El horizonte de los robots

 

MacLuhan hablaba de “extensiones del hombre” o Ernst Kapp de “órganos proyectados”. He leído muchas veces usar la expresión “prótesis” (si bien sería más correcto decir “órtesis” en la mayoría de los casos ) para hablar de los adelantos tecnológicos que forman parte de nuestros quehaceres cotidianas y que, en cierto sentido, forman parte de nuestro cuerpo, siendo ya complejo establecer una frontera entre hombre y máquina. Se habla de cyborg para referirse a esta simbiosis representada por individuos con cualquier tipo de implante mecánico o electrónico. Todos se quedan muy cortos. Ortega se acercó algo más: somos esencialmente técnicos, esencialmente artificiales: nuestra forma de relacionarnos con el mundo es el artificio. No es que podamos elegir entre usar tecnología o no, es que somos tecnología. El ludismo es el movimiento más antinatural que existe y el transhumanismo es un humanismo.

 

 

Spacewar fue el primer videojuego de la historia. Lo diseñó en 1962 un estudiante del MIT llamado Steve Russell. Conocer la fecha de este evento no parece importante. Yo mismo no la conocía hasta hace unos días, pero eso cambiará drásticamente. Igualmente que la historia que nos enseñaron en los institutos (llena casi exclusivamente de reyes y batallitas) ha ido evolucionando para convertirse en una historia social, económica, simbólica, de las ideas, etc. muchísimo más útil y significativa, la historia de la computación terminará por incluirse en ella y tener un importante papel en los planes educativos (o no, dependerá claro de nuestra insigne clase política). Es una obviedad decir que a día de hoy, un sociólogo no se enterará de absolutamente nada sin la historia del procesamiento de la información.

 

 

En 2008 existían ya unos 8,6 millones de robots, cifra que contrasta mucho con los escasos 20.000 que funcionaban en 1980. En 28 años ya hay 430 veces más robots y, sin embargo, la jornada laboral no se ha reducido (incluso ha subido a principios de siglo) ¿Por qué? ¿En qué están fallando las predicciones de Keynes? ¿Por qué no tenemos ya jornadas de dos o tres horas diarias? Dos razones: nosotros, la clase media hemos elegido mantener un elevadísimo nivel de consumo a cambio de seguir trabajando muchas horas (hay que ser imbéciles pero así lo hemos decidido. Ya veréis a quién votáis o cuáles son las prioridades en vuestras vidas). Y la segunda: desde las clases dirigentes se ha remado en la misma dirección como no podría ser de otra manera. En tu empresa, si tus trabajadores echan ocho horas y producen x, y ahora tienes dos robots que te hacen producir x+5 sin un aumento significativo de costes, bienvenido sea ese aumento de producción en un ámbito de dura competencia en el sector. Si reduces la jornada laboral, siempre habrá otra empresa que no lo hará y ganará la partida, así que no lo haces. Sin una legislación global no se puede hacer nada.

 

 

Diversos estudios (por ejemplo aquí y aquí) calculan que en un par de décadas casi la mitad de los puestos de trabajo en el sector industrial serán ocupados por robots. En España el sector industrial representa, desgraciadamente, solo un 20% del total de los trabajadores. Si tenemos algo más de 17 millones de trabajadores, de los cuales 3,4 trabajan en la industria, para el 2040 tendremos 1,7 millones de puestos de trabajo destruidos. Son veinte años, una generación. Hay tiempo para formar a los futuros trabajadores para adaptarse a este nuevo mercado laboral (evidentemente dentro de lo previsible. Mucho de lo que venga en veinte años es totalmente impredecible a día de hoy), si bien será complicado conseguir suplir un número tan alto de puestos de trabajo perdidos (se auguran momentos complicados). Además, este suceso implicará la división entre países que han conseguido robotizar su sector industrial y los que no. Se antoja muy necesario prepararse para la inminente robolución.

 

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4 Comentarios

  • Una vez más, presentas -dogmáticamente- lo indeseable como inevitable. Si es verdad (y estoy contigo en eso, dejando a un lado matices que no vienen al caso) que lo artificial es lo natural del hombre, ¿entonces por qué habríamos de pensar un futuro robotizado en el que siguiésemos sometidos al yugo económico? Los robots nos van a quitar el puesto de trabajo y tal, qué miedo… ¿No sería mejor imaginar, puestos a fantasear, en otros artificios, que también lo son, como el artificio de que un robot nos toque la guitarra de blues mientras cocinamos, e incluso de que otro nos cocine él ricos platos balineses, no sé, tareas muy artificiales todas ellas (la música, la gastronomía…), pero no dependientes estrictamente de ese discurso tan naturalista, en el fondo, del curro y sus servidumbres? Si así fuera, yo también me pondría en contra de los neoludditas que vaya apareciendo…

  • Un ejemplo y paro. Los coches, ese prodigio de la técnica. Precisamente la industria automovilística se cuenta entre las más robotizadas de todas, y amenaza en el futuro con prescindir cada vez más de trabajadores. Pero… ¿quién necesita realmente un coche? Todavía hoy, antes de que se generalicen los modelos eléctricos, un coche es contaminante, caro, hay que aparcarlo y, según recientes informes de la ONU, si los 7000 millones de habitantes actuales de la Tierra usasen coche al nivel del ciudadano medio norteamericano, el planeta no tardaría en reventar. Sin embargo, por un lado se nos dirá que necesitamos coche, incluso más de uno por familia, para, como poco, llegar al trabajo, que está en el quinto pino. Por otro lado, la publicidad de la marcas de coche nos dice, al contrario, que deseamos un coche porque “nos gusta conducir”, obviando que existen los atascos, las averías, la muertes en carretera, etc. La verdad es que ni necesitamos tantos coches ni los deseamos. La verdad es podríamos aprender a desear con mucho más gusto y ganancia vital el transportarnos a los sitios lejanos en coches compartidos con compañeros de trabajo, o en transporte público, leyendo en el kindle, que es un robot que no tiene ninguno de los inconvenientes del coche, etc. Tan artificial es desear tener un vehículo propio como desear hacerse con una gran biblioteca en el e-book, sólo que lo primero se hace pasar por un imperativo del crecimiento económico y lo segundo no, lo segundo, la biblioteca, constituye, si acaso, un rasgo de distinción que no está de moda. Pues esos hábitos humanos son los que hay que revolucionar, o robolucionar, si se quiere, pero en nombre de un mejor deseo, no de una falsa necesidad… (los trabajadores de las grandes marcas de coches se van a tener que buscar otro empleo pase lo que pase: que lo busquen en Kindle).

  • Óscar:

    Entiendo que solo leyendo esta entrada de la impresión de que voy de profeta del apocalipsis robótico, pero nada más lejos de mi intención. Se auguran cambios sociales inminentes debido a un rápido cambio tecnológico. Evidentemente, este cambio va a traer cosas positivas (si es que no hay nadie más tecnófilo que yo) pero, solo alerto de que la velocidad de las tecnorevoluciones está yendo mucho más deprisa que las siempre lentas instituciones humanas.

    Si dentro de 20 años vamos a estar absolutamente robotizados, necesitamos ajustar nuestros sistemas educativos y laborales para ese cambio. De lo único que alerto es que, como suele ocurrir y más en España, llegaremos tarde y eso tendrá consecuencias.

    No hay más historia en el asunto. No va a llegar ni Terminator ni Matrix.

  • Dos cosas. La ambivalencia de la técnica, por boca de Walter Benjamín (todo documento de progreso lo es también de barbarie). La segunda sobre la movilidad decreciente de los automovilistas, la cita Iván Illich en ‘Energía y equidad’

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