable Humpty Dumpty en Alicia a través del espejo. De este modo asistimos a asombrosas asociaciones lógicas y lúdicas entre el significante y el significado y a los malabarismos más audaces con el grafema, el fonema, la homofonía, las palabras con doble sentido y otros mil recursos, hasta alcanzar auténticos fuegos de artificio con el neologismo.

 

Ilustración John Tenniel

 

Pero que nadie suponga que mientras Carroll hilaba la historia de Alicia en la barca Dodgson se había retirado a sus aposentos académicos. Muy por el contrario, solo la complicidad continuada y reforzada de ambos personajes podría lograr el grado de transgresión artística que ofrece su obra. Dodgson aporta orden al caos con reglas estrictas : por ejemplo el juego de cartas o el juego de ajedrez que preside Alicia a Través del Espejo. Vigila que personajes como Hupmty Dumpty, Tweddledum y Tweedledee y tantos otros tengan el comportamiento previsto en las “nursery rhymes” o los proverbios de los que provienen. Crea silogismos imposibles y trata de averiguar quién sueña a quién o quién es el dueño de cada sueño en un mundo onírico por excelencia. Cuida, en definitiva, de que el lector- como Alicia- salga indemne de temeridades tales como seguir a un conejo mientras se sueña que se sigue a un conejo, cruzar al otro lado del espejo o enrolarse en un tripulación que se guía por un mapa en blanco, como sucede en La caza del Snark.

 

Ilustración John Tenniel

 

Por ello, en este jubiloso 2015 cabe plantearse si Alicia cumple o más bien (in)cumple siglo y medio, dependiendo de que sea Dodgson o Carroll quien nos convoque a la ceremonia de celebración. Carroll se inclinaría por un “unbirthday party”, como en la merienda de locos, mientras que Dodgson calcularía con exactitud la fecha que debemos celebrar: ¿ la del paseo en barca, la de la Navidad en que regaló a Alice el manuscrito de la obra, o la fecha exacta de la publicación? Baste decir que, sin olvidar nunca a Dodgson, aquí apostamos por Carroll y celebramos que se (in)cumplen 150 gloriosos años de uno de los tríos ( Alice-Carroll-Dodgson) más insumisos y eternos de la historia; porque (in)cumplir significa no obedecer las leyes y aliarse contra/con el Tiempo con mayúscula, como hizo el sombrerero loco. Incumplir, en definitiva, como norma de vida y escritura de este maestro de transgresores, voyeur enamorado con la pluma y la cámara, prestidigitador del lenguaje y dinamitero confeso de la mayoría de las convenciones que en el mundo han sido. Vaya desde aquí este breve homenaje con nuestra gratitud junto con el lícito deseo de que el Tiempo incumpla años también para nosotros, los pobres mortales. Dicho de otro modo, que nuestros relojes marquen siempre esa hora del té de las cinco de la tarde en la que siempre es la eternidad.

 

 

 

 

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