A mitad del camino de Baricco

Aalessandro Baricco

 

Generalmente, mi costumbre de unos años a esta parte ha sido no leer autores literarios vivos, un poco por afinidad electiva con los muertos y otro poco por respeto hacia el escaso tiempo que tengo de lectura. Me han dicho, con razón, que eso en realidad supone arriesgar lo menos posible en materia estética, porque como la tradición me da ya el canon hecho, bajo su cedazo crítico es difícil no acertar, y es verdad. Si uno se coge, por ejemplo, Senilitá, de Italo Svevo, pues da en el blanco más que si se atreve a pillar un volumen tres veces más grueso de un casi desconocido que está de moda a ver qué pasa. Pero esa no es la razón de mi “necrofilia” lectora, o al menos no la única razón, también hay que tener en cuenta por lo menos dos motivos más. El primero es que tengo la impresión de que los clásicos muertos nos hablan desde el interior de un mundo en que la literatura era más necesaria y daba más de sí, probablemente porque no tenía rival narrativo y porque los problemas que trataba eran más acuciantes, hasta seguramente más hondos. La vida, desde entonces, se ha facilitado y banalizado en gran medida en el Primer Mundo, y lo que menos desea el lector común es que la literatura vuelva a complicársela y enredársela, teniendo como tiene tan cerca otras formas de experiencia artística o de ocio que garantizarán de modo más inmediato su gratificación y autocomplacencia. El segundo motivo, más retorcido, estriba en que, al igual que el viejo y venerable arte en general se ha convertido en mercado del arte, de manera tal que una cosa es ya prácticamente indiscernible de la otra, la literatura también se ha travestido, a su modo, en mercado de la literatura, y es claro que los muertos no están en condiciones ya de cobrar  derechos de autor. Es cierto que hay muchas editoriales que publican cosas peregrinas o descabelladas comercialmente hablando sobre todo por amor al arte -el arte de las letras-, pero no deja de producirme un estremecimiento de placer sádico saber que lo que leo ya no beneficia casi a nadie, y que si alguien de verdad escribió porque tenía algo irresistible y auténtico que contar, en correspondencia yo le dedicó mi atención desinteresadamente, como si de un favor personal se tratase. Así consigo creerme más a fondo lo que se narra, aunque todo mi proceso mental sea una superstición absurda. La ventaja es que puedo decir, con Borges, que soy absolutamente moderno, puesto que leo a Homero. La desventaja, que nadie me contratará jamás como crítico literario…

 

Italo Svevo

 

Las excepciones a esta manía quizá antipática, quizá sensata, han sido los escritos de los amigos que han necesitado de mi ignorante opinión o consejo y, en un plano menos doméstico, las novelas y ensayos de otro italiano, muy posterior a Svevo, Alessandro Baricco. Yo soy más de ingleses, pero Baricco es un meridional genial. Cuando descubrí City, ni sabía que existía Seda, que leí después. City es deslumbrante, fresca, originalísima, la complejidad narrativa puesta al servicio del goce exclusivo del lector. Es la novela que yo quisiera escribir, si tuviera el talento para ello. No porque no existan otras novelas mucho más grandiosas, sino porque esta posee una inventiva desbordante para su escala, y esta escala no es otra que la de nuestra extraña vida actual. Para colmo, y como un extra prodigioso, contenía sendos relatos de boxeo y de western como nunca nadie los había escrito, donde la épica se conjugaba maravillosamente con la sorpresa. No obstante, pese a que lo he recomendado mucho, nadie lo ha recibido con el entusiasmo con que lo devoré yo, para que se vea hasta qué punto esto de las lecturas es muy personal y el oficio de crítico, que nunca ejerceré, constituye más bien una rama de la adivinación. Luego, ya sí, leí Seda, como tantos, acompañada de su primera novela, Tierras de cristal. Comprendí que los ejercicios de estilo de los que era capaz este señor no tenían límite, y que además parecía empeñarse especialmente en ello. Será por presumir, será porque se le ocurren, o será porque en caso contrario se aburre, pero el caso es que no pasan cincuenta páginas sin que Baricco decida abordar su asunto de manera diferente. El placer por dar otra vuelta de tuerca y salir airoso del peligro de desconcertar al lector. Tierras de cristal, tal vez por representar el debut, evoca más el famoso realismo mágico, pero su frecuentación es igualmente deliciosa. Baricco tiene algo de ñoño, a decir verdad, pero lo maneja muy bien, de suerte que lo sentimental queda atemperado por la imaginación y las ventas quedan aseguradas tanto como la buenas críticas, lo cual es un proceder muy inteligente, a mi modo de ver.

