Isaac Asimov y sus certezas

 

La felicidad consiste en hacerlo mal a tu manera.

Isaac Asimov

 

 

Leí la Autobiografía de Isaac Asimov en 2010, antes de cumplir los cuarenta, y me lo pasé como un enano. Era para mi algo así como una culminación tras muchas lecturas descuidadas y gozosas de sus novelas, siempre con el miedo natural a que el personaje decepcionase en todo aquello que a menudo es mejor no saber del autor que te ha proporcionado tan buenos ratos. Pero no, el “lado humano”, aún traicionando un poco el exotismo de su nombre -Asimov era muy norteamericano de los cincuenta / sesenta, pese al origen ruso de su apellido, y también el modo de exposición de sus memorias es muy a la manera americana de entonces-, tenía gracia suficiente como para justificar el interés de cotillear en el suelo vital de sus fantasías. No es que Asimov tenga ninguna filosofía particular que actúe al trasfondo de su imaginación, y por eso decía antes que hice de él lecturas “descuidadas”, ya que no me sentía en el deber de estudiar nada especialmente en ellas. Asimov era cientificista y punto, algo reduccionista si le apuraban, como suele ser lo corriente, pero con el humor suficiente, a la vez que con el pesimismo suficiente, como para no imponer el discurso de la ciencia como si fuese el único registro posible de la experiencia humana. Al fin y al cabo, Asimov era un divulgador, y el divulgador usa de la ciencia en el interior de una lógica del juego, como si las ideas y los modelos científicos fuesen resultados teóricos dados que se pueden presentar exentos del problematismo de la investigación real. Quiero decir que el verdadero científico, el obrero de la ciencia, tiene que conseguir financiación, recibe a cambio presiones, duda acerca del valor de lo busca, prueba con esto y luego prueba con lo otro, discute con sus colegas, etc., mientras que el divulgador entona libremente la alabanza de la empresa científica con una mirada de águila, en la convicción de que tales problemas pertenecen a una popperiana[1] lógica del descubrimiento y la verdad se abrirá paso con el tiempo pase lo que pase.

 

 

Asimov tiene gracia contando su vida en primer lugar porque reconoce no ser nada modesto, y estar sumamente convencido de su coeficiente intelectual y su propia valía. El escaso tiempo que pasó trabajando como “obrero de la ciencia” en el campo de la bioquímica no le fue bien, pero echaba tranquilamente la culpa a su entorno. Algo semejante le ocurrió con su primera mujer, con la que tuvo dos hijos: según cierta ley muy extendida que voy comprobando en muchos casos, los intelectuales destacados se casan una primera vez con una mujer que no tolera sus extravagancias de aspirante a genio y ya en el segundo intento, como la nueva chica les conoce prácticamente consagrados, entonces todo transcurre con mayor comodidad y entendimiento para ambas partes. De hecho, Janet, su segunda y definitiva mujer (y la que ha cribado esta Autobiografía a partir de un texto mayor en tres volúmenes), enseñó al Asimov maduro a hacer cosas tan elementales como salir de casa y viajar, tarea no poco ardua con un señor cuyo mayor objetivo en la vida era publicar el mayor número de libros con su nombre -creo recordar que llegó hasta los cuatrocientos cincuenta y tantos. Además, Asimov era un gran conferenciante y también se ganaba la vida así, pues era capaz de improvisar una charla sobre el tema que le pidiesen en el tiempo exacto que le hubiesen asignado. En el terreno de la ficción, que no era su favorito, Asimov no se andaba con rodeos o complicaciones: escribía lo que quería escribir atendiendo a la intriga y el didactismo del contenido, y nada le gustaba más que los giros argumentales y las sorpresas. Sus relatos cortos tienen, en eso, mucho de “maquinita de narrar”, con todo preparado y dirigido al efecto final, siempre muy preocupado por la verosimilitud científica de lo expuesto, y, como funcionaba maravillosamente bien entre los lectores, Asimov nunca tuvo intención de cambiarlo, a lo que se añade que fuera de la ciencia-ficción la Literatura como tal le importaba poco:

 

 

Las novelas que he escrito últimamente son del mismo tipo de las que escribí en los años cincuenta. (Muchos críticos me han censurado por ello, pero les haré caso el día que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas.)

