Forro polar color sangre

 

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En mi instituto se ha encargado a algunos alumnos que lean el siguiente librito: “La vuelta al mundo de un forro polar rojo”.  En Alemania se publicó en 2008, con la idea de atraer a un público juvenil a los problemas del mundo actual. Decía José Ortega y Gasset ya hace tiempo en “La rebelión de las masas” que el hombre contemporáneo actúa como un “señorito satisfecho”, en el sentido de que vivimos despreocupados no sólo de lo que nos rodea, sino, también, de preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí. A los adolescentes esta categoría se les puede aplicar doblemente, puesto que la historia, la filosofía o, en general, la cultura pasadas les importan poco, y, además, ignoran cómo funcionan incluso las entrañas etéreas y materiales del flamante móvil del que depende su vida social e incluso personal. Nuestros políticos se están encargando ya de sacarles de esa Arcadia de satisfacción, sino ahora, cuando acaben los estudios, pero antes, textos didácticos como este pueden hacerles despertar un poco, si es que les hiciera falta. Porque de la lectura de  “La vuelta al mundo de un forro polar -pequeña historia de la gran globalización“, de Wolfgang Korn, pueden extraerse dos conclusiones posibles, opuestas pero complementarias:

 

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1) La presente globalización nos ha convertido definitivamente en los triunfadores de la Historia, como señalaba algo cínicamente Francis Fukuyama el año de la caída del Muro, y lo que hay que conseguir es, o bien mantener ese puesto de privilegio frente al enemigo sin desarrollar, o bien contribuir paternalmente a su desarrollo, sin permitir tampoco, tontamente, que se nos suba a la chepa.

2) Ya han existido otras globalizaciones parciales anteriormente, la diferencia con la actual es que esta, al ser planetaria, no tiene escapatoria. El mundo se ha tornado en una suerte de prisión en la que los alcaides y los guardianes viven de lujo mientras que el resto de la población reclusa con suerte está sometida a trabajos forzados y en los descansos gime por su liberación. La metáfora es la de aquella película reciente -y tirando a mala-, Elysium, en la que los elegidos habitan una estación espacial paradisíaca mientras que en la Tierra una especie de proletariado y lumpenproletariado internacional malvive buscando la manera de llegar allí. En uno y otro caso, nadie ha merecido estar donde está, sino que se adquiere la riqueza o la miseria por derecho de nacimiento.

 

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Esta misma semana los periódicos “serios” daban la escalofriante noticia de que un 1% de la población posee el mismo capital que el resto de la humanidad.  Un hecho como este no sólo es escandaloso e injusto, sobre todo es que es profundamente irracional. La acción del hombre, en general, y como muestra este propio libro, es todo lo contrario de irracional: para organizar la producción, la distribución y el consumo como lo organizamos a día de hoy somos de una racionalidad extrema, casi exagerada. Sin embargo, desde el punto de vista de la mejor Filosofía, nunca la irracionalidad ha dominado tan ampliamente y con tanta fuerza sobre el mundo. A la primera forma de inteligencia, la inteligencia eficiente, organizadora, apta para dotar de medios a ciertos fines, los teóricos de la Escuela de Francfurt la denominaron “razón instrumental”; la otra inteligencia, la inteligencia en total, la suma, por decirlo así, de la capacidad humana para transformar la realidad, el filósofo alemán Hegel (en quién se inspiró, por cierto, Fukuyama) la denominó allá por los años treinta del s. XIX “razón absoluta”.

