Neurobiología del flamenco

Sara Baras

Una crónica emocionada

 

Se celebra cada año en La Unión, Murcia, el Festival internacional de Cante de las Minas, que se compone de varios días de galas y el que, posiblemente, sea el concurso más prestigioso y difícil del flamenco. Sencillamente: quien gana la Lámpara Minera en cante, o el Bordón en toque, o el Desplante en baile, se consagra. Este año ha sido del 5 al 15 de agosto. Empecemos.

Día segundo. Cómo sería la cosa que hasta los aparatos del aire acondicionado se pusieron a ronronear a ritmo con los bailes de Sara Baras. ¡Hace calor!, dijo la diosa, ¡calorcito!, corrigió enseguida, y alguien le contestó, ¡cómo no va a hacerlo, con esa gente ahí arriba y esta gente aquí abajo!

El día primero la Estrella de Morente brilló un poquito menos que la lucecita del carburo, ¡por no hacerle la competencia!, dijo ella, y se pusieron a hablar y cantar la estrella y el lucerito del cielo, donde ahora vive el genio de Enrique, el padre de ese universo.

 

 

Mas volvamos al día segundo. No encontrar el calificativo atinado es lo normal, pues fue tanta la entrega, el sudor, la sangre enérgica, el ritmo y la emoción, la pausa justa, el concierto entre lo nuevo y lo original, el tributo a la modernidad flamenca, la creatividad… tanto, que ardieron dos mil manos encendidas, aplaudiendo, casi sangrando. Se notaba en la oscuridad el fulgor de los ojos irritados de tanto mirar, sin pestañear. No había manera de peinar el vello en punta de esas miles de personas que no necesitan que nadie les explique lo que es el flamenco. Y si hubiera estado Félix hubiera dicho que eso es pura neurobiología, de la que no precisa refutación estadística.

Allí estaban presentes Morente y Moraito, Camarón y Paco de Lucia, pero falto Félix Grande, el que más sabía de eso, el mago de las letras entonadas por las que el flamenco entró en la literatura universal y se hizo un hueco en la ciencia de la historia. Bendito Félix, asómate algún día en una estrella y muéstranos el secreto de las letras verdaderas.

Y todo eso ha pasado estos primeros días de agosto en La Unión, que es un pueblo con galones de ciudad. Es un lugar curioso, arrasado por la historia y la sequía, pero orgulloso de su estirpe minera; recio en la herrumbre de sus escombreras, pero ágil de reflejos para mostrar bien lo suyo. Con qué pasión se les escucha hablar de su tradición centenaria en la historia del cante. Llevan cincuenta y cinco años de festival oficial, pero muchos más de convocatorias, fiestas, galas, publicaciones y generosidad flamencas. Parece que ese pueblo hay una neurobiología colectiva conectada con la agonía y el compás de los cantes mineros, y en sus minas aún se esconde uno de los orígenes mas hondos del arte flamenco.

Tercer día. Encarnación Fernández, mayor ella, todavía brilló con la luz de sus dos lámparas mineras. Se le notaba el quebranto de la voz cuando subió arriba en solea, se paseó por las sierras murcianas y bajó luego hacia las costas malagueñas. Pero ella supo callar a tiempo, para guardar bien los secretos hondos del flamenco verdadero.

 

 

Luego vino un Piñana, Carlos, el de los dedos de oro, y demostró la potencia de sus genes enredados en las cuerdas de seda de su guitarra. Qué manera de encender la noche, que andaba apenumbrada, de enseñarnos la esencia atesorada en su familia, desde su abuelo Antonio, el primer patriarca minero, y su padre Antonio, el de la guitarra limpia, y de su hermano Curro, el del cante académico. Y todo lo eso lo encontró, como si no le costara ningún esfuerzo, entre la prima y el bordón de una guitarra de sonoridad perfecta. Carlos es un minero que saca música buena de lo más hondo de su guitarra y sin usar barrenos.

El cuarto día fue un regreso a la heterodoxia más puramente flamenca. Primero vino “el Pele“, y en el viejo mercado de La Union salió la luna llena. Vino todo de blanco y el flamenco se blanqueo entero. La voz blanca y clara, como la de un ángel emplumado, renovadora de alegrías, blanqueando la tristeza que decían que traía. Y se armó la zapatiesta, el jaleo, el alboroto, con todo el teatro en palmas, iluminado por la luz de la luna llena.

Luego vino Capullo de Jerez, de negro y ceniciento. Solea arriba subió desde la cueva hasta la reja, y acabo clamando libertad, libertad, libertad. Suyo es el canto antiguo, suya la agonía y la intemperie, despejando las dudas de la raza, cuya razón o sinrazón nadie sabe de cierto, …mas por si acaso. Y esa voz de qué, de cómo… ¿de dónde sale?

