Calidad de muerte

 

 

Rosa, oh, contradicción pura,

delicia,

de ser sueño de nadie

bajo tantos párpados

Epitafio de Rainer María Rilke.

 

Nadie hemos elegido nacer. Ni los animales, ni las plantas, ni tan siquiera las bacterias o los protozoos. Tampoco, desde luego, nosotros, los humanos. Partiendo de ese simple pero descomunal hecho, las grandes religiones monoteístas adquieren un sesgo absurdo. Nos piden la aceptación de una responsabilidad enorme por nuestras decisiones una vez que ya nos encontramos sumergidos, velis nolis, en este mundo, que no es precisamente un lugar sencillo para vivir. Es algo así como si nos dijesen: “Bien, ya estáis ahí, ahora que sepáis que estáis envueltos en una situación que os puede conducir a una eternidad de sufrimientos horribles”. Pues menuda encerrona cósmica: pasar, nos guste  o no, por un examen al que nunca nos hemos matriculado. De ahí que nos sea más natural  pensar que eso no tiene mucho seso, o habría que admitir la vida como pesadilla involuntaria. Y no hay nada de eso, empíricamente hablando: la vida, en general, sólo se convierte en pesadilla cuando factores externos a nosotros (una enfermedad, el entorno natural, los otros hombres…) la hacen finalmente inaguantable. Pero, en rigor, ninguna cosa es radicalmente inaguantable, porque siempre existe la posibilidad de la muerte, que representa un final reparador para la peor de las tesituras.

 

 

En la actualidad existe una gran polémica respecto de la muerte asistida, y era previsible que fuera así, dado lo delicado del asunto. El único punto de vista que, en mi opinión, no es admisible respecto de la eutanasia es, en todo caso, aquel que enuncia que tu final no es negociable porque tu vida pertenece desde el principio a Dios. Ya digo: ¿qué clase de Dios primero te crea sin consultarte y luego te avisa de que tienes entornada y muy cerquita la puerta al Infierno? ¿qué clase de Dios, repito, inocula tal imprecisa “culpa por existir” a aquellos que Él previamente hacer existir (y muchas doctrinas, incluido cierto psicoanálisis, explotan esa culpa o “herida” primordial y finalmente imaginaria)? Porque incluso el Cielo implica también que no puedes ser des-creado (descreído sí, pero des-creado no), de que lo que eres no tiene remedio, con la seria admonición añadida, como acompañada de un guiño, a la manera de una vaga promesa electoral, de que, oye, es que vas a estar tan a gusto en las praderas y vaguadas celestes que jamás querrás desaparecer -eso es propio, si acaso, de infieles budistas..

 

 

Pero lo cierto es que nada ni nadie puede ser des-creado, por decirlo de esta manera. Vivimos, todos los organismos, en lo que el primer Heidegger llamaba “estado-de-yecto”, o sea, arrojados a la existencia en un determinado “ahí”, y no hay vuelta de hoja. Incluso cuando morimos, dejamos atrás una huella en el mundo que, por muy insignificante que uno fuese en vida, no puede ser borrada (algún positivista desfasado habrá que afirme que el Big Crunch devolverá todo el Universo a su estado material original y todo lo sucedido será como si no hubiera ocurrido jamás, la cuenta a cero, pero es verdaderamente difícil creer en estas cosas en serio). Sartre escribió, casi al término de El ser y la nada, que cuando alguien muere no deja hueco, de manera que desde el punto de vista del “ser” es como si no hubiera existido nunca. Es difícil saber a qué “ser” se refiere Sartre, algo así como una especie planicie ontológica yerma, pulida, pero lo cierto es que es una suerte, ya que, si no, el tal “ser” sería como un inmenso queso gruyer… Todos los huecos son rellenados, en efecto, y lo son precisamente a causa de aquellos que vivieron antes que nosotros y que han legado todo tipo de descendencia: carnal, espiritual, material y hasta genética, cosas que Sartre tenía en escasa monta.

