El diablo encarnado: la Europa de “P´tit Quinquin” y la “Cinta Blanca

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En la que supone una de las mayores cimas del cine reciente, La Cinta Blanca, Michael Haneke se propuso indagar en las raíces del fascismo relatando la historia de un pueblo cualquiera de Alemania en 1914. Bajo el yugo de una moralidad estricta y asfixiante, un grupo de niños se ve obligado a contemplar cómo sus mayores hacen caso omiso de los preceptos que a ellos les inculcan a fuerza de castigo y severidad. Justo 100 años después de estos acontecimientos, en otro pueblo cualquiera de la Francia de 2014, otro grupo de niños, que no conocen regla alguna de moralidad y campan a sus anchas sin recibir ninguna reprimenda por sus acciones, son también testigos de las flaquezas de un mundo adulto lleno de conductas cuanto menos reprochables. Entre ellos se encuentra el P’tit Quinquin, quien da título a la miniserie dirigida por Bruno Dumont.

Las dos obras son anverso y reverso de una misma moneda: si La Cinta Blanca, en clave de drama serio y solemne, se pregunta por las causas que motivaron, en los albores de la Primera Guerra Mundial, a quienes perpetraron la Segunda; P’tit Quinquin, que es una comedia con un humor muy contemporáneo (post-humor, he leído por ahí), arranca de forma casi felliniana cuando aparece el cadáver de una vaca dentro de un búnker abandonado. La conexión entre ambas está sentada desde el mismo inicio.  En los dos films se van produciendo en el pueblo una serie de sucesos criminales sobre los que nadie sabe nada, es más, la ley del silencio impera de tal forma que todos los habitantes siguen adelante con sus actividades como si nada hubiera ocurrido. Las costumbres lugareñas cambian la fiesta de la cosecha por los desfiles de mayorettes, pero los líos y rencillas entre los vecinos y las actitudes de dejadez y encubrimiento ante lo que pasa son idénticas.

 

 

En medio del juego de secretos y mentiras quedan los niños, a quienes no les está permitido juzgar y por tanto, solo observan. Observan mucho, y lo observan todo. Ya sea desde la represión total o desde la absoluta falta de ella, en sus correrías aquí y allá se empapan de igual forma de una violencia latente que empiezan a practicar pero no entienden, una violencia que siempre ocurre fuera de campo pero lo salpica todo, que es informe y cuya raíz es ininteligible y abstracta. Esta imposibilidad ética de determinar el motivo por el que los crímenes tienen lugar es lo que trata Haneke con toda seriedad y de lo que se chotea Dumont en sus alusiones a la fatalidad y al diablo, que como si de un moderno Damien Thorn se tratase, personifica en el rostro inescrutable de Alane Delhaye. Al fin y al cabo, los hechos son los que son, por más que los revistamos de trascendencia o nos los tomemos a guasa por resultar patéticos y absurdos.

La Europa de 1914 estaba a las puertas de un estallido. La Cinta Blanca bucea en el contexto de dicho estallido para analizar la huella que dejó en quienes por aquel entonces empezaban a forjar su personalidad, poniendo su foco de preocupación en el posterior auge del nazismo. En el polvorín de la Europa actual y con sus protagonistas en la misma franja de edad, P’tit Quinquin traza un mapa de los caminos conducentes al populismo. Su forma de reírse de la amenaza terrorista poco antes de que Francia fuese dura y repetidamente azotada por ella hace que el film resulte tanto o más inquietante que el de Haneke, no solo por cuanto tiene de premonitorio sino por lo acertadas que se revelan sus premisas (no diré conclusiones pues tanto uno como otro film se guardan muy mucho de sacarlas).

 

 

Entre la estulticia reinante, el provincianismo, la estrechez de miras, la falta de pensamiento global (o de pensamiento, a secas) y la complicidad (consciente o inconsciente) con el mal inherente a los hechos, hay siempre quienes pretenden poner un poco de orden y buscar respuestas, aunque solo sea para poder quedar en paz consigo mismos. Tanto el maestro de La Cinta Blanca como el particular detective de P’tit Quinquin, aquejado de innumerables tics, mantienen la calma ante lo ocurrido dentro de su perplejidad, e intentan esclarecer el asunto rompiendo el veto de silencio sin molestar en demasía a los presuntos implicados. Ambos no tardan en descubrir que su labor es inútil. Ni uno ni otro son capaces de llegar al fondo de la cuestión porque la cuestión parece no tenerlo, se cierra con insistencia sobre sí misma. Pronto se ven obligados a desistir y a marcharse del lugar con la incertidumbre a cuestas. Mientras tanto, quienes como el pequeño Quinquin, su candorosa novia o los niños de Eichwald aprenden las reglas del juego, salen adelante sin hacerse más preguntas.

La pregunta que sí cabe hacerse y debemos hacernos como espectadores (y por tanto, testigos de lo que vemos) es si en todo el siglo transcurrido entre los argumentos de P’tit Quinquin y La Cinta Blanca, los europeos hemos sido capaces de avanzar en algo o si por el contrario, seguimos exacta y eternamente en el mismo sitio.

 

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