Viaje al fin del IKEA

 

Hay en el mundo mucha mierda: ¡eso es verdad! ¡Mas no por ello es ya el mundo un monstruo mierdoso!

    Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra.

 

Siempre que me veo obligado a visitar un IKEA, siento como si  llevara  puesto un pijama, yo que apenas uso pijama. O un chándal, que es una modalidad de pijama inventado para la calle, no para el deporte, y que tampoco gasto. Entras por la puerta giratoria (va sin segundas…) del IKEA y desaparece de la faz del mundo el problema de los miles de sin-techo de tu país y de los millones de refugiados del planeta. La mole azul y amarilla del IKEA es como un castillo encantado de Disney, con su estandarte y todo, y que, según lo divisas de lejos desde el coche familiar, sabes que te engullirá dulcemente. El moderno Jonás cree que acude a IKEA a comprar muebles, pero en realidad lo que hace es desguazar una ballena infinita. Coge un carrito y lo llena de huesos, tendones y filetes de la ballena, que ya no da miedo como en La Biblia, sino que lo quita. El moderno Jonás, que a veces soy yo, navega por los intestinos retorcidos del Leviatán y ya no teme a la muerte, ni a la guerra, ni a la peste ni al desempleo. Esas plagas apocalípticas son cosas que le ocurren, si es que ocurren, a otros en cuyas ciudades no existen establecimientos de IKEA.

 

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Los niños se pasean alegremente por el IKEA, al igual que las parejas en estado de buena esperanza, porque IKEA también es un criadero. En él abundan los peluches, todos los productos son, en el fondo, de peluche. IKEA uniformiza todas esas carísimas cajas de zapatos a las que llamamos “hogar” recauchutándolas de peluche, y lo hace usando para los fondos la paleta esencial de Piet Mondrian. IKEA está provisto de esas zonas wifi, de esos comederos de plástico sano y de esos amplios sofás para criticar cómodamente al prójimo que le hace parecer rabiosamente actual, pero tiene un espíritu viejo, como de funcionalismo oxidado. Recorrer el IKEA es como hacer una gymkana, con sus pistas y todo, y sus dependientes se nos antojan antiguos boy-scouts creciditos que andan por ahí aprovisionando diligentemente la colmena social. Yo no me metería nunca con la gente asalariada y bien alimentada (a menudo, sobrealimentada…) que puebla el IKEA, de la que en ocasiones formo parte, pero me pregunto qué sinfonías, qué odas, qué novelas podría inspirarles el IKEA. Creo que ninguna, sinceramente. Ni el IKEA se presta al arte ni sus feligreses somos artistas. No, al menos, mientras jugamos a la libertad de compra allí. Porque es una clase de libertad aturdida la que se practica en el IKEA, esa clase de libertad que no permite elegir nada realmente porque la oferta es tan sobreabundante que todo da lo mismo, que se produce la anestesia del gusto. Nos dicen, a los devotos del templo-IKEA, que el capitalismo es un sistema que te invita a elegir, pero lo cierto es que luego no te enseña a elegir, y terminas por elegir entre valores equipolentes.

 

 

El IKEA, en fin, me recuerda aquella expresión tan sumamente filosófica de Gilles Deleuze: las “megamáquinas del deseo”. La ballena tiene un aspecto operativo casi maquinal que sirve al realojo en cajas de zapatos de los Jonás bien alimentados que desean un criadero. Mientras que te surtes en el IKEA, las malas noticias del mundo se vuelven irreales, puesto que estás construyendo la República Independiente de Tu Casa (el posesivo debe ser llevado también a mayúsculas) al margen del resto de la Humanidad. Y el caso es, pienso, que el mundo es, efectivamente, una maravilla, que la vida es fantástica, y que, por supuesto, hay, en uno y en la otra, muchísima mierda, sin embargo, no aprenderás en profundidad ni la maravilla ni la mierda si pasas más tiempo del debido en unos grandes almacenes, sean los que sean, y, paradigmáticamente, si metes en tu propio espacio privado la uniformidad de nomenclatura gutural de los cachivaches de IKEA.

Louis-Ferdinand Céline escribió aquel libro tremendo y lúcido, Viaje al fin de la noche, como pretexto fascista para odiar a la humanidad. A mí me ocurre también un poco lo mismo cuando pierdo unas horas extraviado en el puto IKEA. “¡Pues no vayas!”, diréis. ¿Y cómo sabría, entonces, lo que siente Jonás en su pequeño universo, allí donde parece que no hay todo un inmenso mar ahí fuera?

 

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