La aristocracia de la belleza

 

¿Qué significas, condenada belleza del mundo?

 Luís Martín-Santos

 

 

Cuando la gente se enteró de que Matt Damon y Ben Affleck habían escrito el guión de El indomable Will Hunting, que luego mereció un Óscar de la Academia de Hollywood (y otro para Robin Williams en un papel serio, por cierto), no se lo pudieron creer. Eran demasiado jóvenes y, sobre todo, demasiado guapos, para tener además tanto talento. Tenía que haber sido su amigo el director Kevin Smith, que era, y sigue siendo, adecuadamente poco agraciado y algo llenito. En este caso, la belleza humana sirvió de obstáculo, pero en general suele funcionar como una espoleta de discriminación positiva. Ser más atractivo que los que te rodean representa una gran ocasión de ascenso social y de adquisición de un poder efectivo que los demás admiran a la vez que envidian. Los bellos y las bellas terminan por formar un grupo aparte realmente minoritario y que bien podría calificarse de “aristocracia”, puesto que gozan, como digo, de un poder muy característico que raras veces dudan en ejercer. Una chica o un chico que con trece años ya consigue un éxito social grande allí donde aparece, y al cual le llueven las ofertas de emparejamiento, puede estar seguro de que sus expectativas de futuro no se limitan a eso y de que semejante regalo de la naturaleza significa una inversión de las grandes. La tentación, por consiguiente, a hacer de su cuerpo un negocio es muy fuerte, y por esta razón -y no sólo por un prejuicio resentido de los feos o “normales” que han sido rechazados a menudo por ellos- entendemos que los guapos y guapas descuidan otros aspectos de su formación o de su personalidad.

 

Darwin, en muchos lugares desde El origen de las especies hasta El origen del hombre El sentido de la belleza tiene en cuenta esta dimensión de la evolución de las especies y conjetura incluso que la “selección sexual” es causa de “especiación” ulterior, es decir, que los individuos bellos, animales o humanos, al triunfar en la reproducción, generan caracteres distintos que se transmitirán a las especies futuras. Y, además, para Darwin no existe un criterio universal de belleza en ninguna especie existente, siendo la costumbre la que rige en muchos animales como patrón estético y también en los hombres según culturas. Incluso Darwin llega a decir que el sentido de la belleza los hombres lo hemos heredado de los animales, que son los primeros en escoger pareja por el aspecto llamativo del ejemplar que se les pone por delante. Pero los humanos hacemos más, mucho más, en lo que Darwin ya no entraba: cogemos a los guapos y guapas y les exaltamos a la visibilidad y a la influencia social, aunque carezcan de otros méritos también estimables. La inteligencia, sin duda (si no es un don excepcional y casi milagroso, como en la película de Will Hunting), se organiza en términos de una esforzada y lenta meritocracia, pero la belleza sube como la espuma de una cerveza de barril y se instaura como aristocracia. No hay actor o actriz del propio Hollywood, más allá de Damon o Affleck, que no esté allí por la singularidad de su físico, y hasta el que no es del todo guapo por lo menos es de una fealdad carismática, irrepetible, que produce en el espectador una cierta facilidad para retener su cara y asociarla a un estereotipo dado -existe una ilustre excepción que es Dustin Hoffman, y, de hecho, parece que tuvo unos inicios profesionales realmente duros…

 

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Los verdaderamente ricos y poderosos, esos que están ahí entre bambalinas manejando el mundo gracias a la suerte de su nacimiento o a su falta de escrúpulos, lo saben y también quieren apropiarse de la belleza ajena que ellos mismos no poseen. Con buen gusto o sin buen gusto, compran la belleza artística que otros son capaces de producir o la belleza del entorno natural de determinados paisajes o la belleza congénita de otros seres humanos que no pueden mimetizar, y con este acto o serie de actos logran aumentar su propio prestigio y rango social. Pero también sucede a la inversa: los bellos y las bellas obtienen, en su necesaria asociación con los ricos y poderosos, una potencia de intervención en el mundo real que de por sí les pillaba demasiado lejos. Grace Kelly nunca hubiera llegado a princesa de no ser una preciosa rubia, e Isabel Preysler jamás hubiera aspirado a convivir con un premio Nobel de tener el físico de Cristina Almeida, a la cual, por otra parte, respetamos mucho. La Preysler es como una Duquesa de los Pómulos Altos o una Condesa de la cintura de Avispa, y su dinero y su tiempo le cuesta mantener tales títulos. De hecho, la industria de la cosmética está a la par de las drogas y el armamento en ganancias de capital a lo largo y ancho del globo, y con un dato tan formidable como este resulta casi ridículo seguir afirmando que la gente se opera o se cuida o se acicala “tan sólo para gustarse a sí mismo”. No: si la información es poder, la belleza también lo es, y se deben cuidar con igual mimo las fuentes de la una y de la otra.

