Por un Sueño no necesariamente Americano


Elizabeth Gadd

“En este mundo sólo hay dos tragedias: una es no lo conseguir lo que deseas y la otra es conseguirlo”

Óscar Wilde

 

En casi todas las películas que nos pasan los domingos por la noche -y también en muchas otras a lo largo de la fatigosa semana, por no hablar de la mayoría de las producciones infantiles-, el protagonista se define a sí mismo ante todo por su ansía de perseguir un “sueño”, y como no se ruedan películas-del-domingo-noche que se precien con el objetivo de que el televidente acuda triste y cabizbajo al trabajo el lunes a primera hora, director y guionista a la par se encargan de que tal sueño se cumpla en torno a la una y media de la madrugada, justo cuando ya es tarde para que se realice ninguno de los que pueda haber acariciado el espectador en los pasados días laborables. En ese punto no nos quedan ya más que dos alternativas para afrontar la carga pesada de un lunes, de otro lunes, que es el duro y fatídico día de la semana en el que incluso el pequeño y modesto “sueño” de aprovechar al máximo el fin de semana se ha desvanecido completamente: o bien transferimos nuestros sueños al cine y otra formas de ficción, conformándonos con que se cumplan al menos los del prójimo virtual (generalmente más joven y más apuesto que la familiar y decadente imagen que vemos a diario en el espejo), o concluimos resignadamente que, poquito más o poquito menos, mal que bien, nosotros ya hemos materializado todos los “sueños” que necesitábamos para sentirnos medianamente satisfechos, y sólo nos resta “seguir tirando” con lo conseguido hasta la fecha, como un mulo delante de una carreta repleta de logros que antaño fueron nuevos y flamantes y ahora suenan como chatarra vieja. Total: allí están los informativos para darnos noticia de esas muchas personas, masas ingentes de población de otras zonas del mundo, que no han obtenido ni eso, y para los cuales nuestra propia cotidianeidad es ya un sueño inalcanzable…

 


Esa afición tan norteamericana a referirse a las fantasías de futuro que uno sueña despierto, y con los que se dice que uno ha nacido (o para los que se dice que uno ha nacido, siendo un poco más supersticiosos…), parece que procede de un libro que se publicó allí en 1931, y donde un historiador, en plena Gran Depresión, trataba de convencer a sus compatriotas de que su destino, tanto particular como nacional, dependía de su propio esfuerzo e iniciativa particulares y colectivas, dado que el entorno económico-político era evidente en aquellos años que no iba a ayudarles demasiado, más bien al contrario. De modo que EEUU bien podía seguir autointitulándose mágicamente la Tierra de las Oportunidades, pese a que esas Oportunidades jamás son otorgadas por el Estado para beneficio de la sociedad civil; no, esas Oportunidades había que cogerlas, había que sudarlas y había que defenderlas después, palmo a palmo, pulgada a pulgada, haciendo de tripas corazón y arma en mano si fuera necesario, como en los salvajes tiempos de la Conquista del Oeste. Así que está visto que todavía hoy los sueños típicamente americanos son sueños de carácter individual desde el principio, no importa si personalmente individuales o nacionalmente individuales (los países también pueden ser concebidos como individuos, más aún EEUU en aquellos tiempos de doctrina aislacionista), peleados totalmente a solas y como a la intemperie, y, naturalmente, cada uno debe tener el suyo propio como cada cual tiene su opinión o su trasero, dispositivos particulares e intransferibles todos ellos que se emplean para subvenir las propias necesidades pero que no se comparten con nadie.

 

 

