La tragedia informativa

 

 

Desayuno con un café en la mano mirando la pantalla del ordenador. Ojalá dispusiera de un servicio que me preparara zumo de frutas recién prensadas, tostadas de tibio aroma y los periódicos del día, que crujen al ser desplegados ante la mirada aún adormilada del señor de la casa. El modelo patriarcal se agrieta también en este aspecto. La información ya no llega a la puerta de casa, con la leche fresca, sino que un individuo anónimo se conecta a Internet mediante la ventana codificada del ordenador, dando entrada al infinito informativo.

 

 

No se equivoca quien ve aquí una democratización de las fuentes de conocimiento, un asalto que pone en jaque las técnicas convencionales del periodismo y métodos educativos. Después de tantos siglos escrutando la naturaleza, seduciéndola o torturándola para que nos revelara sus ecuaciones más secretas, los datos se nos ofrecen ahora de una manera casi obscena. Como pasa siempre, cada uno se queda con los que le gustan, aunque a la mañana siguiente sobrevenga el vacío y la tristeza. El padre burgués leía sobre aquello que podía afectar a sus propiedades y nosotros leemos aquello que podemos encajar en el paisaje, tan inagotable como agotador, de nuestra identidad. Y, mal que nos pese, algunos tienen un carácter más propenso a la crítica que otros, algunos buscan la verdad con más pasión, algunos quieren a la justicia con más denuedo. Algunos, ay, leen mejor que otros: ésta será la brecha social más emblemática del s. XXI y hasta que los sistemas educativos estatales se decidan a cerrar dicha cesura.

 

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En este proceso de masificación la obtención de datos no ha sido acompañada por su príncipe azul, esto es, el poder y el control, lo cual es un gran desencanto en la comedia romántica de la Modernidad. Saber mucho no implica tener una gran capacidad de cambio o acción, así que tendrá que brindarnos otras satisfacciones. Hace unas semanas, el filósofo Emilio Lledó se quejaba en El Intermedio de la ignorancia mediática hacia las causas de la crisis de los refugiados. ¿Quién, quiénes han originado estas guerras, y por qué? Ni siquiera el periodismo más independiente ha propuesto un boceto del esquema histórico y político que ha llevado a centenares de miles de personas a dejar sus casas y arrojarse a los espinosos brazos de Europa. Las crónicas de la inhumanidad de los campos dejan un regusto amargo pero también una sensación de alivio: ya sabemos lo que pasa, cuando en realidad sabemos poco y podemos responder menos. Creyendo aún en la pureza intelectual del arte, Theodor W. Adorno prohibió escribir poesía después de Auschwitz; se diría que poetizar ha sido en realidad la labor más extendida en la cultura europea desde 1950. Transformando el acontecimiento de manera más o menos refinada y orientada ideológicamente a gusto del lector-consumidor, el periodismo ha hecho de la actualidad una catarsis para todos.

 

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Informarse es una experiencia emocional. Los tabloides británicos han infundido a sus lectores envidia y miedo, publicando los romances de la élite y denigrando la inmigración en páginas parejas. Lesbos genera culpa; Donald Trump, consternación; Niza, terror. En este párrafo que queda supongo que debo escribir una propuesta, una hoja de ruta, una conclusión, pero no soy un patriarca sino más bien una advenediza. El mundo que veo desde aquí, con mi café, en mi ordenador, me ofrece las respuestas que yo busco y rara vez otras distintas. Hay algo prometeico en reconocer la propia subjetividad y arrojarse desde ahí al magma cibernético del conocimiento; hay también algo narcisista hay en los artículos que escogemos leer para ponernos al día. La cuestión es nueva y vieja: trazar un camino del individuo a la así llamada realidad, construir un vínculo entre nosotros y ellos. Hoy por hoy eso implica utilizar esta pantalla no como (negro y roto) espejo, sino como ventana. La alternativa es, y valga la doble negación, no entender nada.

 

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3 Comentarios

  • Pero eres filósofo (me perdonarás omitir la forma femenina, que en castellano es casi peor…) y te debes al concepto. Quiero decir que no sólo puedes interesarte por las noticias que tu narcisismo resalte sobre las demás, sino que has de tragarte también aquellas en las que parezca que ha sucedido algo realmente nuevo, no en el plano de los sucesos, sino de los conceptos. Por eso Hegel decía aquello de que el periódico es la Biblia del hombre moderno. Pues para los filósofos más…

  • Pues sí, así es. Y creo que este texto va persiguiendo al concepto como puede, es decir, a trompicones, como se persiguen estas cosas…

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