Palabra de honor

Fotografía: William Klein

 

Cuando abrió los ojos sobresaltado aún no había sonado el despertador. Quizá no faltaba mucho tiempo para que lo hiciera, aunque todavía era de noche. Se había acostado muy tarde, arrastrando una tertulia que no le interesaba demasiado pero en la que tenía que mostrar interés. No podía defraudar a nadie y más ahora que tanto lo admiraban.  Recordó algunos fragmentos de las cosas que dijo, que le dijeron, y las notó reverberar en el interior de su cabeza como una bandada de insectos, reiteradamente, haciendo eco, aumentando por momentos el pitido que sentía en sus oídos. Se percibía muy despierto y a la vez muy cansado, con una sensación de laxitud en el cuerpo que llevaba mucho tiempo acompañándole, como si todo le pesara mucho, como si hubiera seguido trabajando sin parar todas las noches desde hacía mucho tiempo, como si llevara algo muy pesado sobre los hombros.

 

William Klein

 

De inmediato sintió una punzada de culpabilidad. Pensó en los obreros que, a esas horas, ya trabajarían en las fábricas por un salario insuficiente; en los mineros que ya respirarían mal en el fondo de cualquier mina; en los basureros, agotados de recoger la mierda de los ricos toda la noche; en los inmigrantes tratando de saltar una valla después de atravesar un continente quizá para acabar en un terrible campo de refugiados. Pensó en la calamitosa situación del planeta, en las especies a punto de extinción; en lo que quedaba por hacer en todas las selvas del mundo.

También pensó en sus labios y en su melena rubia. En su perfume tan perturbador (y previsiblemente tan caro), en lo bien que le sentaban esos jeans de Armani y esa blusa de seda blanca que dejaba al aire sus hombros y el inicio de sus pechos, que casi no se atrevió a mirar cuando se la presentaron, aunque los ojos se fueron solos,  como impulsados por toda esa estúpida cultura patriarcal y machista de la que ahora se sentía tan culpable.

 

 

A menudo decía que “ellos”, los representantes de lo nuevo, ya no eran así. Y que eso se notaba en la autenticidad, en lo que deseaban espontáneamente, sin fingir; en lo que habían aprendido de pequeños entre la buena gente;  en la importancia que no le daban a la ropa, ni a los abalorios; en preferir una cerveza en un bar de barrio antes que un cóctel en un hotel con palmeras; en el desprecio que les inspiraba la doble moral de los mentirosos. “Los deseos íntimos reflejan la autenticidad de lo que somos, lo que nunca tendrán ellos, la brújula que impedirá que nunca nos perdamos”. Lo que había pensado tantas veces, el argumento definitivo que, sin embargo, ahora le resultaba inquietante y le daba vueltas por la cabeza, con un cierto dolor, como un pájaro herido que se estrellara una y otra vez contra el cristal de una ventana.

 

 (1928
Fotografía: William Klein

 

Se despertó tarde y se sobresaltó. Había quedado dentro de media hora y era una reunión importante. La puntualidad era otra virtud ineludible. Miro su pelo en el espejo y anticipó el tiempo que le llevaba cuidar su melena, lo incomoda que le resultaba desde que sabía que no iba a poder cortársela en mucho tiempo.  Miró el armario lleno de camisas de cuadros y pantalones vaqueros, y sintió un hastío enorme que identificó como una contradicción. “Las contradicciones forman parte de la esencia de la vida” recordó que alguien le dijo que decía Alberti  en algunas circunstancias comprometidas. Sintió entonces una poética sensación de alivio en algún sitio de su cuerpo,  como si una sirena muy aguda hubiera dejado de ulular.

Pensó entonces en ella. “Palabra de honor” recordó se llamaba ese escote que recorrieron, tan a su pesar, sus ojos.

Entonces decidió meterse en la ducha. Tenía que seguir cambiando el mundo

 

Fotografía: Burt Glinn
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