Federico García Lorca, ochenta años después

 

La Huerta de San Vicente

 

Estuvimos hace unos años en la huerta de San Vicente. La mañana era tibia, luminosa y el lugar estaba tranquilo. La casa era amplia, pero austera, como las que tienen algunas familias, relativamente acomodadas, de muchas provincias españolas para pasar el verano. Me senté en un banco de madera y me fijé en los árboles, en las puertas verdes, en las rejas de las ventanas, en el balcón, en el verdor de las enredaderas. Federico quizá la consideraba un lugar seguro, un útero en el que refugiarse en tiempos tan turbulentos, donde quizá se había llenado de presentimientos negros y el miedo lo estaba poseyendo sin remedio.

Oí contar a Rafael Alberti que habló con él en Madrid, unos días antes de partir hacia Granada, que lo vio muy asustado y que lo animó a quedarse, porque le parecía que iba a estar más seguro y mejor rodeado de amigos. Pero al final cogió aquel tren y luego ocurrió lo que ocurrió. Recordé esto en aquel banco de la Huerta de San Vicente y de pronto comencé a ver algo fantasmal en el lugar, sentí un frío extraño pensando cómo alguien como él no pudo refugiarse en la ciudad en la que nació, donde tenía tantos amigos en muchos sitios, incluso entre los sublevados. Por qué nadie pudo interceder, por qué nadie pudo salvarlo como ocurrió con tantos otros en los dos bandos. Por qué se cumplieron sus peores presagios.

 

Federico García Lorca y Miguel Pizarro en 1934

 

Miro las caras, las biografías de los que lo mataron. Pienso en lo que sabrían de él, en lo que odiaban de él quizá desde hacía tanto tiempo.  En la envidia a su éxito social, a su alegría, en la homofobia más negra, en esas miserias de las relaciones provincianas que a veces nacen de cualquier nimiedad. Miro ahora sus caras cuando ya se sabe quién fueron.

Quizá Federico representaba una luz insoportable para alguna gente, justo la vida que querían hacer desaparecer de un país entero. Por eso, hoy que hace ochenta años que lo asesinaron, apetece recordar lo que veían en él los amigos que lo conocieron, el perfil de sus distintos talentos, su alegría que estaba instalada en una tristeza profunda, quizá por una manera de amar que no podía mostrar ni siquiera entre los suyos, o por la propia existencia humana que captaba en su esencial tragedia con su sensibilidad exquisita.

Federico, con el apetecería tanto compartir una velada de conversación, de risas y canciones. Que sigue tan vivo ochenta años después …

 

 

“Federico nos ponía en contacto con la creación, con ese conjunto de fondo en que se mantienen las fuerzas fecundas, y aquel hombre era ante todo manantial, arranque fresquísimo de manantial, una transparencia de origen entre los orígenes del universo, tan recién creado y tan antiguo. Junto al poeta —y no sólo en su poesía— se respiraba un aura que él iluminaba con su propia luz. Entonces no hacía frío de invierno ni calor de verano: «hacía… Federico»”

JORGE GUILLÉN

 

 

“Se le sentía venir mucho antes de que llegara, le anunciaban impalpables correos, avisos, como de las diligencias en su tierra, de cascabeles por el aire. Cuando ya se había marchado, aún tardaba mucho en irse, seguía allí rodeándonos aún de sus ecos, hasta que, de pronto, decía uno: «Pero ¿se ha ido ya Federico?”

PEDRO SALINAS

 

 

“Había que quererle o que dejarle; no cabía ya término medio. Esto lo sabía  él y siempre que deseaba atraer a alguien, ejercer influencia sobre tal o cual persona, se ponía al piano o le recitaba sus propios versos … Estaba tan vivo, estremecido por el vasto aliento de la vida, que parecía imposible hallarlo inmóvil en nada, aunque esa nada fuese la muerte. Si alguna imagen quisiéramos dar de él sería la de un río. Siempre era el mismo y siempre era distinto, fluyendo inagotable, llevando a su obra la cambiante memoria del mundo que él adoraba.”

