La chica que fue invierno

 

 

Exquisitamente editada por Impedimenta el pasado octubre (esas pinturas de la época, sobre todo, tan de cómic elegante actual, muy bien escogidas, que adornan las cubiertas…), Una chica en invierno es una novela que se diría pequeña en su temática e intenciones, pero grande por el estilo cuidadoso y preciso de Philip Larkin y por sus consecuencias existenciales generales. Es, en cierto modo, propio de una poética muy de posguerra ese intento de poner el foco en vidas anónimas que en su cotidianeidad nos muestran el efecto de trágicos momentos históricos de gran alcance, como en una versión invertida del famoso “efecto mariposa” de la Física del caos, de tal manera que una poderosa tempestad en Tokio puede en efecto quebrar las alas de un minúsculo y frágil insecto en cualquier otra parte del mundo. En este caso, y como ya he mencionado, el protagonista oculto de la novela es la Segunda Guerra Mundial, que nunca hace acto de presencia directamente pero que ha devastado terriblemente al protagonista nominal del relato, una mujer de veintipocos años llamada Katherine. Larkin nunca nos indica la nacionalidad de Katherine, lo elude constantemente y ex profeso, pero yo me inclino a conjeturar que podría tratarse de una francesa que ha habitado y hasta sufrido el gobierno colaboracionista de Vichy, lo cual explicaría una cierta vergüenza personal por su parte derivada del devenir de los acontecimientos bélicos. Pero he leído a otros comentaristas que creen que incuso podría ser una judía alemana, lo cual, finalmente, no tiene mucha importancia, puesto que el autor explícitamente no se la da. Es como si para Larkin la nacionalidad de Katherine no fuese relevante, basta para él con que ella sea una europea continental ajena al modo de ser de la isla inglesa, la cual visita en un memorable verano de su adolescencia.

 

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Sea como fuere, las circunstancias de la guerra han matado la pasión de Katherine, la han enseñado la insensibilidad, mientras que los ingleses, que llevan practicándola siglos, quedan, al contrario, heridos y vulnerables tras la tremenda experiencia. Philip Larkin, claro, era inglés, seguramente el poeta más reconocido de la Gran Bretaña en la segunda mitad del s. XX (todavía recuerdo los rendidos elogios y las citas que hacía de él el norteamericano Richard Rorty en sus ensayos filosóficos), pero no me parece que lo que esté llevando a cabo en esta novela sea específicamente una crítica al carácter británico. Más bien entiendo que Larkin ha querido generalizar hacia la condición humana, algo que se diría inevitable cuando una contienda de estas proporciones pone al escritor ante el invierno de la Historia, ante un invierno casi global. Larkin contaba con la misma edad que Katherine cuando compuso Una chica en invierno, y ya no volvió a escribir novelas nunca más. Tal precocidad puede explicar el hecho de que poetice en extremos, y, así, entre aquel verano y este invierno sea incapaz de haber entrevisto los matices de ninguna primavera u otoño intercalados. El resultado, voy a anticiparlo, es sumamente triste, pero el lector, si se siente generoso o agradecido por el buen hacer narrativo de la novela, siempre puede considerar el final abierto, porque, al término de tanta elegía, Larkin parece prestarse y condescender a ello.

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