 

 

Pues bien: el estado de cosas del mundo actual, visto con perspectiva, parece el de que la razón instrumental va ganando la batalla con ventaja a la razón absoluta, y la situación es tal que casi, casi, estamos a punto de pensar que la razón absoluta nunca ha sido otra cosa que la sombra ideológica arrojada por la razón instrumental. La superioridad de la razón absoluta sobre la razón instrumental se basaba para Hegel en que la primera se valía de las conquistas de la segunda para allanar gradualmente las dificultades del trato interhumano haciendo reinar poco a poco la armonía, hasta un hipotético final de libertad y felicidad generales. Lo que vemos hoy, en cambio, es que a la razón instrumental le interesa funcionar bien en lo inmediato, y jamás piensa en la moralidad del conjunto. El largo plazo, el equilibrio de fuerzas o el reparto de cargas se la trae al pairo, y el correctivo histórico de la reflexión hegeliana que pudiera encuazarla desde instancias políticas trasnacionales o desde la propia voz de la intelecualidad mundial o no se aplica o se silencia. De esta manera, la racionalidad de prácticas exitosas para unos pocos puede convivir perfectamente con el fracaso irreparable en la racionalidad del todo, y así vamos viviendo, hasta que se agote la paciencia de los desfavorecidos o los recursos limitados del planeta (entonces, se reanudará explosivamente la Historia, pese a la sentencia de Fukuyama).

 

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En este librito, Wolfgang Korn ha querido ejemplificar, de un modo sencillo y sin adornos, algo así como la derrota de Hegel o acaso una teoría del caos organizado. Korn sigue el rumbo de un forro de polar rojo -una mercancía cualquiera, más bien barata- desde que es fabricado a partir del petróleo de Dubai hasta que termina desgastado en un cayuco que desembarca agonizante en las playas de Tenerife. Medio planeta es el escenario de este viaje, y en él aprendemos sobre los buques portacontenedores, las inundaciones de Bangladesh o los grandes perjuicios que producen en la economía africana las subvenciones de la Unión Europea. El autor no lo dice, dado al fin y al cabo se trata de un libro cuidadosamente suavizado para adolescentes, pero uno se teme, leyéndolo, que el forro polar es rojo porque está teñido de sangre…

 

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4 Comentarios

  • Este es el que más me ha gustado de los últimos que haces, seguramente por ser filosófico-político. Como observación o apunte tan solo señalar que la interpretación que manejas o expones de Hegel es la lectura liberal que se hace de su obra y que hay otras lecturas de Hegel, (ya que, con los grandes autores que no están totalmente definidos siempre hay tres interpretaciones políticas que se producen a su costa: la conservadora -que aquí llamo liberal-, la reformista y la revolucionaria) en el caso de Hegel podría decirse -por poner un ejemplo entre otros posibles y frente a mayores variantes hermenéuticas- que la primera sería la lectura de un Fukuyama, la segunda la que hace Habermas y la tercera la que hace Zizek… Ya sabes con cuál me quedo yo….

  • Gracias, pero, como ves, la mía es contra Fukuyama, no la de Fukuyama, así que no suscribo el Hegel de derechas. ¡La tercera es la de Marx, hombre, qué Zizek ni qué leches! En cualquier caso, la diana de una crítica acerca del desfase actual entre la razón instrumental y una hipotética razón absoluta sólo puede ser Hegel, los demás son epígonos. ¿Donde está hoy la razón absoluta? Porque parece que está, ya que tenemos los elementos de juicio necesarios para ejercer la reflexión, y, sin embargo, se muestran totalmente inoperativos. O sea: los Derechos Humanos, por ejemplo, están formulados, reconocidos, institucionalizados… pero, sencillamente, aquellos que se los pasan por el forro son más fuertes, más seductores y más convincentes (aunque sea la convicción producto de la hipnosis).

    De manera que creo que no nos hacen falta más Zizeks lunáticos, nos hace falta que lo que ya sabemos, la conciencia filosófica, por decirlo con Hegel, se cumpla. Es la praxis, hermano, y no tenemos todo el tiempo del mundo…

  • (Vaya, no quiero decir que los Derechos Humanos o la Conciencia Ecológica sean al fin la Razón Absoluta; lo que quiero decir es que, por primera vez en la historia, no parece que haya tiempo para esperar la siguiente manifestación del Geist, por seguir en ese lenguaje. Si estuviera por venir un Kant de la Postmodernidad, igual hasta llega tarde…)

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