Donald el bárbaro y el peso del mundo

 

El nuevo Presidente de EEUU gusta de adoptar ante las cámaras un semblante serio, como retador.  Esa fue su fisionomía durante las elecciones y lo sigue siendo ahora, cuando ya lo tiene todo ganado (todo, menos a la mitad de la población de su país, a los que, como dijera Unamuno, vence, pero no convence). Cuesta trabajo creerse que de verdad sea un señor tan serio, que aparenta tenerlo todo tan claro, e incluso cuesta creerse que el cargo de individuo particular potencialmente más poderoso del mundo le importe demasiado, como si Trump ya estuviese acostumbrado a ser conocido e influyente y lo de la presidencia más cotizada del planeta fuese un extra que apenas necesitase. Yo pienso que con que mantuviésemos la mirada fija durante cuatro años en cada uno de sus gestos y exabruptos él se daría por contento, y dejaría gustoso el engorro del mando a otro, siempre que el tal machaquilla de turno fuese menos popular que él. A Trump lo que de verdad le pone es denunciar por tierra, mar y aire al impostor que ocupa la Casa Blanca, no ser él el ocupante a quien los demás denuncian. Así, su inesperada victoria le ha situado en un papel falso con respecto a sí mismo, algo que vamos a pagar muy caro, puesto que hasta el final seguirá jugando a ser el tipo que se enfrenta a todos, ya que me temo que va a estar buscando objetivos que abatir continuamente, con motivo o sin él.

 

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El mundo es hoy un lugar muy delicado, tejido de una intrincada red de frágiles alianzas y equilibrios que lo mismo pueden terminar llevándonos a un tipo de vida aceptablemente modesta y civilizada por primera vez en la historia que al infierno social, la mecanización del hombre e incluso la extinción completa. Desgraciadamente, Trump no es consciente de nada de esto. Él se cisca en los tratados internacionales, en el Cambio Climático, en la prensa y en las más elementales reglas de cortesía personales y políticas, pero no porque tenga ideas radicales, o porque sea especialmente mala persona, o porque sea ya un señor mayor que lo consiguió todo, sino porque es un ejemplar puro de bárbaro, en este caso de esa reciente estirpe de bárbaro interior que genera el capitalismo y que engorda gracias a los medios de comunicación de masas y las redes sociales. Por eso no siente el peso del mundo, cosa que Obama, con todos sus defectos (suyos y de sus adversarios) sí parecía sentir, y actúa con irresponsabilidad completa, como un niño con el juguete más caro que jamás haya existido.

 

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Una noche de Navidad soñé que Trump, al final de una jornada de intrigas y risotadas, se iba a tomar algo al lujoso bar del sótano de la Trump Tower, relajado porque allí apenas necesitaba la escolta de sus gorilas privados. El camarero de etiqueta le servía con suma educación, intentando también replicar con una sonrisa a las campechanías de él, y Trump, con el radar de machirulo siempre alerta, entablaba conversación con una señorita muy atractiva que tenía a su derecha. De tanto pelar la pava con la miss, y falto de ganas por el cansancio de ese día para agarrarla de sus partes, al marcharse se dejaba el móvil en la barra, y la chica en cuestión, ni corta ni perezosa, se lo guardaba en el bolso con algo de nerviosismo. A partir de ese momento en mi sueño se organizaba la de Dios. Los mensajes personales de Putin, de los colaboradores secretos de Trump, de las asociaciones supremacistas, de Sarah Palin, de alguna línea erótica, etc., pasaban a estar en manos de unos pocos, luego de muchos, y finalmente de las redes y de la población en general. La parte más inverosímil del sueño es sin duda la última: a la larga, el escándalo acababa en impeachment y el mundo suspiraba de alivio… De acuerdo que ciertos sueños son locamente imposibles, pero este mío indica muy claramente la impresión que ofrece al espectador distraído el carácter de ese hombre, de ese personaje, para el cual el disparate más grande parece sumamente deseable con tal de que desaparezca, de que se borre de nuestras vidas como una mala y grotesca pesadilla.