 

las edades de la muerte

 

En cualquier caso, es incuestionable que nuestro rastro perdura tras la muerte de muchos modos. Borges dijo aquello -esas frases efectistas a la par que irreflexivas con que a veces nos sorprende-: “somos el olvido que seremos”. Más bien sucede al revés, me parece: somos porque una y otra vez se vence y se ha vencido al olvido, y si algún día seremos efectivamente olvidados, es porque ahora sin duda somos -o sea: difícilmente se puede olvidar lo que nunca ha sido. El olvido, si acaso, es un nutriente imprescindible del futuro, y si hay recuerdo, si hay rescate de lo sido, es porque lo posibilita el efecto de borrado necesario del olvido. El olvido, pues, está por definición en el pasado, y anticiparlo como un pasado del futuro es una ingeniosa argucia de Borges para empezar a entonar ya la elegía de lo que aún no ha ocurrido, que sería un gesto comparable a ir lamentándose ahora del remoto apagamiento del Sol. Encontraríamos poco correcta, e incluso poco sensata, la actitud de alguien que llamase a vivir como si el Sol ya se hubiera apagado, puesto que es fehaciente que tarde o temprano se apagará… En general, es fácil (mucha gente se ha dedicado profesionalmente a ello, sobre todo los sacerdotes en sus púlpitos) poetizar o proclamar tristezas u horrores sobre la muerte; lo que es difícil es naturalizarla, es decir, afrontarla sin dramas innecesarios. Ya hubo una ocasión, precisamente al nacer, en que ascendimos desde el sótano de la inconsciencia por las escaleras de nuestro cuerpo hasta la vida consciente: morir consiste en realizar el camino inverso, y si entonces no “dolió”, tampoco tiene por qué doler ahora -dicho esto al margen de la literalidad de lo violento o no del hecho físico mismo de la muerte, que en cualquier cultura civilizada se ha entendido como deseable evitar.

 

 

La “muerte propia”, pese a Rilke (Los cuadernos de Malte Laurids Brigge) o al propio Heidegger (Ser y tiempo), no es algo substancialmente distinto de la muerte ajena. ¿Alguna vez has visto un cadáver de alguien recientemente fallecido, aunque fuera una pequeña mariposa? Pues esa es la cosa, no hay mayor misterio. La mariposa no se mueve, su cuerpo parece un plomo, pronto se descompondrá… Eso es todo lo que hay que entender, resulta forzado acudir a mayores profundidades. La vida, particular y colectiva, es animación, intención, expresividad y cambio en un determinado cuerpo o conjunto de cuerpos, que es justamente de lo que carece la mariposa muerta en el jardín. Pero no por ello han desaparecido, claro está, del mundo la animación, la intención, la expresividad y el cambio. Desde luego, existe un incalculable número de seres que ya han muerto y no por ello el Universo ha perdido ni un ápice de su lozanía. Nuevas mariposas liban en las flores como si nada hubiera pasado a sus antecesoras, y es que nada del otro mundo ha pasado. La gente normal -quiero decir, la no contaminada por filosofías o religiones macabras-, tiene precisamente esta impresión respecto de la muerte, y lo llama, con campechanía, “ley de vida“. Las leyes, ya se sabe, debieran ser impersonales y no conocer excepción; ésta, cuanto menos, a día de hoy, y a diferencia de las que establecemos los hombres, cumple exquisita y escrupulosamente esa condición.

 

 

Hoy nos venden montones de libros sobre el “misterio del amor y la muerte”. Dicen que el amor va entrelazado a la muerte pero que es más fuerte que la muerte y cosas así. Generalmente, este pretexto sirve para que el autor asesine impunemente a varios personajes en la flor de la juventud, no sin que antes hayan consumado brevemente el amor. Como dicho amor no pasa la prueba del tiempo, parece tanto más verdadero cuanto más efímero. Y entonces esa muerte de novela se presenta como el pago de una deuda: aquí no es la culpa ficticia del presocrático Anaximandro que soporta todo lo que existe por el hecho de existir, sino que lo que se insinúa es que la intensidad tiene un precio, y quien vive intensamente casi debe dar las gracias por morir pronto. En todo esto no veo más que mitos, mitos trascendentes o mitos novelescos.

La muerte por sí misma no tiene ningún sentido especial, ni respecto del amor ni respecto de nada más allá del hecho biológico elemental de la sucesión y el relevo de las generaciones. Lo que tiene sentido, como es obvio, es la vida, y la muerte es muerte de la Vida, no la vida es vida de la Muerte. Prueba de ello es que mientras que la viva vive, no ocurre lo opuesto, pues la muerte no muere, lo cual no pretende ser un retruécano, sino la comprobación de que la vida es lógica y existencialmente anterior y prioritaria a la muerte, que depende de ella. Ni siquiera es cierto que “la vida tenga sentido”, como si fuera un continente que pudiera o no tener determinado contenido: no, la vida es ella misma el sentido.