 

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Hablando de los ricos, esos personajes que tanto fascinaban a Francis Scott FitzGerald, un amigo me contó que Thomas Piketty explica, en su grueso volumen para los muy listos, que lo que ocurre con los ricos es que, estando muy lejanos en rentas de las personas corrientes, sin embargo también lo están entre sí, de manera que su conducta habitual consiste en emular a los que están más arriba que ellos, en una especie de sistema de “terrazas” que les estimula a querer siempre más para parecerse a los del estrato siguiente. Si esto es así, resulta natural que hayan perdido completamente la perspectiva respecto de la población de clase media o trabajadora, y, si esto es así, resulta también comprensible que busquen rodearse de objetos bellos que compitan con los de sus superiores en fortuna. O dicho de otro modo: tampoco Rainiero de Mónaco se hubiera casado nunca con una mujer imponente como Grace Kelly de no ser de familia real, y una vez que lo hace, sale en los papeles y se convierte en símbolo. La belleza como fruto prohibido que sólo muerden los que pueden pagárselo, como en aquella película italiana de hace dos años, La grande bellezza. Que finalmente tal belleza suene a hueco, y que la gente humilde se lo pase mucho mejor con adornos y entretenimientos mucho más modestos es en parte la lección del film, si no lo entendí mal.

 

 

Durante siglos, la belleza ha sido el único activo que las mujeres han poseído para acceder al poder y la riqueza del dominio masculino. Josefina burlándose del gran y temido Napoleón es un tópico histórico de la guerra de sexos, y frecuentemente las mujeres no han tenido apenas otro acceso  más que este a las capas más altas de la sociedad o a los libros de Historia. Al revés, sin embargo, apenas funciona, y, por seguir en Francia, un Balzac entrado en carnes y plagado de deudas podía casarse con una señora de alcurnia únicamente basándose en su fama literaria. La cultura cristiana de Occidente, no obstante, ha impedido ver las cosas como son, y practicamos así una suerte de neolengua o doble-pensar a la manera de Orwell en lo que se refiere a la belleza exterior de nuestros congéneres: la premiamos enormemente, pero fingimos que en el fondo nos importan más la cualidades internas. Recuerdo cómo dio la vuelta al mundo en 1985 aquella foto a una mujer afgana de ojos verdes que fue portada en la revista National Geographic. ¿Quién ha aprendido algo sobre la situación de la mujer en Afganistán por ello? ¿Somos así de superficiales, de fáciles de satisfacer con una simple mirada? Darwin casi se sorprendió cuando se percató que las plumaje colorido del pavo real atrae a las hembras al tiempo que le hace vulnerable a los depredadores. La supervivencia del “más apto” parece que también implica la supervivencia del “más bello”, porque la selección sexual opera también por la pasión hacia el otro sexo -o por el mismo sexo, no sólo en los seres humanos, pero aquí ya no hay selección propiamente dicha. Bajo el cuento popular de El patito feo, en fin, se esconde una venganza, para qué engañarnos, y cuando John Keats escribió el famoso verso (al término de Oda a una urna griega)…

 

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La belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber.

… podemos afirmar, aunque seamos tachados de cínicos, que ese pensamiento es de una terrible ingenuidad, sea porque, efectivamente, Keats murió muy joven, o sea porque no tuvo en cuenta o no quiso tener en cuenta los efectos perversos que produce en cualquier cosa destacada ese monstruo de millones de cabezas que llamamos “sociedad”.

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6 Comentarios

  • Es inquietante y misterioso el poder de la belleza que no sólo fascina y atrae sino que también intimida o por el contrario crea un comprensible resentimiento. Como el que lleva a etiquetar, sobre todo, a las mujeres bellas, como necesariamente poco inteligentes. Para desmentirlo está Hedy Lamarr que lo tenía todo, no sólo belleza y sensualidad sino también coraje e inteligencia, además aplicada a la ingeniería entre otras cosas. En inspirador leer cosas de su biografía.

    https://es.m.wikipedia.org/wiki/Hedy_Lamarr

    Aquí puede leerse el primer capítulo de la evolución del deseo, un libro quizá discutible pero muy interesante

    https://egamez.webs.ull.es/buss.pdf

    Y este documental abunda en el asunto 
     
    https://m.youtube.com/watch?v=qfwDbyPYcMk

  • Claro, Darwin no sabía nada de la genética, que Mendel descubrió después. Desde ella, es fácil practicar el reduccionismo de señalar que los ejemplares bellos son escogidos no por amor al arte (que vendría de la animalidad: ¡el gusto como nuestra parte animal!), sino porque la simetría, la altura y otros rasgos dan el fenotipo de una dotación genética sana. Yo aquí he querido evitar el debate esencialista, o sea, discutir si la belleza es una injusticia esencial en el plano social que no tiene remedio. Pero algo de eso hay, y de ahí mi referencia naturalista a Darwin: los guapos y guapas producen ese efecto a su alrededor que querer favorecerles que les otorga su poder. El resentimiento que mencionas sirve de contrapeso, aunque seguramente los resentidos fueron los más fascinados… Luego consulto tus enlaces, gracias por la aportación.

  • …y siquiendo animalistas (y un poco animales también) en la foto de mayor ya no está en edad de merecer. lo que interesa para la reproducción es sujetos jóvenes y sanos. y la belleza es síntoma de salud, entendiendo al autor.

  • A ese respecto, siempre recuerdo un monólogo de Pablo Motos antes de que hiciera el programa-basura ese. Decía que la suerte de los feos es que no se estropean con la edad, o más bien poquito, mientras que el pocharse de los guapos semeja una hecatombe…

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