La invención de Venecia

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Venecia, ca. 421.

 

Sostiene la tradición que Venecia nació del miedo, de la desesperación de los antiguos habitantes ribereños de las provincias romanas del Véneto e Istria. Miedo ante la irrupción en sus tranquilas existencias de las temibles oleadas de tribus de bárbaros venidos del norte. La laguna de Venecia estaba compuesta por unos 120 pequeños islotes, que originariamente habían sido áridos y pantanosos, sin agua potable ni posibilidad de agricultura. ¿Por qué razón irían a instalarse allí los futuros venecianos si no fuera por un agudo estado de necesidad? Podemos imaginar que antes de que la huida les obligara a colonizar las marismas vecinas a la costa ya habían empezado ellos a instalar rudimentarias plataformas desde las que practicar la pesca y explotar la abundante sal. Y así habrían descubierto el principio en que se basó el desarrollo posterior de la ciudad más bella y rica del mundo: la posibilidad de construir sobre cimientos hechos de troncos de madera clavados en el fondo pantanoso. Pues la madera sumergida en el agua, sin contacto con el oxígeno del aire, se petrifica y, sobre estos cimientos, el mármol colocado encima de ellos, resistente al salitre, permite elevar los edificios de ladrillo sobre sólidas bases. Se cuenta que, tras poner los cimientos para la catedral de Torcello, la iglesia fue construida trasladando a esta isla desde la tierra firme la que allí existía, piedra por piedra. Y se calcula que para elevar la basílica de Santa María della Salute fueron hundidos más de un millón de troncos, traídos por mar desde los bosques de la otra orilla del Adriático, desde las actuales Eslovenia y Croacia. Venecia, según se suele decir, flota en las aguas. La imagino también como un gran árbol que hunde sus raíces en el mar.

 

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Tenían que existir poderosas razones para semejante esfuerzo titánico, aunque es indudable que los vénetos tenían en todo caso una gran voluntad de permanecer en sus tierras, ya que es de suponer que podían haber huido a parajes menos inhóspitos. Y razones las había, ya que a medida que el Imperio romano iba desvaneciéndose en el occidente por la presión de las sucesivas migraciones germánicas, la vida se hizo imposible en la costa del Adriático. El asentamiento en los pantanos de la laguna evitaba los peligros de la llegada de aquellas hordas, pues sus guerreros no podían perseguir a los fugitivos con sus caballos, que se hundían en el lodo, y además desconocían la navegación. Al principio, el refugio en las marismas era temporal y ocasional, pues los invasores peinaban y saqueaban como olas irresistibles las provincias romanas, pero no solían asentarse, con lo que los ribereños podían, tras el susto, volver a sus emplazamientos en tierra firme.

 

 

En torno al año 401 tuvo lugar la primera avalancha lo suficiente seria como para inspirar a los vénetos la idea de irse trasladando con carácter estable a los terrenos que iban ganando a las aguas. Los visigodos del rey Alarico eran una más de las muchas tribus que poblaban el centro de Europa, más allá de las fronteras romanas, que dibujaban básicamente los ríos Rin, de norte a sur, y Danubio, de este a oeste: más allá quedaba el mundo oscuro de los germanos, ajenos a Roma, a quienes describió con tintas muy desfavorables el historiador Tácito. Los visigodos estaban establecidos en la región cercana a la desembocadura del Danubio en el mar Negro y tenían relaciones estrechas con los romanos, que les permitían ocasionalmente instalarse dentro de su territorio como soldados del ejército imperial o como colonos en la agricultura. Alrededor del año 376 esta población relativamente romanizada sufrió la presión de pueblos nómadas del este, procedentes de las estepas centrales del Asia, quizá expulsados ellos mismos de China por el imperio mongol. Los godos, que desde el 338 gozaban de la condición de federados con Roma, pactada con el emperador Constantino, quisieron trasladarse en masa al sur de la frontera del Danubio, como pueblo organizado con su rey y su ejército. El emperador accedió pero no quiso integrarlos en su civilización avanzada, cuya ideología negaba, prácticamente, a los “bárbaros” la condición de seres humanos. Gran error. El historiador inglés Edward Gibbon escribió, en su magna “Historia de la decadencia y caída del imperio romano“, que Roma no consideraba digno ni siquiera derrotarlos en el campo de batalla, ya que en ello no había “nobleza”, dada su condición inferior. Prefería dividirlos y comprarlos para utilizarlos como aliados de segunda categoría.

 

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La situación era precaria. No había una auténtica paz con los visigodos y, como consecuencia de desavenencias e intrigas, éstos se rebelaron en el 378 y llegaron a derrotar al imperio y a dar muerte al emperador Valente en la batalla de Andrinópolis (la actual Edirne, en Turquía), peligrosamente cerca de la capital del imperio en Constantinopla. Por aquellos años la poderosa dinastía de los sasánidas de Persia presionaba al imperio desde el oriente y Roma, para no tener que atender a la vez a dos frentes lejanos, hizo las paces con Alarico y consiguió que sus huestes emigraran hacia el oeste. Se apoderaron temporalmente de Grecia y los Balcanes y siguieron su marcha hacia Italia. Saquearon la capital del Véneto, Aquileia, continuaron hacia el sur y llegaron a conquistar Roma en el 410. Más tarde, se replegaron hacia el Norte y fundaron un reino con su capital en Tolosa (la actual Toulouse) en el sur de Francia.