 

Guido-Cagnacci-1658

 

El Universo, la Existencia, no es una Gran Pregunta, el Interrogante Eterno para el que nunca encontraremos respuesta. No: si acaso, tal como yo lo veo, el Universo, la Existencia, es la Gran Respuesta de la que nunca conoceremos exactamente la pregunta. Lou Reed cantaba en Sweet Jane el verso And that life is just to die…, que no es más que una tontería para impresionar o puro humor negro. Sin embargo, el espíritu de ese verso tiene un largo y ominoso pasado que todavía sirve para asustar a alguien. La muerte no devora, no se alimenta de la vida, como si la Muerte fuera como unas grandes fauces abiertas o un ingente agujero negro donde la vida, concebida como una entidad independiente de ella, cae incesantemente y es engullida para siempre. Se ha abusado mucho de esta clase de imágenes en la tradición occidental, casi siempre con el fin de desesperar a los ateos o bien como venganza metafísica hacia las clases poderosas, dado que la muerte -el tópico renacentista y barroco- aguarda lo mismo al afortunado que al desposeído.

 

 

Galileo Galilei escribió en una ocasión, contra la filosofía de la Iglesia Católica que condenaba sus libros, que aquel que abomine del devenir y de la corrupción final de los seres o de los procesos naturales más le valdría convertirse en estatua. Por supuesto, eso no quita para que la muerte sea una tragedia sin paliativos para el que se encuentra a un paso de ella y para sus deudos. Y tampoco quita para que la interrupción indeseada de la red de relaciones y proyectos que es una vida humana no merezca el nombre moral y jurídico de “crimen”. Pero no cabe duda a su vez de que somos también un eslabón de una cadena que tal vez improvisa su destino, y a ese destino, improvisado o no, nos hallamos también concernidos por el mero trámite de nacer.

 

Muerte_en_la_alcoba Munch

 

Veo el tiempo de una vida como un compás abierto: una pata del compás pincha en un punto, que es nuestro nacimiento, luego se abre y la otra pata permanece en el aire, describiendo un área de acción hasta que finalmente cae. El tiempo que tenemos para vivir no consiste en los límites anterior y posterior que traza el compás, como señalan las fechas de las lápidas, sino en la anchura abierta por el ángulo del mismo. El interior contiene una amplia estancia, no el exterior vacío define la breve esencia. “La muerte es más dura asumirla que padecerla“, dijo René de Chateaubriand. Pero Leonardo da Vinci, por su parte, dijo “así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así un vida bien empleada produce una dulce muerte“. Por todo ello, creo que ya es hora de normalizar nuestra relación con la Parca y establecer unos muy claros Derechos a una Muerte Digna. Preocupémonos de emplear bien la vida, como Da Vinci, y que nuestro fin tras una existencia siempre ajetreada y repleta de identidades, máscaras, tareas y lenguajes sea como la rosa funeral del poeta Rilke: contradicción pura, delicia, de ser sueño de nadie, entre tantos párpados…

 

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14 Comentarios

  • En un tema donde es muy fácil irse por las ramas o buscar respuestas mistificadoras, tu texto me parece realista, razonable, sincero y hasta cierto punto consolador, lo que no deja de ser importante en un tema como éste, porque orienta a la acción de vivir, con consciencia, la buena vida, ahora que todavía podemos.

    Yo, que veo muchos muertos y no siempre puedo mirarlos mucho tiempo, te doy las gracias.

    Un artículo estupendo

  • Los seres vivos sienten todos un escalofrío ante lo inminente de su muerte. Debido a nuestra naturaleza hemos sido dotados de la facultad de sentir placer y también miedo. Tu texto es consuelo, porque eres un humano. Pero también eres un animal. No lo olvides.

  • Sí, pero no creas: hay por ahí gente muy valiente (yo no) que siente menos miedo a eso que a los dolores que puedan antecederle o a otras cosas…

  • “¿Y la muerte?”, le preguntan en Jotdown a Richard J. Bernstein que tiene 83 años. Responde: “Con ella tengo una relación casi socrática. No tengo ningún miedo. Tengo miedo a perder la cabeza. Ni siquiera al dolor, sólo a ser dependiente. Espero morir como mi padre: un ataque al corazón y adiós. Confieso que soy algo deficiente en este tema: nunca he entendido la ansiedad existencial ante la muerte.”