De todas formas, apostilla Asimov, “un crítico no es considerado como un profesional hasta que no haya presentado pruebas irrefutables de que pega a su madre”. Su Autobiografía posee muchos chistes de este estilo, en un modo de exhibirse (mucha ocurrencia inteligente y poco sentimiento profundo), ya digo, muy norteamericano. Como cuando refiere sus disputas con la mentalidad religiosa tan presente también en las costumbres del público americano:

En cierta ocasión un sectario me censuró en términos desmesurados; le envíe la tarjeta que decía: “Estoy seguro de que piensa que cuando me muerta iré al infierno, y que una vez allí sufriré todo el dolor y las torturas que la ingenuidad sádica de su deidad pueda imaginar y que esta tortura durará eternamente. ¿No es bastante para usted? ¿Tiene además que insultarme?”. Por supuesto jamás recibí su respuesta.

 

 

Pues, aunque Asimov era en todo netamente estadounidense, pese a sus raíces eslavas, no carecía de cierta ironía en lo que se refería a dichas costumbres de su país. Así, cuando negociaba con las muchas editoriales en la que publicaba -sobre todo Doubleday tenía un especial lugar en su corazón y en su bibliografía-, puesto que valoraba mucho más sacar un nuevo título al mercado que ganar mucho dinero con él, apuntaba para sus adentros que “no ser codicioso probablemente es antiamericano y subversivo”. Y eso que Asimov, además, reunía entre sus peculiaridades el ser de condición judía, como su nombre de pila indica, con la mala fama respecto a una supuesta avaricia que conlleva eso… En una ocasión, se le sugirió que podía, e incluso debía, irse a vivir a Israel junto con el resto de sus correligionarios, él que no tenía nada de espíritu religioso, como hemos visto, y la reflexión que le suscitó aquel velado reproche merece la pena ser transcrita entera de un pasaje largo de la Autobiografía que estamos aquí citando continuamente:

 

 

 

Pero, ¿no merecemos los judíos una patria? En realidad, creo que a ningún grupo humano le conviene pertenecer a una “patria” en el sentido habitual de la palabra.

La Tierra no debería estar dividida en cientos de secciones diferentes, cada una habitada por un solo segmento autodefinido de la humanidad que considera que su propio bienestar y su propia “seguridad nacional” están por encima de cualquier otra consideración.

Soy partidario de la diversidad cultural y me gustaría que cada grupo identificable valorara su patrimonio cultural. Por ejemplo, yo soy un patriota de Nueva York y si viviera en Los Ángeles me encantaría reunirme con otros neoyorquinos expatriados y cantar Give my Regards to Broadway.

No obstante, este tipo de sentimientos deben ser culturales y benignos. Estoy en contra de ello si cada grupo desprecia a los demás y aspira a destruirlos. Estoy en contra de dar armas a cada pequeño grupo autodefinido con las que reforzar su propio orgullo y sus prejuicios.

La Tierra se enfrenta en la actualidad a problemas medioambientales que amenazan con la inminente destrucción de la civilización y con el final del planeta como lugar habitable. La humanidad no se puede permitir desperdiciar sus recursos financieros y emocionales en peleas interminables y sin sentido entre los diversos grupos. Debe haber un sentido de lo global en el que todo el mundo se una para resolver los problemas reales a que nos enfrentamos todos.

¿Se puede hacer esto? La pregunta equivale a: ¿puede sobrevivir la humanidad?

Por tanto, no soy sionista porque no creo en las naciones y porque los sionistas lo único que hacen es crear una nación más para dar lugar a más conflictos. Crean su nación para tener “derechos”, “exigencias” y “seguridad nacional” y para sentir que deben protegerla de sus vecinos.

¡No hay naciones! Sólo existe la humanidad. Ysi no llegamos a entender esto pronto, las naciones desaparecerán, porque no existirá la humanidad.