Pero, ¿y si todo ese discurso telefílmico y cultural americano no fuese más que una excusa dramática, concretamente la justificación propagandística de un sistema en el cual, si has llegado a rico, entonces es que luchaste denodadamente en realizar tu “sueño”, y si, en cambio, permaneces pobre, entonces es que no supiste partirte el lomo tanto como tu ideal lo requería? Como esta disyuntiva no se puede en ningún caso comprobar por vía empírica, porque funciona a posteriori de los hechos reales, actúa como una trampa argumental de la que resulta difícil salir. O exitoso, o fracasado, o ganador o perdedor, ser o no ser: esta es la vieja cuestión en el estilo económico capitalista. Y es una cuestión moral, casi religiosa, como señalaba Walter Benjamin, puesto que separa a los hombres entre elegidos y condenados, y el entorno social (o sea, el resto de la parroquia…) suele tratarlos como tales. Por otra parte… ¿Se puede aspirar al “sueño” de ser albañil de la construcción como se aspira al de ser un segundo Steve Jobs, o hay sueños por completo insoñables, absurdos, ridículos? Sin embargo, hubo un tiempo en que ser albañil suponía un cierto timbre de gloria, y el gremio de los francmasones firmaba con orgullo sus obras. Pero, claro, hacían cosas como catedrales, no bloques uniformes de pisos… El propio Steve Jobs, sobre el que proliferan las biografías y películas made in USA, recibe la consideración y hasta el culto de un santo, puesto que rozó el cielo protestante del vendedor-providencia, aquel que alcanza fama y fortuna diseñando unos chismes que no sabíamos que necesitábamos. El resultado moral de todo ello se percibe no sólo en el cine, sino también en las teleseries vespertinas de consumo fácil para toda la familia. Allí triunfan los personajes que son manifiestos egoístas, cínicos diplomados la mar de simpáticos, que aunque al final acostumbran a aprender “el verdadero significado” de esto o lo otro, en el episodio siguiente vuelven a ser los mismos de siempre y el público los adora por ello. La pregunta, para mí, que soy profesor, es: ¿y qué puede hacer la educación reglada, e incluso no reglada, contra esto?

 

Elizabeth Gadd

 

Y, con todo, esto no es lo peor. Lo peor es que los pocos que consiguen realizar su sueño -que es la manera políticamente correcta de decir “su ambición”- tampoco hallan en ello reposo alguno. “No tenemos sueños baratos”, susurra el repugnante spot radiofónico de una lotería. Y como no son baratos, porque, según el anuncio, el deseo humano no se conforma con viajar en avión a haraganear a Honolulú, sino que además quiere hacerlo haraganeando previamente en un exclusivo avión privado, una ambición lleva a la otra y el rico termina por volverse adicto a la riqueza, el famoso adicto a la fama, y el triunfador, en general, nunca encuentra que ha cosechado los triunfos bastantes. El deseo, pues, como en la filosofía de Schopenhauer, parece que tiene como un agujero traicionero en su base, y toda posible satisfacción se le cuela y lo deja una y otra vez vacío como un depósito de combustible perforado. Conque ni en la mejor de las situaciones el sueño a la americana cumple su dorada promesa, al tiempo que produce una cantidad innumerable de víctimas reales y también morales, puesto que la inmensa mayoría terminan en el vertedero social de los “perdedores”. Como en la versión popular de la famosa frase de Óscar Wilde, más vale que tengas cuidado con lo que deseas no vaya a ser que termine ocurriendo. O, como decía la frase de Santa Teresa popularizada por Truman Capote, hay más lágrimas derramadas por las plegarias atendidas que por las no atendidas. Así, con el Sueño Americano en la mano, tal como apuntaba el agudo y avisado Sam Weller,todo son buenos sentimientos, señor; las mejores intenciones, como dijo aquel que se escapó de su mujer porque ella parecía desgraciada con él.” De hecho, tras la Gran Depresión, y pese a la ideología del Sueño Americano, fue el intervencionismo de Papá Estado promovido por Franklin Delano Roosevelt -que fue, sin duda, un gran estadista como ya no se ven hoy en el mundo-, y a continuación una guerra colosal en la que se empeñó en entrar los que sacaron  las castañas del fuego al Tío Sam durante muchas décadas. El “sueño” finalmente rescatado se dejó soñar, efectivamente, mucho mejor…

 