 

 

Se trata de una bonita pero lamentable paradoja: Donald, el bárbaro, que es insensible a la carga moral del mundo sobre sus hombros, se ha convertido él mismo en parte de esa carga, en un pedazo importante de la insoportable pesantez del ser en el s. XXI. Con o sin impeachment, sea o no por el mero dato de su edad, cuando nos libremos de él nos habremos quitado un peso de encima, y entonces habrá que ponerse a la faena de reconstruir lo que él haya destruido. Yo lo siento, sobre todo, por su hijo pequeño Barron, al que espera un difícil futuro creciendo a la sombra de esa visera rubia sobre una expresión toda ella fruncida y una rabiosa corbata roja que simbolizan ahora una ominosa desesperanza.

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6 Comentarios

  • No lo sientas por el vástago. Crecerá creyendo que su padre es lo mejor que le ha podido pasar en la vida. Con lo que herede se podra tocar los ******* toda la vida.

    Reto: ¿cómo enseñas a un niño así a tener empatía?

  • Pues eso es lo malo: que él siempre será inferior a su padre, y tendrá todo el ocio que el dinero puede comprar para llenar de frustración ese complejo. Donald también nació rico, pero parece que lo afrontó superando a su padre en su mismo terreno. El chaval este no tiene esa posibilidad a su alcance, a no ser que Trump, en su delirio, conciba una presidencia dinástica con su apellido…

  • En las aguas revueltas de los tiempos del malestar (muy interesante la entrevista a Jose Luis Pardo en http://www.elespanol.com/cultura/libros/20170125/188731820_0.html) siempre emergen individuos con rasgos psicopáticos que lo tienen más fácil para navegar en esas aguas en las que parecen sentirse muy cómodos explotando todas las contradicciones de las democracias liberales. Tienen un sentido exajerado de su propia valía, labia, no tienen culpa, tienen una empatía fría que usan para manipular, son astutos, no les afectan las criticas, son mentirosos patológicos y no tienen miedo. Y sobre todo son peligrosos porque son capaces de actuar en función en sus intereses y trasmiten peligrosidad, lo que supone que enfrentarse a ellos implica pagar un precio alto que no todo el mundo está dispuesto a pagar. Este perfil psicopático lo tuvo Hitler y Stalin (se puede ver en la biografía de Allan Bullock) y muchos más de los personajes autoritarios que han asolado el mundo.

    Las primeras medidas de Trump (criminalizacion de los inmigrantes, medidas que niegan el cambio climático, justificación de la tortura de forma explícita, etc) suponen un cambio tan grande respecto a lo anterior que me temo que la cuestión es para preocuparse y que los americanos tendrán que prepararse para luchar muy duramente por cosas que hasta ahora eran obvias. Por no hablar de lo que puede ocurrir a nivel internacional sobre todo si se inventa una guerra.

    En https://pacotraver.wordpress.com/2016/09/26/el-espectro-psicopatico/ puede leerse un artículo sobre los rasgos psicopáticos y tener acceso a un libro fascinante sobre el tema.

  • Talmente… Una curiosidad: he leído que Trump en su juventud admiraba por encima de todo a Clint Eastwood, a quien consideraba el mejor actor de todos los tiempos. Y, por lo visto, ensayaba su mirada entrecerrada de Spaguetti Western frente al espejo un rato al día. Aún la sigue practicando…

  • SALVANDO LAS DISTANCIAS Y LAS ATROCIDADES PRETÉRITAS DE AMBOS “DELINCUENTES” DE LA PALABRA, AQUÍ EN ARGENTINA ESTÁ SUCEDIENDO LO MISMO, Y AUNQUÉ NUESTRA HERENCIA CULTURAL NO ES LA MISMA, LA MAFIA DE LOS ADINERADOS NOS ESTÁ LLEVANDO AL MISMO CAMINO.-

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