Naturalmente, alguien que ha dedicado su vida a la difusión del conocimiento científico, contempla la actividad de la especie humana desde una perspectiva que menosprecia los particularismos chauvinistas entre los que se desenvuelven contemporáneamente sus congéneres. Es como si en esto operase también cierta “lógica del descubrimiento” (popperiana también, del Popper que escribió Miseria del historicismo), de manera que lo que la humanidad ha ido conquistando en el fango de la pelea histórica fuese siempre reabsorbible en una suerte de caracteres generales del ser humano ideales y abstractos para los cuales cabe augurar algún porvenir. Asimov, de hecho, redactó también una historia de la humanidad bastante extensa, y personalmente albergaba la esperanza de alcanzar con vida el año 2000, sobre todo por lo que tenía de simbólico para la ciencia-ficción. No pudo ser -murió de un cáncer en 1992-, pero antes dejo valiosos pensamientos como éste, fruto de una existencia de trato doble con la faena científica, descriptivo y también imaginativo, y en el que las muchas certezas que atesoró Asimov en sus estudios encuentran por fin una frontera absoluta:

 Creo que el conocimiento científico tiene propiedades de fractal; no importa cuánto aprendamos, lo que queda, por muy pequeño que pueda parecer, es tan infinitamente complejo como lo era todo al empezar. Ese, creo, es el secreto del Universo.

 

 

 

[1] Karl Popper defendió en el s. XX, en efecto, la idea -la visión epistemológica- según la cual existe una “lógica del descubrimiento” que describe las circunstancias siempre precarias y pasajeras en las que se hace la ciencia en este mundo y otra lógica, “de la justificación”, en la que los hallazgos se separan de la Tierra para pasar a formar parte de un orbe enteramente coherente de leyes científicas donde todo encaja idealmente y la génesis concreta de las nociones puede ser ya considerada como puramente anecdótica. La mayoría de los científicos y los divulgadores comparten este punto de vista tan conveniente de un modo espontáneo, pero no es ni mucho menos unánime en la producción más seria del pensamiento actual. 

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10 Comentarios

  • A los veintitantos yo era uno de esos tipos que iba diciendo por ahí que no me gustaba la ciencia ficción. Quizá incluso decía que “no me interesaba nada” para subrayar con un punto de displicencia, muy del gusto de la época, que era algo evidentemente desdeñable. Sin embargo un amigo, en una noche de verano, me habló de la Fundación, me describió la inmensidad de Trantor, el planeta central del imperio Galáctico, del que solo Harí Seldon con su psicohistoria era capaz de sospechar su decadencia. 

    Así que comencé a leer la novela y ya no paré hasta terminar la tetralogía. Recuerdo que me sentía abducido, y que la distancia temporal en la que se desarrollaba la acción parecía clarificar los dilemas humanos y las luchas de poder que no habían desaparecido a pesar de los avances tecnológicos que permitían ir de una galaxia a otra con un salto en el hiperespacio 

    Desde entonces se me abrió una puerta a la ciencia ficción, también a las películas, y ya no dejé de leer a menudo algo de Asimov que parecía tener una capacidad inagotable para saber de muchas cosas y divulgarlas siempre con el punto de optimismo que, a veces, puede dar un coeficiente de inteligencia al parecer legendario. 

    Ahora tu artículo me lleva a sus memorias que me hacen pensar lo que de él proyectó en Seldon esa figura un poco melancólica que aparecía de vez en cuando para animar a pasar a la siguiente etapa si es que los elegidos de la Segunda Fundación habían conseguido superar una dificultad en apariencia insalvable. 

    Estupendo artículo. Muchas gracias por recordar de nuevo a Asimov

  • Esos “cerebros positrónicos”, esos “cañones de protones”, esas “velocidades sub-lumínicas”, etc. -no recuerdo bien. Lo que yo prefería de todo eran los cowboys galácticos, esos tipos que iban solitarios en una nave cumpliendo una misión junto con su sofisticado superordenador, desconocedores de que Asimov les había enredado en un acertijo cósmico-político. Era todo encantador y riguroso a la vez, me parecía muy vintage, cuando aún no existía la palabra, porque el propio Trantor era muy años cincuenta-sesenta americanos del futuro (Asimov era años cincuenta-sesenta hasta en su trato con las mujeres, no tan macho dominador como en Mad Men pero si galanteándolas constantemente)…

    Por cierto, hay un pequeño error: aunque es cierto que Asimov no se preocupaba apenas de la literariedad, sí que pertenecía a un muy literario club de adoradores de Shakespeare, y componía ocasionales poesías, poco sentimentales y más bien jocosas. No obstante, entendió mal el 1984 de Orwell, por ejemplo…

  • Tienes razón. Por una transfusión, según parece. Él en su autobiografía narra una operación en la que le extirparon un tumor, y pensé que habría rebrotado. Pues nada: al saco de Rock Hudson y Freddie Mercury…

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