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Naturalmente, todos queremos trabajar en algo que nos guste, aunque sólo sea por lo que dice el refrán chino, que el que trabaja en lo que le gusta no trabajará jamás. Luego, resulta que incluso en estas circunstancias tan felices el asunto de la ocupación a la que uno ha escogido no es ni mucho menos tan idílico como nos lo pintan, como saben tantos jóvenes emprendedores de todos los países del mundo –como saben incluso aquellos a los que por el momento les va relativamente bien. A menudo, vemos muchos peones de albañil que parecen menos agobiados y estresados que nosotros, y yo creo firmemente que en muchas ocasiones es cierto que están, como poco, más tranquilos. Las ambiciones son un motor formidable para la acción, y la humanidad no habría podido pasarse sin ellas, pero deben tener un límite a partir del cual el ambicioso mire hacia atrás y entienda su tarea como culminada y su saca bien llena. No para cruzarse de brazos y vegetar, puesto que, como escribía el científico, jurista y filósofo multidisciplinar Leibniz en 1715 -un año, por cierto, antes de morir- “La tranquilidad es un paso hacia la estupidez. Uno tiene que encontrar siempre algo que pueda hacer, pensar, proyectar, algo en lo que interesarse, ya sea para el público o para uno mismo”. Pero sí para aprender a sacar partido a los resultados concretos, espirituales y materiales, de nuestra vida, con los que todavía se puede siempre jugar. Decía Friedrich Schiller, al final del mismo siglo en el que murió Leibniz (luego vendría la Revolución Industrial a terminar con estas suavidades ilustradas y priorizar el trabajo por encima de cualesquiera otra cosa):  “Quede bien entendido que el hombre sólo juega en cuanto es plenamente tal, y sólo es hombre completo cuando juega. El juego no es un escape de la vida; constituye parte integrante de ésta y permite a todos entendernos mejor y comprender nuestras vidas”.

 

 

La lógica del juego como meta de la existencia me parece mucho mejor sueño que el Sueño Americano, o por lo menos mucho menos capaz de engendrar horribles pesadillas a la larga. La propia cultura debería ser un juego, y la economía, que hoy en día constituye casi toda nuestra cultura en Occidente, el juego supremo, tal vez el más decisivo por ser el más básico. No, por supuesto, el juego especulativo de la Bolsa, que es, de nuevo, un juego de carácter religioso en el que se erigen templos en los que se extravían muchas almas y se pierden muchos empleos y vidas por una decisión caprichosa pero inapelable del Dios-dinero. Pero sí un juego económico distinto al actual y más responsable al que no le falte un cierto factor de competencia, puesto que la competición es parte fundamental de todo juego. No obstante, la competición no debe y no suele ser un fin en sí del juego, pese a lo que nos hacen creer en el fútbol, sino tan solo su pretexto inicial. La finalidad ideal del juego la definió mejor que nadie Johann Huizinga en 1938, por continuar con las citas ilustres: “El juego es una acción o una actividad voluntaria, realizada en ciertos límites fijos de tiempo y lugar, según una regla libremente consentida pero absolutamente imperiosa, provista de un fin en sí, acompañada de una sensación de tensión y de júbilo, y de la conciencia de ser otro modo que en la vida real”. ¿Y no sería bastante, no colmaría nuestras expectativas, el vivir de “otro modo que en la vida real”, con esa “sensación de tensión y júbilo” que según Huizinga acompaña, como una recompensa emocional, el juego bien jugado, tenga o no grandes beneficios materiales ulteriores? El matemático podría seguir interesado en las Olimpiadas Matemáticas o problemas insolubles que sean al margen de los prestigios académicos o aplicaciones tecnológicas que pudieran seguirse, el arquitecto podría seguir preocupado por la belleza e inserción urbanística de sus construcciones, las pague quién las pague y cómo y cuando las pague, el biólogo, por su parte, seguir intrigado por las consecuencias filosóficas de sus investigaciones, etc. Hasta el peón de albañil, si no ha tenido la oportunidad (y, desgraciadamente, las Oportunidades siempre tienen dueño en el mundo del Capital, que las reparte como se le antoja a fin de perpetuarse) de una formación mayor, puede sentirse perteneciente a una cuadrilla mejor que otras, más eficaz, con más compañerismo, más divertida después del trabajo o sencillamente más demandada para obras de altura como catedrales que para bloques de pisos todos idénticos, como los francmasones de la Edad Media.