    Y yo no se si me lo creo, aunque sí he conocido gente con una tremenda serenidad cuando llega el momento. Pero cuando llega la hora, que puede ser de muchas formas, casi nadie sabe en realidad lo que va a suceder, la reacción que va a tener, si va a poder controlar algo o nada en absoluto (los estudios de Antonio Damasio en esto son demoledores).  Por eso, es tan importante intentar asegurar para quien así lo quiera una muerte digna con el menor sufrimiento posible. Algo más que conseguido por la medicina. Y que por desgracia no esta garantizado por motivos que no tienen nada que ver con la medicina. 

  • En realidad, “muerte digna” debería incluir no morirse de hambre, o de impotencia, o de extenuación, etc., pero no vamos a ponernos estupendos ahora (Esteban Beltrán razonaba que esto sencillamente debería prohibirse por ley, para poder procesar a los responsables).

    Por cierto, conste que Lou pone esa frase citada -no lo recordaba- en boca de “some evil mothers”:

    https://youtu.be/IUEokpTu6Q4

  • En cuanto al aspecto médico que has mencionado, estremecedor, he estado pensando y en la historia del pensamiento (que es, en parte, también la historia de nuestra mentalidad) se da el caso de aquellos que han sido médicos, como Aristóteles, y dan en materialistas -para él hay alma corporal, y es mortal-, o han querido ser médicos, como Descartes, y que dan en espiritualistas -alma desligada del cuerpo e inmortal-. En literatura, algo parecido: Thomas Browne, Pío Baroja o Louis-Ferdinand Céline era médicos, y los tres se muestran muy lúgubres en sus meditaciones sobre el sentido del existir. La línea divisoria parece ser, atendiendo al caso de Aristóteles, el cristianismo, se sea creyente o no. Médicos todos ellos que han aprendido el pesimismo en el quirófano o la morge, contemplando la pésima facha que ofrecen los muertos. Entonces se les viene el cristianismo a la cabeza les guste o no y concluyen que “polvo al polvo y cenizas a las cenizas” -incluso hay una canción de rock al respecto: Dust in the wind, de Kansas: sólo somos polvo que se lleva el viento…

    Sin embargo, ya digo, Aristóteles, que está familiarizado con la guerra, no le encuentra ningún morbo al asunto, y Nietzsche, que pretendía saltarse el cristianismo a la torera y presumía de fisiologo, entendía que la muerte no es más que algo cuya cercanía aún da más valor a la vida.

    Parece que ya has elegido bando…

  • Un tema no agotado, por la proliferación de textos diversos sobre la muerte y lo mortuorio. Desde Norbet Elias a Roland Barthes, desde Susan Sontag a Christopher Hitchens hay un caudal de reflexiones crecientes sobre ese sin-sentido-natural. Incluso desde la pura ficción hay materiales que van desde Joyce a Barnes, para acabar como esa mariposa que describes.

  • ¡Todos esos lumbreras que mencionas están muertos! Y si los leyéramos a todos también nosotros palmaríamos de pura sugestión. Niklas Luhmann -otro que se ha ido- decía que ningún sistema psíquico es capaz de concebir su fin. Por eso nos parece un sinsentido. ¿Pero tú te imaginas a Joyce cien años más, escribiendo tomos aún más complicados, cada vez más grandes y prolijos, volviendo locos a los críticos generación tras generación? Una tontería que se oye habitualmente es que los genios no deberían morir; es al contrario: esos que se marchiten los primeros… ;-P

  • Estos son los versos de Lou Reed:

    And there’s always some evil mothers
    They’ll tell you that life is just made out of dirt.
    And the women never really faint,
    Oh the villains always blink their eyes.
    And the children are the only ones who blush.
    And life is just to die.
    But, anyone who has a heart
    Wouldn’t want to turn around and break it
    And anyone who ever played the part
    He wouldn’t want to turn around and fake it

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  • Exacto. El final es estupendo.

    Cuando digo, por cierto, que en toda civilización se ha entendido como bueno evitar el dolor previo a la muerte, hago abstracción de los antiguos espartanos. En Esparta, lo “civil” era una bella muerte, o o sea, la muerte en combate. Una muerte violentísima en la que no desciendes hacia la inconsciencia -esa especie de sueño vegetal…- apagándote lentamente, sino de golpe y como despeñándote. Pero es que Esparta, pese a su también merecida buena fama, era una ciudad totalitaria como nunca jamás se ha vuelto a repetir en la historia, y modelo de totalitarismos posteriores…

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