 

 

El quinto no fue malo. Lo fácil sería decir que Arcángel bajo del cielo, pero no es cierto, en realidad subió. Subió desde la profundidad del cante más hondo con la sola ayuda de unos nudillos encima de una mesa. Subió luego en soleas y seguidillas, y siguió ascendiendo entre el público y a palo seco, hasta llegar a unas cantiñas sublimes, acompañadas por los brazos serpentinos de una atleta rubia de ojos negros. Pero lo que mejor hizo fue hablar con esos ojos de niño que lo dicen todo, y habló sin callar nada, cabal y por derecho, tejiendo su discurso con la trama de un quejío y la urdimbre de un lamento.

Sexto día, primero de concurso. Larga fue la noche, cuatro horas de asiento fatigan tanto la atención como el trasero, mas no aburrida. Entre las catorce actuaciones de doce artistas hubo tres sublimes. La de una bailarina gaditana que venía con ganas de volar; la de un guitarrista de la alta escuela sevillana que cualquier día será visitado por el duende; y la de una joven de la costa malagueña que borda los cantes de las sirenas. El punto lo puso una bailaora japonesa, que, pese a sus carencias raciales, se supo ganar al respetable con el revuelo de sus faralaes. Digamos que el conjunto resultó de cinco y medio.

Séptimo día, segundo de concurso. Tampoco fue aburrido pero si largo, más de cuatro horas sobre una silla de plástico dan para notar todas las vértebras de la columna. De nuevo hubo aportación japonesa en el baile, pero menos sorprendente, imposible compararla con la genialidad racial de una bailaora de Granada. Abrió la noche un tocador al piano con una minera cabal. Luego otra docena de actuaciones buenas, entre las cuales hubo un par de mujeres que elevaron el cante al nivel que se requiere. Una cordobesa, joven pero experimentada, con gran voz y dominio de los palos difíciles; otra sevillana, madura y con oficio, con voz sobrada para sacarle partido a las seguirillas y las malagueñas. Pero el que más gustó fue un cordobés de Montilla, que enlazó una solea apolá con unos cantes mineros a tono con la seriedad del lugar. En conjunto la noche no estuvo mal, si acaso anduvo distraído el duende.

 

 

Octavo día, tercero de las semifinales del concurso. Por fin llego el duende, y no se hicieron tan largas las cuatro horas y pico, aunque hubo tiempo para que se manifestasen todas las vértebras y se uniesen a la causa las costillas. De nuevo doce artistas, de los cuales al menos diez se hicieron merecedores de ese apelativo. Arte tuvo un pianista que le saco el alma de guitarra a su piano en una taranta y una bulería. Arte mayor un saxofonista que le saco a la turuta una taranta desde el fondo mineral del instrumento. Arte sobrado una niña de Sevilla que demostró el origen genético de su cante por cantiñas. Y arte maduro y reposado una almeriense que lo demostró en el amplio dominio de los palos, desde unas alegrías ligeras a un fandango minero como manda el rito. Pero sobre todo hubo arte grande en las manos, los pies y el cuerpo de un bailaor de Sevilla que está reclamando su sitio en la curia del baile flamenco. Japonesas también hubo, una en cante y otra en baile, cabales las dos, pero discretas. En conjunto la noche fue de siete y medio.

Noveno día, por fin la final. Lo primero señalar que las predicciones hechas por este cronista aficionado resultaron buenas. Acertó en diez de los doce artistas seleccionados, cuatro hombres, siete mujeres y una niña. Todos ya con nombres propios y apellidos artísticos. Gautama, el saxofonista le gano la partida en instrumentos a Alfonso Aroca, el pianista. La razón fue sencilla: le hizo cantar al saxo una taranta como si el metal tuviera voz humana. Alba Heredia, la bailaora granadina, le ganó el Desplante – no sin polémica – a Amador Rojas, el bailarín sensible de Sevilla. Luego vinieron los premios para los cantes menores, y cada cual llevo lo suyo con sobrado merecimiento.

A nadie sorprendió que la niña Reyes Carrasco, de nueve años, se llevará el suyo por cantiñas, ni que la Repompilla ganara en solea y seguirillas, ni que Montse Pérez triunfara en la taranta, ni que la Toñi lo hiciera en levanticas, ni que Fátima Guerrero venciera en cartageneras, ni que Rocío Luna mereciera el premio en granaina, ni que la minera mejor fuera la de Antonio Mejías el de Montilla, aunque quizá éste, el único hombre finalista en cante, hubiera merecido más. Pero es que tenía enfrente a una gran cantaora, María José Pérez, recuerden este nombre, que con su amplio y atinado repertorio gano la Lámpara Minera con toda justicia.

Y así acabó la larga noche, y esta vez no se quejaron ni las vértebras ni las costillas. Y es que hubo ganas, hubo calidad y no falto el duende.

 

 

¿De dónde sale el arte flamenco?

