El punk se hace cuarentón (1977-2017), I: Orígenes…

Todos los viajes no son sino viajes en el espacio, porque, como decía en un ensayo Borges, en el tiempo estamos viajando siempre. No obstante, muchas veces he pensado que si existiera una Máquina del Tiempo semejante a la de H.G. Wells o al DeLorean de Michael J. Fox  (ambos de gratísimo recuerdo), los paisanos actuales de los países tecnificados apenas podríamos llevarnos nada chocante al pasado, porque la división del trabajo impide que sepamos hacer ni pajolera cosa, y a falta de los materiales adecuados no podríamos construirles a los medievales ni un mechero. Vale que les contaríamos historias prodigiosas acerca de futuro, pero, fuera del gran Roger Bacon, estas sólo nos llevarían de patitas a la hoguera. Sin embargo, sí hay algo que tenemos grabado, nunca mejor dicho, de modo indeleble en la cabeza y que sería aceptado como un gran tesoro en cualquier época histórica: la música. Cántale el repertorio completo de Los Beatles (o las sonatas de Beethoven) a un renacentista y seguro que lo flipa. Existe, sin embargo, una excepción. Se trata del punk. El punk es una cosa tan desmedida y a la vez tan generacional que aunque sólo te trasladases con él a los años sesenta del s. XX ya te tirarían piedras, piedras de público y piedras de crítica. Punk sólo puede haberse dado en su máxima expresión (aunque su eclosión coincidiese con Nueva York, por otros motivos) en la Inglaterra de los años setenta, por su crisis, su desempleo y la consiguiente mala leche que eso introdujo entre el mocerío de la década. Suele establecerse como fecha emblemática de la consagración del punk el año 1977, y de hecho en Nueva York aun puedes encontrarte a gente, no demasiado mayor, que lleva tatuado ese número mágico/rebelde/cochambroso cerca del hombro.

 

Naturalmente, el punk es algo anterior, y yo preferiría datar su nacimiento aquella legendaria noche en que Pete Townsend acudió a un “concierto” de los Sex pistols y dijo aquello de “Esto no puede estar ocurriendo…” Porque si incluso a Townsend, que ponía el volumen de su banda al máximo y rompía instrumentos en directo, eso le parecía entonces lo nunca visto, es que realmente se hallaba ante un fenómeno histórico, una transgresión sin parangón cultural… De modo que no vamos, en todo caso, a pelearnos por fechas, y lo yo voy a dar aquí no va a ser más que unos cuantos hitos de los orígenes del punk tal como los vaya espigando de mi memoria, o sea, cribados por mi gusto particular y dando por supuesto que el amable lector (qué expresión más poco punk, por cierto…) ya tiene en su cabeza en gran parte cómo suena el punk, cómo luce el punk y contra qué se caga el punk, que es un poco contra todo y en muchas ocasiones sin demasiado criterio. Así, me parece que el punk tiene precedentes más suaves y cabales en los mencionados años sesenta, como este tema de letra gótica, ritmo acelerado y distorsión eléctrica estridente de los neoyorkinos Velvet Underground en su segundo disco, White light/White heat, de 1968, llamado I Heard Her Call My Name:

 

 

Más bestia, y considerablemente más largo, es Sister Ray, del mismo álbum, la descripción de una orgía (si el lector quiere conocer la fea y sucia letra tendrá que buscarla por sí mismo en Google):

 

 

A la Velvet el mundo no le tiro piedras, sencillamente le regaló con su indiferencia durante una larga temporada, pero no logró conseguir lo mismo con los grupos que aparecieron después, menos sofisticados en su crudeza, más ruidosos y apenas intelectuales, como -había muchísimos: Ramones, New York Dolls, The Dawned… pero a mí me llaman menos la atención- Iggy Pop & The Stooges:

 

 

Un perro, precisamente un perro, como Diogenes el cínico. Los punks son los cínicos del s. XX, así como los cínicos fueron los punks de la antiguedad, pero con máximas en vez de música. Pero no fue hasta la aparición de los pistolos, Sex Pistols, en Gran Bretaña, que contaron con temas verdaderamente potentes, un manager muy avispado, Malcom McLaren, y un miembro de la formación auténticamente pasado de vueltas y autodestructivo, Sid Vicious, que el fenómeno cobró resonancia internacional. A continuación, subtitulada, una de las canciones más conocidas, que hace poco tuvieron la osadía de incluir, transformada, en la banda sonora de la película Los Picapiedra:

 

 

Nunca sabremos si realmente Sid mató a su novia, Nancy Spungen, pero sí que la siguió prácticamente enseguida, muriendo tras una corta vida de excesos y locuras a los 21 años. Los Sex Pistols se pegaban incluso con el representante de su discográfica, con cámaras delante, estropeando sus perspectivas profesionales y saboteando su propia carrera musical. Este es el aspecto que daba la banda frente al mundo de sus padres, los cuales no llegaron a hacerse la necesaria reflexión de que algo andaba mal en el mundo para que unos post-adolescentes se comportaran de semejante manera:

 

 

Sin embargo, el grupo verdaderamente decisivo, en mi opinión, más cuidado en su música, más politizado, y al que menos le gustaba que los conciertos terminasen en bronca, escupitajos y sillas e instrumentos musicales por los aires fueron The Clash (el choque, la colisión). Doy aquí uno de mis temas favoritos, poco radiado, pese a que pertenece al cuarto y mítico doble álbum:

 

 

“Clapdown” significa el stablishment, el sistema, en una acepción todavía más despreciativa. El toque poético del punk iba a ponerlo una chica sumamente delgada, Patti Smith, que había leído a los simbolistas franceses y sobre todo a Arthur Rimbaud. Patti, como Johnny Rotten de los pistolos, sigue viva y activa, afortunadamente. En la siguiente, famosísima, versionea al Gran Van Morrison…

 

 

Como se ve, incluso en el inicio, el punk fue renunciando a la agresividad  -aunque no a la rabia social- y al “hazlo-tú-mismo” o “cualquiera puede hacerlo” que, según cuenta la leyenda, llevó todavía en un primer momento a la formación gallega Siniestro Total a intercambiarse los instrumentos que cada uno sabía tocar –“¿Así que sabes tocar algo la guitarra? Pues agarra la batería…”  No obstante, el rock nunca volvería a ser el mismo, que era uno de los propósitos fundamentales del punk. No se trataba solamente de odiar al sistema sin esperanza alguna, también había que devolver a la música popular el espíritu de sus pioneros, cuando aún no consistía en grandes divos a los que la ceremonia -y el colosal negocio- de los directos mantenía alejados de los problemas de su público. Porque, en realidad, el lema del “No future” que cantaban los Sex Pistols en God Save The Queen igualmente podría ser la divisa del anarcocapitalismo o de una multinacional que buscase el beneficio inmediato sin pensar en las consecuencias ecológicas o humanas de sus prácticas. Es decir, puro y duro “clapdown”, que cuarenta años después, en la madurez inevitable del subgénero, no se puede fácilmente disimular. Quizá por eso Joe Strummer, líder de los Clash que murió en 2002, a lo largo de su vida fue dejando definitivamente atrás el nihilismo militante de los primeros grupos punk a los que pertenecía y concediendo algún  margen a la participación ciudadana en, por ejemplo, la lucha contra el calentamiento global. Y eso que había escrito, en 1982, la sarcástica y desoladora Know Your Rights

 

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