 

 

De hecho, Baricco particularmente tiene una relación doble con el interés comercial de la literatura, algo que, sin embargo, no me molesta nada en él. Por un lado, produce sosegadamente sus novelas, sin pausa pero sin prisa, y, por otro lado, imparte clases de creación literaria en una escuela llamada “Holden”, para la cual sus propios escritos, supongo, servirán de modelos. Son muy buenos modelos, sin duda, como ya he dicho, aunque algo aquejados de ese carácter de juego liviano propio de un taller literario que recuerda a al movimiento Oulipo, pero que Baricco matiza sabiamente con ciertas cotas modestas de tragedia que, en mi opinión, ni George Perec ni Ítalo Calvino supieron alcanzar. Emocionan los destinos de los personajes de Baricco, incluso aunque tengan mucho de impostado y de artificial, y emocionan porque sus historias suelen terminar más o menos bien, pero terminan irremediablemente. Eso es lo que ocurre con la última novela que he leído, Esta historia. Todo está sacado un poco de quicio, todo se sostiene sobre la nada y todo es algo rebuscado, pero funciona. Y, además, aquí Baricco, como en otros lugares, saca a relucir su formación filosófica, puesto que, en efecto, el meollo principal de Esta historia es muy nietzscheano. No lo voy a destripar -ya lo hacen en parte las contraportadas…-, pero se trata de concebir la eternidad como un anillo, al modo de Zaratustra, una eternidad inmanente al Tiempo y robada o salvada de manera algo narcisista de la contingencia de lo vivido. La contingencia, no obstante, finalmente impone su égida inexorable, y los dos personajes principales caen, como dos pequeños héroes de lo trágico cotidiano. En el ínterin, Baricco logra pasajes ora de un Faulkner benetizado (de Juan Benet, quiero decir, que no sé si conocerá), alternados con rápidos y vivaces diálogos y también con un inquietante diario de perversidades. De todo, a veces encajado un poco a capricho. Una gran lectura, en todo caso, si a uno no le interesa en ese momento una literatura demasiado informativa o politizada, y si acepta el juego del interés de la creatividad por sí misma.

 

 

También leí hace tiempo los relatos cortos, Novecento y Sin sangre, que no están mal, y los  ensayos, El alma de Hegel y Las vacas de Wisconsin, Los bárbaros y Next, que consiguieron conmigo su propósito de seducir a la vez que convencer. Implican una manera de hacer ensayo más intuitiva que erudita que me encanta, y que también me gustaría imitar. Que no sean los estudios los que vayan diciéndote cómo debes ver las cosas, sino que las vayas viendo por ti mismo, a tu alrededor, y aciertes a ensartarlas en una cierta estructura inteligible. Aún con todo, sólo conozco la mitad de la obra de Baricco, ya que han salido nuevos títulos desde Esta historia, algunos anteriores y algunos posteriores en el tiempo. No hay urgencia, ya los leeré. Compruebo, además, en Youtube, que Alessandro es, como se podía esperar, un hombre cabal, que aunque concede pocas entrevistas, las luce y en ellas se expone a sí mismo con serenidad; ahí va la siguiente, no muy larga…

 

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