 

Del fondo oscuro de la minas, dicen en La Unión. De las corralas al fresco de la noche, aseguran en Lebrija. De la pena honda, de la angustia y del dolor, dice Félix Grande. De la alegría compartida, de la emoción, de la pasión, del amor. De la injusticia, de la reivindicación, de la tragedia de una raza. Del corazón, de la cabeza, de la garganta, del alma misma. Pero también del esfuerzo y del trabajo, de la repetición y del perfeccionamiento, y, por supuesto, cómo no, de la inspiración, pero siempre que esta… ¡que te pille pintando!

Estos días en La Unión se han experimentado de forma práctica las teorías de la creatividad artística. Se entienden mejor escuchando y viendo cómo algunos logran hacer que la artesanía del cante, la música y el baile se eleve a categoría de arte. Cuando eso sucede es que, además de técnica, hay creación. Creatividad artística pura, un algo intangible añadido a la ejecución de la pieza.

Este es un tema muy complejo, y se le ha dedicado mucha investigación teórica, esencialmente de tipo literario y humanístico, pero cada vez se le presta más atención en el terreno de la investigación científica y, concretamente, neurobiológica. La razón es clara: cuando a la realización de una tarea humana de gran complejidad técnica, de alta dificultad teórica y práctica, se le añade ese algo especial que es la creatividad artística, se eleva a la categoría de excelencia, y genera una emoción especial tanto en el que la realiza como en el que la contempla. Genera eso que Platón llamaba “entusiasmo”, el cual produce emociones tan intensas que puede ser peligroso para el autogobierno, pues cautiva las mentes de las personas y les afloja los miembros y el entendimiento. Cuando eso sucede la obra tiene trascendencia privada y pública, se hace universal y cultural, y se le reconoce convirtiéndola en ocio y en negocio.

En el flamenco todo eso sucede de forma especial, pues es un arte complejo, que enlaza música, voz, baile y poesía. La creatividad, la inspiración, ese no sé qué que se siente cuando se siente, es el duende. Un diosecillo que no siempre acude, que no siempre tiene ganas de fiesta. Y que es voluble y casquivano, que va y viene, y se manifiesta y se esconde. Y que, según dicen, es ingobernable, aunque algún secreto tendrá, aunque no sea fácil encontrarle.

A lo mejor hay que buscarlo en La Unión, donde el duende tiene una casa grande, que es un viejo mercado convertido en catedral. Y ahí le gusta veranear, pues de día se guarda en la oscuridad de las minas, y por las noches sale con la brisa de la sierra. Por eso es fácil que allí suceda eso de que al artista… ¡le pille cantando! , o bailando, o tocando.

 

Camarón y Paco de Lucía

Un remate a modo de conclusión

(Extraído de otra aportación previa del autor)

Todos hemos experimentado alguna vez la inspiración, pero algunos viven de ella, a esos seres los llamamos artistas. Cuando están “inspirados” las ideas les fluyen sin obstáculos, las palabras les acuden convocadas al papel en blanco, se siente capaces de resolver los problemas más intrincados, o de encontrar las respuestas más ingeniosas. A esa actividad la denominamos creatividad. El cerebro les bulle inquieto, multitud de sistemas neuroquímicos se activan, diversos circuitos y estructuras funcionales se sintonizan acordes, las funciones cognitivas y afectivas colaboran para llegar al fin de las tareas, la atención se potencia y difunde hacia insondables lugares ocultos en la profundidad del cerebro, donde se guarda la memoria genética y memética de la especie y la persona. La obra de arte, la idea genial, o la solución ingeniosa aparecen como por encanto. El genio está creando.

Un simple resumen de los circuitos, áreas o estructuras cerebrales implicados en la creatividad nos dice que el hemisferio derecho, el lóbulo prefrontal, el lóbulo temporal, y las zonas temporo-patieto-coccipitales de asociación, el área visual ventral, el sistema límbico, el área parahipocámpica, el giro fusiforme, el giro precentral, el cerebelo anterior, etc. están implicados en la creatividad artística. Nos falta un modelo que explique el funcionamiento coordinado de todas estas estructuras. Al principio se recurría a los dioses, luego a las musas, más tarde al subconsciente, posteriormente al temperamento, más recientemente a la herencia genética y memética, y finalmente al aprendizaje constante y al trabajo duro, intuitivo pero sistemático, como dicen algunos “un mucho por ciento de sudoración y un poco por ciento de inspiración”, etc. Sin embargo, mucho mejor que los científicos, lo han dicho los propios artistas, con sus palabras geniales, sin duda el mejor reflejo del funcionamiento de los cerebros creativos, como el de Gloria Fuertes, que en gloria esté, que escribió:

 

Enrique y Estrella Morente

 

“… ha descubierto el doctor

que mi sistema mental

es especialmente sensible

a la electricidad atmosférica

y que cuando abundan los iones positivos

(o no sé que rollo) a nivel del suelo,

se me producen cortocircuitos punzantes

en mis redes.

Como no tengo seguro me recetó un lugar en calma,

que me preocupe de una puñetera vez del cuerpo

y me deje de tanta alma”.

 

 

Miguel Poveda

 

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