 LUIS CERNUDA

 

Lorca con Dalí y Bello

 

“El éxito social del hombre «Federico García Lorca» es, antes que nada, un éxito español. En España él se convierte en el centro atractivo de cualquier grupo de amigos, de cualquier reunión donde se encuentre. Tiene un tesoro inacabable de gracias, se ríe con sonoras carcajadas y contagia al más melancólico. Ahora se pone con una servilleta las barbas de Valle-Inclán; ahora parpadea y habla sorbiéndose las pausas, como Gerardo Diego; ahora arrastra las erres guturales de Max Aub; ahora pinta «putrefactos». No dotes inconexas e insignificantes de juglar, sino formidable poder de captación de todas las formas vitales… Pero estamos ahora en Nueva York, en una wild party, por el capricho de un millonario americano: dispersión total por los amplios salones en pequeños grupos gesticulantes, donde los brebajes empiezan a producir su efecto. De repente, aquella masa alocada y disgregada se polariza hacia un piano. ¿Qué ha ocurrido? Federico se ha puesto a tocar y cantar canciones españolas. Aquella gente no sabe español ni tiene la menor idea de España. Pero es tal la fuerza de expresión, que en aquellos cerebros tan lejanos se abre la luz que no han visto nunca y en sus corazones muerde el suave amargo que no han conocido.”

 DAMASO ALONSO

 

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“Todos le conocimos desbordante de vitalidad, de optimismo, de sazonada chanza, muy cordial, muy abierto en la mirada, en la sonrisa y en los brazos; pero no muchos pudieron sorprender, de pronto, el sombrío nublado, que venía de no se sabe dónde —de la tristeza ancestral y de la tragedia por venir— a envolver su frente, apagarle los ojos y cerrar su boca. Entonces y por muy breves instantes, esta pujante máquina de vida, avasalladora, torrencial, que avanzaba siempre como un río desbordado, se detenía, se cegaba.”

ALFREDO DE LA GUARDIA

 

 

“A Federico se le ha comparado con un niño, se le puede comparar con un ángel, con un agua («mi corazón es un poco de agua pura», decía él en una carta), con una roca; en sus más tremendos momentos era impetuoso, clamoroso, mágico como una selva. Cada cual le ha visto de una manera. Los que le amamos y convivimos con él le vimos siempre el mismo, único y, sin embargo, cambiante, variable como la misma Naturaleza. Por la mañana se reía tan alegre, tan clara, tan multiplicadamente como el agua del campo, de la que parecía siempre que venía de lavarse la cara. Durante el día evocaba campos frescos, laderas verdes, llanuras, rumor de olivos grises sobre la tierra ocre; en una sucesión de paisajes españoles que dependían de la hora, de su estado de ánimo, de la luz que despidieran sus ojos; quizá también de la persona que tenía enfrente. Yo le he visto en las noches más altas, de pronto, asomado a unas barandas misteriosas, cuando la luna correspondía con él y le plateaba su rostro; y he sentido que sus brazos se apoyaban en el aire, pero que sus pies se hundían en el tiempo, en los siglos “en la raíz remotísima de la tierra hispánica, hasta no sé dónde, en busca de esa sabiduría profunda que llameaba en sus ojos, que quemaba en sus labios, que encandecía su ceño de inspirado. No, no era un niño entonces. ¡Qué viejo, qué viejo, qué «antiguo», qué fabuloso y mítico! Que no parezca irreverencia: sólo algún viejo «cantaor» de flamenco, sólo alguna vieja «bailaora», hechos ya estatuas de piedra, podrían serle comparados. Sólo una remota montaña andaluza sin edad, entrevista en un fondo nocturno, podría

(…) Su corazón no era ciertamente alegre. Era capaz de toda la alegría del Universo; pero su sima profunda, como la de todo gran poeta, no era la de la alegría. Quienes le vieron pasar por la vida como un ave llena de colorido no le conocieron. Su corazón era como pocos apasionado, y una capacidad de amor y de sufrimiento ennoblecía cada día más aquella noble frente. Amó mucho, cualidad que algunos superficiales le negaron. Y sufrió por amor, lo que probablemente nadie supo.”

(…) Recordaré siempre la lectura que me hizo, tiempo antes de partir para Granada, de su última obra lírica, que no habíamos de ver terminada. Me leía sus Sonetos del amor oscuro, prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento, puro y ardiente monumento al amor, en que la primera materia es ya la carne, el corazón, el alma del poeta en trance de destrucción. Sorprendido yo mismo, no pude menos que quedarme mirándole y exclamar: «Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!». Me miró y se sonrió como un niño. Al hablar así no era yo probablemente el que hablaba. Si esa obra no se ha perdido; si, para honor de la poesía española y deleite de las generaciones hasta la consumación de la lengua, se conservan en alguna parte los originales, cuántos habrá que sepan, que aprendan y conozcan la capacidad extraordinaria, la hondura y la calidad sin par del corazón de su poeta”

VICENTE ALEIXANDRE

 

(Fragmentos recogidos de “Federico García Lorca” de Ian Gibson Ed. Critica, 1985)

 

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