Alejandra Pizarnik: cuando las flores morían en sus manos

7 March 2016 21:02
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Alejandra Pizarnik

 

Eso tan incomprensible de que alguien se hipnotice con la oscuridad y solo quiera morir aunque, por otro lado, parezca tan joven y tan viva en sus versos o en su sonrisa, hace solo unas horas, mientras tomaba una cerveza con jazz y hablaba de algo con toda la intensidad de su cuerpo.

El ánimo que nos dibuja el ojo de la cerradura por la que vislumbramos el mundo, que nos sesga la memoria y la mirada, lo que podemos pensar y lo que podemos esperar. El ánimo que oscila como el péndulo de un equilibrista que camina en el vacío sobre un cable muy delgado y que a veces no soporta ni la levedad de un pájaro.

El misterio del ánimo que se escapa de las manos, que parece definirse mejor en sus extremos, cuando sube y baja como una montaña rusa. La manía, cuando la alegría termina siendo una fiebre de actividad vacía e impulsiva, un patético delirio de grandeza. La melancolía que lo tiñe todo de anhedonía y desesperanza, como chapotear en negras arenas movedizas donde se intenta salir inútilmente tirando de los propios cabellos.

 

Alejandra Pizarnik

 

Lo incomprensible de las causas que siempre se encuentran, pero también en algunos de los que sobreviven y deciden huir hacia delante,  quizá con mayor intensidad. El dolor en la infancia, el desamor cuando tanto se necesitaba un abrazo, el rechazo percibido del mundo en el que sin embargo se ansía caminar y quizá se le exige demasiado.

Y luego, a veces, las palabras, los versos que salen justo de esa herida, que parecen reflejar lo más auténtico de la intimidad, el filo de la lucidez que parece no querer abandonarse y sin embargo se detesta. Las palabras que embriagan y alientan a vivir, paradójicamente, a los que están fuera de la niebla y miran sin comprender del todo, un poco ateridos o cansados.

Los amigos que quieren ayudar y echan cabos, lo mejor que pueden, recordando la otra realidad que también han contemplado y que los suicidas tan fácilmente olvidan en la noche perpetua en la que a veces se sumergen o quizá de la que nunca han salido. Como aquel Cortázar a Alejandra Pizarnik, en 1971, justo un año antes ….

 

Julio Cortázar

París, 9 de septiembre de 1971 
Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra. 

Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo. 

Julio

Carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik en Septiembre de 1971

 

 

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“Recuerdo mi niñez

cuando yo era una anciana

Las flores morían en mis manos

porque la danza salvaje de la alegría

les destruía el corazón.

Recuerdo las negras mañanas de sol

cuando era niña

es decir ayer

es decir hace siglos”.

 

 

Madrugada

Desnudo soñado una noche solar.

He yacido días animales.

El viento y la lluvia me borraron

como a un fuego, como a un poema

escrito en un muro.

 

Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar

el sonido de la luz en una hora muerta,

el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.

Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

Alejandra Pizarnik

Moradas

                                                      A Théodore Fraenkel

En la mano crispada de un muerto,

en la memoria de un loco,

en la tristeza de un niño,

en la mano que busca el vaso,

en el vaso inalcanzable,

en la sed de siempre.

 

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Naufragio inconcluso

Este temporal a destiempo, estas rejas en las niñas

de mis ojos, esta pequeña historia de amor que

se cierra como un abanico que abierto mostraba a la

bella alucinada: la más desnuda del bosque en el

silencio musical de los abrazos.

Pido el silencio

Canta, lastimada mía

                                Cervantes

aunque es tarde, es noche,

y tú no puedes.

Canta como si no pasara nada.

Nada pasa

Alejandra Pizarnik

 

Poema 3

Sólo la sed

el silencio

ningún encuentro

cuídate de mí amor mío

cuídate de la silenciosa en el desierto

de la viajera con el vaso vacío

y de la sombra de su sombra.

Signos

Todo hace el amor con el silencio.

Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.

De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.

 

Revelaciones

En la noche a tu lado

las palabras son claves, son llaves.

el deseo de morir es rey.

Que tu cuerpo sea siempre

un amado espacio de revelaciones.

Julio Cortázar

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