 

Estatua de la libertad

 

En realidad, pienso que los seres humanos valemos más por lo que somos que por lo que soñamos, siempre y cuando eso que somos no sea fruto únicamente de la necesidad más arrastrada. Hay mucho de cristianismo residual en esa idea de que la esperanza es lo mejor que tenemos escondido en nuestro corazoncito los hombres, cuando precisamente la esperanza es una de las cosas más fáciles de manipular del mundo. El deseo humano no es necesariamente schopenhaueriano, no tiene por qué consistir en un absurdo pozo sin fondo, sino que bien puede funcionar como vasijas que vamos llenando y alineando las unas junto a las otras, como quién reúne y selecciona los volúmenes de una biblioteca: nada se desecha, nada se pierde y todo continúa ahí esperándonos como un recuerdo de experiencias que pueden siempre volverse a saborear. El Sueño Americano, en cambio, genera y se reafirma en la desigualdad, ese tipo de desigualdad demente y desmesurada en la cual, como dice Benjamín Prado, “No es que unos tengan más que otros, sino que con lo que le sobra a algunos nos podría sobrar a todos”. Al que le sobra, sea por nacimiento o por su esfuerzo personal, que se ponga a jugar serenamente con ello, en vez de afanarse en acumular más arrebatándole sus bienes a otros, esos que llama fracasados o perdedores de la Historia, cuya única falta fue tal vez la de que sus “sueños” particulares adolecieron de tal incontrolada rapacidad. Seguramente, las culturas primitivas, como los indios nativos norteamericanos, con todas sus muchas barbaridades e ignorancias, resultaron tan fáciles de arrasar por Occidente porque sabían vivir con aquello de lo que podían disponer mediante el juego jubiloso de sus rituales y costumbres paganas o guerreras. Nosotros, ahora, somos incomparablemente más ricos que ellos en música, literatura, oficios, tecnología, opciones de ocio, técnicas agrícolas, variedad de vestimenta y un larguísimo etc., pero no sabemos hacer lo más elemental, que es sentirnos contentos y gozosos de todo ello. Entre Juan Calvino e Italo Calvino, o sea, entre el espíritu del trabajo duro que aspira el Cielo y el espíritu lúdico que conserva la Tierra, va siendo hora de ir cambiando nuestra mentalidad hacia este último.

 

 

Está comprobado que trabajamos más que nunca en este siglo XIX, pese a las promesas del maquinismo decimonónico, pese a la transferencia del peso de nuestras actividades a áreas post-industriales o de servicios, y pese a que poseemos ya los conocimientos suficientes para que la subsistencia económica más elemental no fuese un problema en parte alguna del planeta … Por concluir con las citas, recuerdo la frase final de aquella película-documental de Michel MooreThe Big One, en la que se analiza el comportamiento de la corporaciones capitalistas modernas, y donde al final el cineasta y activista deja caer lo siguiente: “ya hemos acabado con un Imperio del Mal, ahora es el momento de acabar con el otro…”

 

The Big One – Michael Moore from Martha Washingtong on Vimeo.

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4 Comentarios

  • Hay un hecho cierto y es que del New Deal al American Dream se llega por una amplia avenida. La que nace en la triunfal posguerra de 1945. Por más que ya Ilya Ehrenburg hablará de ‘La fábrica de sueños’ para referirse a la fábrica de películas de Hollywood. De igual forma que en 1937 Ilf&Petrov hicieran un viaje por los USA, para dar cuenta de ese sueño americano a los lectores de Pravda. Que publicaron bajo forma de libro denominado ‘La Ameruca de una planta’. La que conecta el infierno con el cielo. Mientras Frank Capra afilaba guiones fundacionales del buen pueblo americano. Y mientras en 1947 se funda la CIA, como agencia no sólo de espías sino de propaganda ideológica y cultural. Por ello en los primeros tiempos, la agencia de ‘inteligencia’ estaba formada al cincuenta por ciento de policías y al cincuenta por ciento de profesores universitarios.

  • Para todo eso -que sólo parcialmente era mi tema-, la serie de Oliver Stone sobre la historia de EEUU desde la Segunda Guerra Mundial es perfecta. Está por ahí, en youtube…

  • como dijo aquel que se escapó de su mujer porque ella parecía desgraciada con él.”
    Todo son buenos sentimientos. Qué verdad.

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