 

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Pero los venecianos habían comprendido que la vida en el continente no podía darles la seguridad que ofrecían las marismas de la laguna, desde la que podrían vivir de la pesca y explotar la riqueza de la abundante sal para comerciar con ella. La progresiva ocupación de las islas de la laguna permitió ya en 421 una primera fundación de la actual ciudad de Venecia, aunque las fuentes que lo relatan no son contemporáneas y la fecha es probablemente prematura. Teodorico, educado en Constantinopla, era el rey de los ostrogodos, otra importante tribu organizada en monarquía de la que el emperador Teodosio II quiso desembarazar al pujante imperio romano de oriente. Para ello hizo como su predecesor Arcadio: les invitó a establecerse en Italia, confiando a Teodorico su representación para poner orden en el decadente imperio occidental. Pero los venecianos no habían visto aún lo peor, ya que medio siglo más tarde irrumpió una nueva tribu invasora, la de los hunos, ahora bajo el mando de un terrible guerrero, Atila, a quien la cultura popular llamó “el azote de Dios”. Atila también pasó por el Véneto hacia el año 452 y asedió y saqueó Aquileia antes de seguir sus correrías hacia el sur y replegarse hacia las Galias. Alli sufrió, a manos de las tribus germánicas a las que había intentado desplazar de sus tierras, aliadas con Roma, una famosa derrota en la llamada batalla “de los campos cataláunicos” (cerca de la actual ciudad de Troyes).

 

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Los venecianos ya había progresado en la ocupación de las islas y querían mantenerse al margen de tanto ajetreo. Crearon un gobierno electivo de sus comunidades, hasta entonces dispersas, que prefiguraba ya las instituciones de la República Serenissima en la que con el tiempo se convertiría Venecia como gran potencia comercial. Desde la corte de Rávena, donde residía el rey Teodorico, su hombre de confianza, Casiodoro, dirigió a los venecianos una carta en el 523 en la que se aprecia ya un respeto de la corte hacia la prosperidad comercial de la ciudad y un cierto reconocimiento de su independencia, basada en el incipiente poderío de su flota.

Los venecianos, así, vivieron ajenos a todos los desastres que vivió el imperio romano en su fase terminal. Pero no pudieron evitar ver sus tierras arrasadas por una nueva invasión. Esta vez fueron los lombardos, una tribu todavía más “bárbara” que las de godos y germanos, prácticamente ajena a la civilización romana. Establecidos inicialmente en la Panonia, actual Austria y Hungría (el país de los hunos), sufrieron ellos también la presión de otra tribu no menos belicosa, los ávaros, que les obligaron a emigrar hacia el sur. Saquearon, cómo no, las tierras cercanas a Venecia en el 568 y establecieron su dominio en toda Italia, que se prolongó por setenta años. No eran un reino organizado sino un conjunto de bandas armadas que se establecieron como ducados y coexistieron con el poder residual del imperio bizantino en Rávena y con el incipiente poder temporal del papa de Roma, que iba asumiendo la sucesión del imperio como administrador de sus instituciones inoperantes. Los venecianos empezaban a ser lo suficientemente fuertes para emprender autónomamente su aventura imperial y comercial, con más poder ahora que el que tenían sus sucesivos invasores.

 

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Así pues, Venecia nació como un pueblo de refugiados que huían del caos y los desmanes de la guerra. Sería un ejemplo más de la ley histórica que ve en las migraciones una de las principales causas de la evolución de los pueblos, ya que el exceso de población en un territorio, asociado con la escasez de recursos de supervivencia, ocasiona inexorablemente un desplazamiento en busca de medios de vida en nuevos espacios. Algo así como la ley de los vasos comunicantes aplicada a la población. A su vez, la escasez de recursos suele estar causada por un cambio brusco en las condiciones físicas, una catástrofe natural súbita o un deterioro progresivo debido a la desertificación. El imperio mongol, al conquistar China, produjo el desplazamiento, con un efecto de ajedrez, de poblaciones que fueron invadiendo sucesivamente Afganistán, Persia, el Asia menor, Siria…hasta llegar a Europa oriental y perturbar el frágil modus vivendi de los germanos con Roma. Asi, el éxodo de los vénetos desde la costa a las marismas de la laguna fue motivado indirectamente por el desplazamiento de tribus en sentido este-oeste que ha condicionado toda la historia de Europa y dio lugar en aquel momento a una transformación del mapa geográfico y cultural del continente.

 

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Estos múltiples desplazamientos de los tiempos del imperio romano tardío no iban a ser los últimos. Vendrían más tarde las migraciones árabes que se propagaron por el oriente medio y el norte de África hasta España. Vendría la imparable expansión del imperio otomano por el mediterráneo y por el centro de Europa siguiendo el valle del Danubio hasta conquistar las llanuras de Hungría y poner a Viena bajo asedio. ¿No es lógico preguntarse si la grave sequía que comenzó en la década final del siglo XX en el Medio Oriente está en el origen de las migraciones que hemos presenciado en los últimos años desde Siria, Irak y Afganistán hacia el centro de Europa?

 

E.Volterra

 

(HEATHER, Peter: The fall of the Roman Empire, Pan Books 2005.– NORWICH, John Julius. A history of Venice, Penguin Books, Londres, 1983.–RÉMONDON, Roger, La crisis del Imperio Romano; ed Labor , Barcelona 1967.–GIBBON, Edward: The decline and fall of the Roman Empire; Britannica Great Books, 1977)

 

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1 Comentario

  • Dentro de la colección Ciudades en la historia, hay un trabajo de Azúa ‘La Venecia de Casanova’ que relata, justamente, la inversa de lo aquí tratado, el final de la Republica Serenisima. Un final acogotado entre los tratados de Campo Formio y de Passerowitz.

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